«Todos tenemos un lado oscuro, yo busco en Google venenos y posturas de kamasutra»

La autora desvela a MagasIN sus rutinas, sus secretos literarios y cómo vive la escritura con el paso de los años.

Son las 17:59 horas de un viernes por la tarde y la locución tras la señal de llamada asegura que Carmen Posadas está ocupada, cuando realmente está sin cobertura, sentada delante de su móvil esperando para esta entrevista. Media hora más tarde, está incluso un poco molesta porque el teléfono no ha sonado a la hora acordada.

Afortunadamente, esa misma tarde, la escritora intercambia mensajes de WhatsApp y vuelve a citarse, aún con cierto recelo, en hablar a la mañana siguiente, aunque sea sábado, con la consigna de colocarse en lugares con buena cobertura. Los sábados después del café son probablemente momentos de mayor lucidez: así comienza la conversación con la escritora Carmen Posadas.

Aprovechando el desencuentro: ayer íbamos a hablar por la noche y ahora es de día, aunque está nublado. ¿En qué cree que va a cambiar la conversación?

Probablemente va a mejorar porque soy completamente diurna. Por la tarde la cabeza directamente no me funciona, no escribo nunca por la tarde. Sí que puedo corregir, pero no escribir. Y además, no es que me convierta en calabaza a las doce, es que me convierto a las diez. Lo peor que me podía pasar es acabar viviendo en España, que es el país en el que todo empieza tardísimo. En Suiza no tendría estos problemas, pero prefiero estar aquí, no creas…

Hay más tópicos sobre escritores y noche que sobre literatura y mañana…

Puede ser. Lo que no es cierto, por lo menos en los casos de los escritores que yo conozco, es esa leyenda bohemia que teníamos de que se tomaban cuatro botellas de whisky, se fumaban cuatro paquetes de Ducados y estaban todo el día en los cafés. Yo creo que ese tipo de personajes ya no existen. Somos todos como oficinistas, tenemos nuestro horario. Yo me levanto muy temprano, todos los días hago mi tablita de gimnasia y después escribo hasta la hora de comer. Pero hay escritores que tienen unos horarios rarísimos, por ejemplo, Sánchez Dragó se acuesta a las siete de la tarde y pone el despertador a las cuatro de la mañana y empieza a escribir a esa hora, ¿te lo imaginas? Todos tenemos una rutina, algunas más extravagantes que otras.

¿Cuál es el último recuerdo que tiene de una conversación memorable?

Cada vez es más complicado tener una conversación memorable. A mí es que me gusta mucho escuchar y casi siempre prefiero escuchar a hablar. Y no creo que sólo las personas extraordinarias puedan decir cosas extraordinarias. Hay un aforismo que decía mi madre: ‘Hasta un reloj parado da la hora dos veces al día’. Hay frases que me han ayudado o dado un nuevo enfoque a un problema y me las ha dicho un taxista, así que sólo hay que estar atento.

Por cierto, escuché una vez que, de no haber sido escritora, le hubiera gustado ser taxista, ¿es cierto?

No exactamente: es que, como no sirvo para nada más que no sea escribir, pensé, ¿en qué más podría trabajar? Pues siendo taxista. Primero, porque me gusta escuchar historias, me parece el confesionario perfecto. Y porque para confesarse es mucho mejor un extraño que un amigo del alma. Así que un taxi es una mina. De conversaciones memorables.

En la universidad de Ciencias de la Información decimos que ahora nadie lee las entrevistas, que se leen las preguntas y sólo si interesa la pregunta, entonces se lee la respuesta…

[Sonríe] Yo hago muchísimo eso porque depende de la pregunta, ya sabes si te va a interesar lo que diga esa persona o no.

¿Le interesan en general las entrevistas?

A mí me gustan las entrevistas, pero lo que me gusta es leer entre líneas, la gente que ha hecho muchas entrevistas es muy cauta y sabe muy bien en qué charcos se puede meter y en cuáles no. Pero aún así, siempre puedes leer entre líneas, si la entrevista es grabada en vídeo más aún… Yo creo mucho en los lenguajes corporales, en qué momento mira para arriba o juega con un anillo, esa información es muy valiosa.

Hasta en ocasiones se puede escuchar una ‘segunda voz’ que precisamente dice lo contrario a lo que alguien está respondiendo…

Sí, sí, sí, eso me encanta. Hay una frase que a mí me llama muchísimo la atención y es cuando alguien está en un momento complicado de su vida, o tiene un problema con la justicia o lo que sea, y le preguntan ‘¿está usted tranquilo?’. Y responde ‘estoy muy tranquilo’… Pues mire, yo estaría con un ataque de nervios si me están acusando de algo que no he hecho. Pero la respuesta siempre es ‘estoy muy tranquilo’.

Quizás sea una respuesta tópica… Hace unos días usted subía a sus redes una reflexión sobre los tópicos.

Sí, es cierto -la escritora comenta sobre las palabras sostenible y reto, tan usadas actualmente sin un significado concreto: palabras baúl-.

¿Cuál sería la pregunta más tópica para Carmen Posadas? Quizá preguntarle por el primer recuerdo que tiene de un libro…

[Sonríe y retuerce un poco la pregunta] Recuerdo el primer libro de mayores que leí. Cuando dejas de leer libros que tienen dibujos y coges un libro en el que son todo letras y fue Ivanhoe, con ocho años. Siempre he sido muy lectora, sobre todo porque mi padre nos inculcó eso. También me acuerdo de la primera comunión a los siete años, de leer sin parar las vidas de santos, que son algo atroz, es como leer El Caso. A una le cortaban los pechos, a otra la ponían en una parrilla…

¿La última vez que tuvo un crush -terminología de redes sociales, sinónimo de enamoramiento- con un texto que leyó?

Cuando eres niña no eres capaz de decir si un libro está bien escrito o no, simplemente sabes las emociones que te produce. En esa edad hay dos tipos de libros, los que te dan unas ganas tremendas de seguir leyéndolos y los que no. Yo me acuerdo de ir caminando por un bosque, además estaba en una cacería, algo que no me divierte nada, y ahí todo el mundo pegando tiros y no me podía despegar de mi libro. Leía caminando una novela de Daphne du Maurier, Mi prima Rachel, leyéndome y cayéndome literalmente en agujeros, leía caminando. Ese tipo de obsesión por un libro ahora me resulta más difícil tenerla ahora, vamos, que ya no me caigo en los hoyos.

Mujica Lainez la inspiró para su novela más reciente, un éxito de ventas, La leyenda de la Peregrina, háblenos de ‘joyas literarias’…

Sí, ahora al leer a Mujica Lainez creo que es un poquito alambicado, es una prosa decimonónica. Pero leí El escarabajo hace años y me encantó, así que cuando me propuse escribir la historia de La Peregrina pensé que me serviría para ver cómo la estructura él y cómo cuenta lo que sucede a través de un objeto. Hace ese ejercicio con otros libros, hay uno que se titula Aquí vivieron, en el que la choza de unos indios acaba siendo el palacio de un ricachón de Buenos Aires a lo largo de doscientos años. Me gustaba esa idea de contar historias a través de objetos o seres inanimados.

Se corta la llamada. El periodista, es decir, la misma persona que escribe este párrafo, intenta conectar con ella de nuevo pero Posadas aparece de nuevo sin cobertura, aunque su buzón dice que está ocupada. En realidad, Carmen Posadas está caminando hacia la casa de su hija porque es sábado y esta conversación tendría que haber sucedido ayer. La escritora bromea con el cuento de Caperucita Roja. “Como todas las mujeres, estoy siempre en el multitasking, ahora mismo tengo llevar la comida a casa de mi hija. Voy a comer allí y llevo una lasaña para todos”, explica.

Dice usted algo muy gracioso. “Me he encontrado a muchísimos hombres que me han contado que la mujer de su vida se cruzó con ellos en un aeropuerto y nunca le dijeron nada. ¿Pero cómo va a ser la mujer de tu vida si no la conoces?”

Hay mucha gente que dice que no existen las casualidades y que todo tiene un sentido. Y al revés. Yo pienso que existen las dos cosas, a veces tienes la sensación de que la vida se está riendo de ti. Lo mismo ocurre una carambola que te toca vivir una situación caótica. La frase de Borges, ‘lo que llamamos azar es la compleja maquinaria de la causalidad’, y en cambio Shakespeare dice exactamente lo contrario, que ‘todo es ruido y furia’. Y los dos tienen razón.

Dice usted que los grandes personajes literarios son los más reprobables, ¿hay algún gran personaje que le caiga bien?

A mí siempre me gustaron más los malos, los buenos no me los creo y me resultan bastante aburridos. En esta época que los buenos son buenísimos, muy Walt Disney, nos perdemos el efecto terapéutico de los malos. Que tú leas sobre un personaje malvado te ayuda a entender tus propias contradicciones porque tú eres también un poco Otelo y eres el pederasta de Lolita. Tiene un efecto sedante porque piensas ‘no soy tan mala’ y te ayuda a pensar que todos tenemos un lado oscuro.

La representación consiste en volver a presentar y eso hace que uno se reconozca en los libros, ¿no es cierto?

Sí, por eso cada uno lee un libro diferente, o ve una película diferente y mi experiencia no es la misma que la tuya y no me voy a sentir interpelada por lo mismo que tú.

¿Un recuerdo que relacione mujer y libros, o feminidad y literatura?

Voy a decir uno en honor a mi padre. Él adoraba a la duquesa de Guermantes de Proust porque le parecía inteligentísima y elegantísima, y que decía unas cosas muy afinadas, la tenía como sublimada.

¿Su padre marcó entonces definitivamente su vocación?

Nos dio una educación victoriana, no era muy de revolcarse con nosotros, ni jugar a los indios. Su forma de comunicarse era a través de la lectura. Nos sentábamos todos y él leía a medida que íbamos creciendo. Empezando por los cuentos de La Odisea y la mitología griega, de ahí pasamos a Julio Verne, luego a Sherlock Holmes y de ahí a la Divina Comedia, hemos leído muchísimo con papá.

Empieza la guerra de Ucrania y mueren miles de personas. ¿Cómo manejan los escritores la actualidad?

Muchos amigos míos, por ejemplo, con la pandemia se quedaron bloqueados, no podían seguir escribiendo. A mí eso no me pasó porque estaba escribiendo sobre el pasado. Claro, escribiendo sobre Felipe II, la pandemia no te afecta tanto como si estás escribiendo sobre algo actual. Lo cual también es un peligro muy grande porque todo lo que se escribe sobre la fecha, ese libro no suele tener un gran interés. Cuando cayeron las Torres Gemelas muchos escritores americanos e ingleses escribieron libros, ¿tú te acuerdas de alguno? La literatura es de sedimentación, Tolstói escribió sobre la invasión napoleónica, pero 40 años más tarde.

¿Ha cambiado su relación con sus lectores en los últimos años?

Sí, eso ha cambiado mucho. Antes, como dice Borges, estábamos en una isla y escribíamos mensajes en botellas, pero nunca sabíamos adónde llegaban, ahora es instantáneo. Pero hay que fiarse hasta cierto punto porque a los haters hagas lo que hagas les va a parecer todo horrible. Y luego están tus fieles, a los que hagas lo que hagas, todo les va a parecer maravilloso.

Reclama usted la ‘inversión de la cultura’: hoy en día parece más importante lo que dice una influencer que lo que dice una Premio Nobel.

Es muy inquietante ese fenómeno porque antes la cultura iba de arriba abajo, Sartre o Russel tenían una opinión y eso permeaba hacia abajo y las personas menos cultas y con menos sentido crítico tenían un referente y creaban su propio criterio, pero ahora se ha instalado es lo que llama Umberto Eco “el tonto del pueblo”.

Este libro de Eco es muy gracioso porque dice que antes el tonto del pueblo tenía un radio de influencia muy corta, como mucho se iba al bar y allí despotricaba. Ahora tiene un altavoz extraordinario y puede decir a miles de personas todo lo que se le ocurra porque además hay miles de tontos a su alrededor que van a tomar esa idea. ¿Cómo es posible que existan terraplanistas en el siglo XXI? Pues hay cada vez más… y como todo se mide en likes, tienen muchísimos likes. ¿O que un Premio Nobel no tenga apenas seguidores?

¿Es la actual, su mejor época como escritora?

Yo creo que sí, porque al principio, si releo mis libros, una cosa que me da terror por cierto, aunque alguna vez lo he tenido que hacer, me he dado cuenta de que yo escribía mejor antes, más literariamente, y ahora no utilizo tantas metáforas, ni tantos juegos de palabras. Pero se gana por otro lado, en aquella época estaba siempre aterrada con cada palabra que escribía, lo corregía doscientos millones de veces y ahora he perdido ese terror.

¿Los premios literarios son imprescindibles?

A mí desde luego me ayudó mucho ganar el Premio Planeta porque yo tenía muchas connotaciones extraliterarias. Una de las críticas que me hicieron fue que ‘era imposible que yo hubiera escrito ese libro’, lo cual me pareció fenomenal porque no podían decir que yo escribía mal, por eso decían que tenía un negro. Y todo eso cambió con Planeta. Pienso que en general tener un reconocimiento y que trascienda siempre ayuda.

¿Qué consejo da a los que sufren del síndrome del escritor pospuesto?

Yo tengo con mi hermano una escuela de escritura por Internet y nos ha dado muchas alegrías, con más de 6.000 alumnos, algunos rarísimos [bromea]. Y eso me gusta, ayudar a alguien a cumplir su sueño de escribir. Fíjate que para escribir no hay que ser extraordinariamente inteligente, si miras cuáles son los libros más vendidos, hay gente bastante elemental. Tampoco hay que ser extraordinariamente culta, de hecho, las personas cultas se recrean en su saber y no terminan nunca de contar una historia, y aburren a las ovejas. Para escribir hay dos cualidades imprescindibles: ser un gran lector y ser una persona curiosa. Salir a la calle y hacerse preguntas es algo de escritor: ‘¿Y ese perro que va por ahí?’, ‘¿y esa maleta?, ¿quién habrá dejado una maleta tirada?’.

Decía Cela, cuando le preguntaban por un escritor joven, que le gustaba Quevedo…

[Se ríe] No voy a hacer esa boutade de Cela, que la hacía con tal de no darle un espaldarazo a nadie. Yo te digo un autor nada complaciente con el lector, Antonio Tocornal, con Malasanta. Ya no hay novelas así.

¿Sigue teniendo una rutina de lectura?

Intento, pero no es fácil porque necesito muchísima documentación para los libros que estoy escribiendo. Ahora mismo uno que contiene muchísimas historias en épocas distintas, eso requiere una documentación enorme, lo cual me quita bastante tiempo. Y soy un poco yonqui de Internet: es muy tentador porque en la red está todo, hay informaciones increíbles. A veces pienso que si me hicieran un rastreo con los algoritmos, mi retrato debe de ser muy confuso y aterrador porque busco cosas como “venenos indetectables”, “posturas del kamasutra”…

¿Es verdad que hasta que no suelta una idea para un libro no puede pasar a la siguiente?

Me gustaría decirlo, porque es más literario, pero no sería verdad [alude con gracia a la segunda voz anteriormente mencionada]. Yo antes tenía dos o tres libros que sabía que quería escribir, ahora no, y me tengo que devanar los sesos para encontrar uno.

¿Qué opina de la relación entre la memoria y la nostalgia?

Pues que ahora la nostalgia se une a la autoficción y a veces es insoportable, se convierte en un onanismo literario cansadísimo. Así que hay que tener cuidado.

Se define usted como postfeminista…

Soy postfeminista. No me identifico para nada con este feminismo de la cancelación, que es agotador, inquisitorial y machista. Vale la pena rescatar sin duda historias de mujeres increíbles, Morató lo hace con mujeres inglesas del siglo XVIII, muchas escritoras lo hacemos con mujeres de distintas épocas.

Un final para esta entrevista.

Sí, claro. “Virgencita que me quede como estoy”. Tal y como están las cosas, con lo que estamos viviendo, el mundo no va por muy bien camino. Me encantaría seguir haciendo la vida que hacíamos, quizá sea un poco optimista al fin y al cabo, pero me gustaría que todos estos oscuros nubarrones sean eso, nubes y no tormentas.

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