¿Popeyes? no, gracias

Es curioso este asunto de las modas y cómo de pronto se introducen en nuestras vidas cánones estéticos que antes nos parecían absurdos, feos e incluso algo inquietantes. Un ejemplo de esto es la depilación masculina. Ahora los tíos van más pelados que gusanos, estética que no va nada conmigo, la verdad, porque nunca le he visto el punto a los efebos, ni siquiera cuando tenía veinte años. Pareja con esta estética suele ir la famosa tableta de chocolate. Con eso estoy más de acuerdo, ya ven ustedes. No está nada mal la visión de un ejemplar de hombros anchos y piernas y brazos bien torneados, que diría un cursi. Lo inquietante, sin embargo, es que para lograr este aspecto hay que pasarse horas en el gimnasio haciendo pesas, abdominales, flexiones y demás rutinas, lo que lleva a pensar que a un tipo que dedica tantas horas a cultivar su cuerpo de cuello para abajo poco tiempo le queda para cultivarlo de cuello para arriba… Resumiendo, lo confieso: no soy gran devota del mens sana in corpore sano. O lo soy, pero sin llegar al fanatismo. Creo que un poco de ejercicio es bueno y agradable pero no veo la necesidad de machacarse en el gimnasio o pulverizarse los meniscos y mucho menos aún “cultivarse” hasta convertirse en vigoréxico o en la caricatura de Popeye. Hasta ahora nunca he proclamado muy en alto mi falta de interés por esta fiebre que nos invade. Creo que es muy peligroso decir que una no adora la gimnasia, quedas fatal. Ya saben ustedes cómo es esto de la corrección política. En esa tiránica religión laica que hoy impera, hay cosas con las que no se puede disentir y una de ellas es el culto sin límites al cuerpo al que ahora se ha sumado con el entusiasmo de los neófitos parte del sexo masculino. Sin embargo, tal como ocurre con los novatos, me da la impresión de que se están pasando de la raya. Y no hablo ahora de la depilación, las mechas en el pelo, la ropa superfashion, etcétera; me refiera a esa idolatría al músculo que antes enunciaba y que –según leo– entraña no pocos peligros. ¿Sabían ustedes que detrás de esos bíceps bien torneados y de esa sublime tableta de chocolate, se esconde, cada vez con más frecuencia, el uso de anabolizantes? Por lo visto, en los últimos tres años se ha triplicado el consumo de estas sustancias, hasta el punto de que el doping ya no afecta solo a deportistas profesionales sino a muchas más personas, sobre todo hombres. Los efectos de dichas sustancias no pueden ser más alarmantes: disminución del volumen testicular, infertilidad, síndrome de abstinencia… ¿Sorprendidos? Esperen, porque faltan tres o cuatro perlitas: disfunción eréctil, alopecia, depresión y hasta aumento de mamas. Las autoridades sanitarias han dado la voz de alarma, pero nadie parece hacerles caso puesto que los anabolizantes ser venden falazmente como suplemento alimenticio para llevar una dieta más sana. Desde que el mundo es mundo, el ser humano ha sido capaz de cualquier sacrificio o estupidez con tal de alcanzar la belleza máxima. Las mujeres lo sabemos bien, puesto que desde niñas conocemos eso de “para presumir hay que sufrir”. Pero una cosa es torturarse los pies con unos stilettos de quince centímetros o malgastar horas, sufrimiento y un pastoncio en distintos tratamientos de belleza (actividad a la que ahora se han sumado con entusiasmo los hombres) y otra muy distinta poner en peligro la salud. Tal vez porque ellos hasta ahora eran ajenos a estas vanidades las han abrazado con el entusiasmo –y la temeridad– de los conversos. Pero, curiosamente, lo que ignoran todos estos adoradores del cuerpo es que, a menos que lo hagan por satisfacer su narcisismo o por gustar a los de su propio sexo, a nosotras no nos va demasiado la hiperbelleza masculina. Y es que, así como para los hombres el aspecto físico es el primer atributo que valoran en una mujer, para nosotras el suyo no es más que una cualidad a sumar a otras a las que otorgamos mucha mas importancia. Como el coraje, por ejemplo, o su capacidad emprendedora o de liderazgo y –sobre todo– su inteligencia. Atributos, por cierto, que no se adquieren haciendo pesas.

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