Más que palabras

Será por deformación profesional o por lo que ustedes quieran pero soy una yonqui de las palabras. Me fascinan, me admiran, algunas me emocionan, otras me producen alipori, muchas directamente me aterran. Incluso me sirven para clasificar personas. Por supuesto por origen geográfico, preparación, edad, clase social, etcétera, pero también por tendencia política, carácter, inteligencia o estado de ánimo: dime cómo hablas y te diré quién eres. Esta manía por las palabras me ha hecho tiquismiquis. No soporto, por ejemplo, a la gente que habla todo en diminutivo: Qué, ¿de paseíto? ¿A tomar una cervecita con unas patatitas y luego a casita? Ya puede quien así habla ser   un cruce entre Jeremy Irons, Einstein y Mozart, que para mí es un memo. Y luego están los que usan siete tacos por frase.  Me cargan, pero no por malhablados, sino porque me parecen gente chata, elemental, que ignora el valor de adjetivos y sustantivos y su enorme potencial expresivo. También tengo prejuicios contra los que abusan de términos afectuosos sin venir a cuento. Hace poco he dejado de frecuentar un restorán que me gusta mucho porque la maître me llamaba “Cariño”. “Mira, cariño, por cuenta de la casa te voy a poner unas aceitunitas y unas gambitas”. Muy amable por su parte, pero entre el cariño, los diminutivos y el tuteo, con solo una frase perdió una clienta. Ya ven, prejuiciosa que es una. Posiblemente esa maître sea una persona espléndida y una profesional competente pero las palabras son tan poderosas que pueden acabar con cualquier relación. Otra vertiente fascinante de las palabras es su capacidad para transformar la realidad. O al menos eso creen los gurús de la comunicación, maestros de eufemismos y expertos en el arte de buscar cuasi sinónimos para esas palabras que pueden complicarle la vida a sus clientes, más aún si son políticos. No es casual por ejemplo que de un tiempo a esta parte la palabra verdad haya sido sustituida por el término relato. Antes un relato era una versión subjetiva de algo, ahora es directamente una descarada mentira que nadie se toma la molestia de disimular. Los eufemismos también son interesantes de estudiar. Hay palabras que casi han desaparecido de nuestro léxico, como el verbo morir. Hoy en día nadie se muere. En todo caso se fallece, que es más cursi. Aún no ha ocurrido, pero apuesto a que pronto adoptaremos el eufemismo que usan los anglosajones al hablar de tránsito tan inevitable. Ellos tampoco se mueren, “they pass away”, “pasan”, “parten”. ¿A dónde? Antes solía ser al cielo pero ahora “parten a las estrellas” o “se reúnen con los dioses”, que super cool y políticamente correcto además. Las palabras son muy útiles también como arma arrojadiza. Hay epítetos que tienen un efecto paralizante, como ya hemos comentado en alguna ocasión. Le sueltan a uno: ¡racista! y queda en shock. Lo mismo ocurre con xenófobo, machista, y no digamos fascista, que es una palabra taumatúrgica que con su sola mención deja al interlocutor noqueado, K.O. Utilísimo este sustantivo convertido en adjetivo infamante porque le sirve a todo bicho viviente, sea de derechas o de izquierdas, porque actualmente fascista es todo aquel que no piensa como yo. Lo gurús que creen que se puede cambiar el mundo manipulando el léxico gustan mucho también de los términos tótem. Así podríamos llamar a esas palabras bellas que ellos consideran indiscutibles, inapelables. Por eso, para quedar como una persona sensible y comprometida, recomiendan salpimentar profusamente la parla con expresiones como concordia, sostenibilidad, conciliación, solidaridad, igualdad, mano tendida… Y el truco les ha funcionado porque la gente tiende a confundir palabras con realidades. Aun así, yo que ellos me andaría con cuidado porque otra particularidad de las palabras es que se vacían por completo de contenido cuando se abusa de ellas. Peor aún, se vuelven estomagantes, por lo que no seré yo quien llore por ninguna de las antes mencionadas. Como ya les he dicho, las palabras son parte importante de mi vida y me fijo mucho en ellas. Por eso me irrita que intenten utilizarlas para cambiar nuestra percepción de la realidad. Vana pretensión y un síntoma más del adanismo que nos infesta. Lo que esos prestidigitadores de conceptos ignoran es que, por mucho que se empeñen, no son las palabras las que modifican el mundo sino el mundo, con sus cambios, el que acaba, poco a poco, modificando nuestro léxico.

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4 Respuestas

  1. CARMEN POSADAS dice:

    Les agradezco mucho que me lean y que me dejen sus comentarios. Me da alegría saber que tenemos el mismo enfoque.
    El mundo está tan loco que pensé que era la única que piensa diferente
    Un abrazo

  2. Inadaptado dice:

    Hablando sobre la palabra xenofobo, que se utiliza mucho como arma arrojadiza culpabilizante,…es curioso observar que casi nadie utiliza la palabra contraria que es xenofilo.
    Si le dices a un tio del gobierno que es un xenofilo, lo mismo hasta se siente orgulloso, cuando la realidad es que este pais se gasta 20.000.000.000€ cada año en extranjeros y para regalar eso nos tienen que freir a impuestos un dia tras otro.

  3. Robín dice:

    Dices, y no mal dices, Carmen, que el mundo poco a poco modifica nuestro léxico. Las palabras cambian, se adaptan, se modifican y a veces terminan incluso significando lo contrario que su acepción primera, que lo que deberían de significar. Recuerdo haber oído reiteradamente a algunas muchachas, aquí y allá, poner énfasis en lo horroroso, por ejemplo. Pero se referían a un traje de baño poco vistoso o mal diseñado. Deberíamos afinar más, precisar nuestras palabras, decir qué triste diseño, o qué mal corte, y no apelar a los límites de lo indecible o del horror. Templanza y mesura en vez de maximización. Digamos poco y mal digamos más poco.
    Soy menos optimista que vos. Creo, por desgracia, que si repites una mentira continuamente, por medio de los elipsoides de la comunicación, no hay mente humana, por muy inteligente, culta, instruida e independiente que fuera, que no termine creyendo que los extremistas de la izquierda totalitaria, tienen algo de razón. Estuve yo votando durante veinte años a los independentistas marxistas totales de Herri Batasuna/Bildu/ Sortu porque venía de pasar unos tres años en la América de al sur de Tejas y me creí que la pobreza en la que vivían se debía a nosotros. A España y a Francia y al Reino Unido y a Estados Unidos. No es cierto, los marxistas te engañan siempre totalmente. Alemania, después de la segunda guerra mundial, semi destruida, superó económicamente a Francia hacia 1965, en sólo veinte años. ¡Qué no se podía haber hecho en dos siglos largos de independencia, de ser verdad la maldad absoluta y sin redención posible, del colonialismo, de haber sido la América del Sur de Tejas, sólo la mitad de emprendedora que lo son los alemanes (para los que no siento, por otra parte ninguna simpatía especial, me parecen sosos y con poca harmonía)!

    Si algún extremista nos dice que en el estado de Oregon, o donde sea, hay conejos que pesan dos toneladas, le contestaremos que ¡anda ya! Si lo repite día y noche, le terminaremos creyendo. De esa manera me creí yo la historieta de Marx, que es Jesucristo, que nos liberará a todos, también a los que no quieren ser liberados, cualquier mañana a cualquier hora precisa y bien determinada de la revolución sagrada y teológica del falso marxismo, que no puede ser más que un giro de tres cientos sesenta grados, desde un punto en el que estamos, hasta exactamente el mismo e idéntico lugar. ¿O le damos el significado que sólo los marxistas, los imprecisos y los dotados de poca imaginación, le dan a la palabra?
    La semana que viene, Carmen, haremos algo de Historia, de la cruel Guerra Civil Francesa de 1789 que condujo a dos imperios, dos restauraciones monárquicas y alguna mal-república, que no necesitaba de científicos, como le dijo el juez al químico Lavoisier antes de condenarlo a muerte por mera y estúpida y estéril y ¿revolucionaria? venganza (Marat no fue aceptado por Lavoisier en la Academia de las Ciencias, ¿pero qué aportó Marat a las Ciencias?).

  4. Edesio Doreste dice:

    Indudablemente, las palabras tienen poder. Con el debido respeto a los no creyentes, la Biblia, el libro de los libros, la Palabra de Dios, tiene un poder sobrenatural, vivo y eficaz, penetrante, capaz de revolucionar la vida de una persona por medio de la Fe, la sabiduría de lo que está oculto a nuestro discernimiento.
    Las palabras del hombre, sin la comunicación visual, quedan huecas. El poder de una mirada, de una sonrisa, muchas veces dicen más, que las simples palabras. por una mirada un mundo, como diría Gustavo Adolfo Bécquer. Y que no se pierda el romanticismo.

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