La venganza es un plato que se come frío

Quien conoce el llamado cuestionario Proust sabe que se trata de una batería de preguntas destinadas a conocer por medio de ellas al personaje encuestado. Entre preguntas tan, en apariencia, intrascendentes como ¿Cuál es su flor favorita? O cual es su momento de la historia preferido o cual su personaje de ficción? figura una que siempre me ha sido muy fácil responder y es ésta: ¿Cual es su mayor virtud?
“Saber reírme de mi misma” contesto yo invariablemente. A veces, cuando me la formulan como parte de una entrevista más extensa suelo contestar de modo más amplio y entonces añado que saber reirme de mi misma es el único rasgo que tengo en común con los representantes más gloriosos de la historia de la literatura. La afirmación de que todos los grandes escritores saben reirse de sí mismos es completamente falsa me temo, pero queda muy bien en las entrevistas y, por el momento nadie se ha tomado la molestia de rebatirmela.

Sea como fuere, lo cierto que esa es mi mayor virtud y doy gracias a los cielos de que así sea. No solo porque tomarse en serio debe ser una inacabable fuente de desdicha ( todo el día pensando que uno merece más reconocimiento, más pleitesía etc) sino también porque resulta muy útil para un escritor. La vida de todos está llena de errores, de fracasos, también de estúpidos temores sin fundamento y los fallos, mucho más que los aciertos, son un material literario de un valor incalculable.

Precisamente a utilizar mis fracasos y errores como material es a lo que pienso dedicarme en cuanto, con una orden certera, haga desaparecer de la memoria de mi PC la novela anterior de Carmen O´Inns que estaba escribiendo , esa que provisionalmente había llamado “Juego de Niños” y en la que no lograba progresar. Muy bien, allá va, pulsemos “borrar” o “delete” que dicho en inglés suena aún más delicuescente y empecemos de nuevo ¿cómo llamar a este nuevo esbozo de novela? no sé empecemos a tirar ideas y a ver qué sale.

De todos mis errores recientes – errores amorosos con respecto a Miguel Gasset por ejemplo, de perspicacia con respecto a la culpabilidad de Sofía o de percepción con respecto a Avril y , sobre todo con respecto a mi propia hija, sin duda este último era el más grave y por tanto el más interesante desde el punto de vista literaro. Pero mentiría si dijera que fue el primero que se me ocurrió intentar sintetizar para luego darle forma. Eso vendría más tarde, el más veloz en imponerse fue el primero empujado, imagino pero el deseo de hacer una pequeña venganza.

Por eso aquí estoy ante mi PC. Son las siete de la mañana, demasiado temprano aún para que el mundo interfiera en mi trabajo con llamadas de teléfono y mensajitos de buenos días del Hombre de mi Vida. Demasiado temprano también para que Elba venga darme un beso demostrándome que ya no tiene fiebre. Y demasiado temprano sobre todo para ponerme a redactar directamente: escribir requiere un poco de precalentamiento, un poco de prueba-error y qué mejor precalentamiento y prueba-error que pensar en Miguel Gasset.
En Miguel Gasset, o lo que es lo mismo, en ese fracaso de mi perspicacia no solo como mujer sino, lo que es aún más molesto, como escritora que no es capaz de comprender nada de lo que tiene delante de sus ojos. ¿Cómo llaman los psicólogos a esa ceguera que hace que creamos que una persona está interesada en nosotros cuando claramente está interesada en nuestra rival? Posiblemente no tenga un nombre, no en vano es una de las cegueras más habituales, pero en tu caso, Luisita que vives de observar conductas humanas resulta imperdonable. Calecetines rosas -escribí entonces- música de Brahms, muebles gustavianos, casa superferolítica y sexo tántrico.
Curiosamente, todos estos elementos de la personalidad de Miguel los había incorporado a mi novela anterior haciendo que formaran parte de la personalidad del padre del niño asesinado, pero lo cierto es que solo había aputado de forma somera sin ahondar en ellos, sin hacer sangre como si dijeramos por una elemental cortesía hacia Miguel. Ahora en cambio, en la nueva novela que pensaba escribir, iba dedicar ¡por lo menos! un capitulo entero a a reirme de sus calcetines rosas ¿ Y qué decir del sexo tántrico ese desideratum masculino? ( bravo por los hombres –pensé al escribir la palabra “tántrico”- gran avance para los de su espcie, por fin consiguen emularnos en el fingimiento, bienvenidos al club, chicos) este desideratum masculino repetí merecería, no un capítulo, sino todo un libro se llame así. “Sexo T y calcetines frambuesa.”

Escribí entonces “Sexo T y calcetines frambuesa” y dejé que mis dedos volaran libres un momento sobre el teclado. Si la capacidad de reirse de uno mismo es util para la creación, el deseo de venganza lo es más aún. En realidad, si te fijas – me dije con una sonrisa porque ya estaba imaginando todo tipo de maldades -el arte es mucho más deudor de las malas pasiones del ser humano que de las buenas. ¿Acaso no fue la soberbia quién erigió las pirámides y la envidia de Julio II quién finació la Capilla Sixtina? Venga, Luisa, adelante, le está bien empleado a ese conquistador de calcetines grosella que lo lapides en una novela, que cuentes sus tics, todas sus manías, incluso puedes contar que dejó morir a su hermano. Así lo cree él ¿no? y posiblemente sea verdad porque en la historia del pequeño Antonio, no hay inocentes.

“No hay inocentes” escribí entonces, dejando que los dedos continuaran su desbocada carrera sobre el teclado. Es gratificante cuando entra uno en este estado de gracia literaria en el que una idea enlaza con otra, bastante rara la gracia literiaria debo decir, de modo que aprovechemosla y a ver qué más se me ocurre –pensé porque, de pronto, ahí estaba yo dando forma a otra idea, una que Enrique me había confiado y que también era muy aprovechable desde el punto de vista literario: según Bustillo Morrazo ese amigo de Ri que tiene un blog en internet llamado “Usted también conoce a un asesino” , el mundo está lleno de crímenes sin resolver y de asesinos impunes. Yo por ejemplo, conocía no solo la de Miguel sino también la de Sofía ¿por qué no apuntar dos o tres datos sobre ella? Cerré por un momento el apartado “Miguel” y abrí uno que pensaba dedicar a Sofía. Con ella no era mi inteción hacer venganza, ya se había encargado la vida de hacerla por mí, pero en su historia había muchos elementos literarios interesantes que valía la pena poner negro sobre blanco en precaución de que un día pudieran servirme para algo. Los dedos solo necesitaron ésta mínima señal de aquiescencia para ponerse en marcha y entonces, olvidando por completo “Sexo T y calcetines frambuesa” comienzo a esbozar cómo contaría yo la historia de Sofía Gasset.

Y, al igual que en el caso de Miguel , hice primero una lista de los ingredientes que en ésta ocasión eran: Una niña que tenía una forma especial de hablar, pronunciaba las erres en g, una tan bella que a veces daba reparo mirarla. Dos hermanos idénticos uno uno enamorado de Sofía otro no. Apunté luego otros elementos de la historia como una fuente de piedra que el viento y las lluvias llenaba de hojas secas y agua podrida, un juego de policías y ladrones y de pronto una muerte que pasa ante todos por un accidente. Entonces, cuando había escrito los ingredientes de inmediato recordé las palabras de Sofía anoche: Y cuando ocurre, todo sucede demasiado deprisa. Tanto, parece que no lo has hecho tú ¿Y sabes lo que se siente cuando matas a alguien, Se siente poder, eso es, Luigi “podeg”.

Mis dedos se detienen. Todo esto serviría muy bien como base para una novela pero la historia de Sofía tiene una continuación , una “secuela” como ahora se dice ( y en éste caso la palabra viene que ni pintiparada) mucho más interesante. “Acuérdate de la señora Márquez” -me digo- porque de pronto me ha venido a la memiria aquella foto de la madre de Sofía que conozco bien en la que ésta aparece tan lánguida e indolente bebiendo una taza té. Las fotografías de los muertos son muchas veces como la premonición de lo que será su muerte pero otras son su antítesis, mejor aún: son un sarcasmo. ¿Por qué quién hubiera imaginado viéndola allí tan delicada con la taza en vilo observada por su hijita con esa cara suya angelical que un día esa imagen sería como en reverso de las circunstancias en las que encontraría la muerte? La madre de Sofía había encontrado la muerte por beber, pero no té precisamente.

“Jhonnie Walker” escribí en mayúsculas. Y luego empecé a hacer un resumen muy breve de lo yo recoredaba de las palabras de Sofía anoche. De cómo, una vez muerto Antonio, ella le había contado a su madre lo que había hecho porque- (Y lo siguiente era idea de Enrique pero encajaba perfectamente con lo que había hecho Sofía) aquellos que han cometido un crimen perfecto, necesitan que al menos una persona sepa lo que han hecho. También recordé lo que dijo sobre cómo su madre había comenzado a beber y cómo los borrachos no miden nunca sus palabras aunque en su caso no importó, -había dicho Sofía riendo- mi madre murió casi enseguida, otro accidente, uno más.

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