La literatura es una carrera de fondo, jamás puede convertirse en un sprint

«Mi modelo es Dickens, un mago que ha sido capaz de interesar con sus obras tanto a los lectores elitistas como a un público popular».

La escritora Carmen Posadas (Montevideo, 1953) clausuró ayer el II Congreso de escritores noveles, que se ha celebrado estos días en Gijón. Con novela reciente y una carrera de éxitos, la autora sabe que no es fácil abrirse camino en el intrincado mundo de la literatura.

-¿Le costó mucho decidirse a aceptar la invitación de una asociación de escritores noveles?
-Ni cinco minutos. Son muy organizados y se pusieron en contacto conmigo hace por los menos seis meses. Nada más saber que se trataba de un congreso de este tipo me apunté. Cuando empecé con la literatura me dije que si algún día tenía un nombre haría todo lo posible por ayudar a personas que están empezando; he intentado cumplir, sé lo difícil que es abrirse camino.

-Un escritor novel espera siempre un buen consejo del autor consagrado. ¿Cuál es el suyo?
-Para escribir no hace falta tener una carrera o unas vivencias increíbles. Salgari vivía frente a una pared blanca y jamás salió de su pueblo, pero hablaba de Malasia y de cosas maravillosas. Hay dos cualidades muy importantes: curiosidad y ser un gran lector. Se me acercan muchos escritores jóvenes y les pregunto si leen mucho; cuando me dicen que no, que no quieren que se contamine su estilo, pues les respondo que muy mal. Para tener un estilo hay que conocer muchos estilos.

-Uno tiene la imagen de un escritor como alguien solitario, peleándose con su obra. Esto de asociarse choca un poco con ese estereotipo.
-Son cosas compatibles. Escribir es un acto muy solitario, aunque hay escritores, por ejemplo Vargas Llosa, que les gusta escribir en los cafés. Se acostumbró de joven y ahora necesita ese bullicio. Pero como escribir es un acto solitario, necesitas alguien que te lea. Estos congresos o las escuelas de escritura permiten paliar esa soledad del escritor.

-En este congreso se ha debatido si el escritor nace o se hace. ¿Cuál es su opinión?
-Las dos cosas. Hay que tener una cierta predisposición. Mi sueño fue ser María Callas, pero canto como una rana, o sea, que no tendría ninguna oportunidad. Tengo facilidad para escribir, pero hace falta aprender. Hay quien piensa que es un don divino, lo que me parece una petulancia. Si quieres ser un músico te tienes que pasar horas y horas haciendo escalas; un bailarín igual, pero en la barra.

-¿Defiende los talleres literarios?
-Yo le debo mucho a los talleres. Cuando empecé, en los años ochenta, había muy pocos y yo encontré uno de un escritor argentino que se llama Mario Merlino, que me ayudó muchísimo. Te enseña a leer como un escritor, a desmontar el mecanismo del reloj. La escritura tiene una parte de talento, la posees o no, pero también mucho de oficio.

-¿Las nuevas tecnologías están modificando la relación del escritor con la industria y con los lectores?
-Hay fenómenos muy interesantes, como «Cincuenta sombras de Grey» (de E. L. James), que empiezan en internet, luego pasan al papel y se convierten en un best seller mundial. Eso antes era impensable. Amazon, por ejemplo, tiene un sistema por el que se puede colgar gratis una obra en la red. Existe esa posibilidad.

-Usted publicó su primera novela con 40 años. ¿Conviene no precipitarse?
-Yo he ido siempre con pies de plomo. Me sentía muy insegura. Mi padre era un gran lector que aprendió ruso y griego para leer a Tolstói y a Homero. Decía que después de Shakespeare y de Cervantes no había nada que añadir. Que la niña dijera que quería ser escritora… Fui muy poco a poco porque quería aprender el oficio lo mejor posible. Y luego hay quien pega a la primera, con un éxito enorme. Ahora bien, escribir no es un sprint, es una carrera de fondo.

-Sus últimas novelas transitan por la literatura de género, caso de «Invitación a un asesinato» o «El testigo invisible», publicada este mismo año. ¿Se encuentra más cómoda en esos registros?
-Tengo como modelo a Dickens. Hay escritores muy intelectuales, que sólo interesan a un público muy reducido o elitista, y otros más populares. Hay muy pocos autores que interesen tanto a unos como a otros; el mago es Dickens, que tiene novelas de género. La novela policiaca, por ejemplo, tiene la virtud de permitir la radiografía de la sociedad. Con «El testigo invisible» estoy muy contenta, va por la sexta edición y se está traduciendo.

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