Empacho

Mira que me gusta comer. Mira que me encanta la cocina y ensayar platos nuevos, pero hasta el jopo estoy de la gastronomía. Los dedos se me hacen huéspedes al contar todos los programas de televisión, radio e internet que hay sobre el tema. Que si Pesadilla en la cocina, que si Cocineros al volante o Un país para comérselo, que si Robin Food, que si Al punto y, por supuesto, MasteChef, Top Chef, Todos contra el chef, y no sigo porque se me quita para siempre el apetito. Como un tema guste, lo ordeñan hasta la náusea con pequeñas variantes y acaba uno viendo siempre el mismo programa. Igual que en esos concursos a lo Gran Hermano en los que se eliminan candidatos hasta que queda un ganador. Previamente, los aspirantes han de superar no sé cuántas pruebas y pasar por las horcas caudinas de los chefs-presentadores cuyo cometido es ser lo más bordes y humillantes posible para que los concursantes acaben discutiendo entre sí (tres puntos de share asegurados) haciendo el memo y/o abrazándose en la desdicha y, por supuesto, llorando a moco tendido sobre los fogones (cuatro puntos de share). O más puntos aún si se reúnen todos estos contingentes y acaba uno convertido en trending topic como el inventor de “león come-gamba”, plato que ya se ha incorporado al recetario patrio. Tan elevada es la fiebre gastronómica que ahora, cuando un hijo dice en casa que quiere ser cocinero, a sus padres se les piantan dos lagrimones de orgullo, igualito que cuando antaño el proclamaba su intención de hacerse físico nuclear. Y me parece muy bien, el mercado manda, como también me parece de perlas que los chefs se hayan convertido en estrellas y sean referentes sociales. Aplaudo que hagan anuncios, den conferencias, clases magistrales y sean personajes de culto. Son artistas (bueno, unos más que otros) y se lo merecen. En realidad, lo único que les reprocho son dos cosas. La primera sus platos. No me refiero a las recetas, muchas de ellas extraordinarias, sino al continente, al plato en sí. Me encantaría que uno de estos dioses de la cocina me explicara por qué es mejor para el paladar servir sus creaciones en un trozo de pizarra, por ejemplo. Un lasca muy estrecha y plana, sin borde ni elevación alguna sobre el mantel de modo que casi siempre se desparrama algo. O si no en un plato hondísimo, incluso cuando lo que se come deba despacharse con cuchillo y tenedor. Cuchillo y tenedor imposibles de soltar en ningún momento para hacer una pausa en la comida, porque a ver cómo hacerlo sin que se zambullan en la salsa y toda la operación acabe en enchastre. Sí, ahora todo se come en lascas como los Picapiedra o en plato hondo, salvo el helado que, por un insondable misterio gastronómico, se come en plato llano. Y allá que se las ve uno tratando de atacar una bola de sorbete que se escurre como una anguila. Como el plato en cuestión es rectangular y también plano planísimo casi siempre acaba el mantel hecho un Cristo. Una pasta deben gastar los dueños del restaurante en Vanish Oxi Action, pero es un justo castigo a su perversidad. Y ahora voy con mi segunda cuita, que tiene que ver con el lenguaje. Yo puedo perdonar a los devotos de la gastronomía que monopolicen la tele, que tengan más predicamento que intelectuales y científicos, e incluso que me llenen de manchas, pero no les perdono la “cursilización” que hacen del lenguaje. ¿Se han fijado? En gastronomía todo acaba en “ito”, o peor aún en “ititito”. Un pescado es un pescadito, unas verduras, verduritas. Y un vinito y una mayonesita y unas cigalitas, un jamoncito, un cochinillito, mientras que lo refrito es refritito o hasta refrititito. Ay, los diminutivos. Eso sí que me produce un empacho –o empachitito– insuperable.

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