El regreso del Endurance

Poco antes de que estallara la Primera Guerra Mundial, Ernest Shackleton partió hacia la Antártida. Su propósito era reivindicar uno de los fracasos heroicos que más ríos de tinta ha hecho correr: el intento de Robert Scott de llegar primero al Polo Sur. Llegar llegó, pero solo para, desolado y medio muerto, comprobar cómo la bandera noruega de su rival Roald Amundsen ondeaba allí en señal de victoria. El plan de Shackleton era ir un paso más allá y cruzar el casquete polar de parte a parte, desde el mar de Weddell al mar de Ross, al otro lado del continente. Para ello, y no con muy buenos augurios dado el momento histórico, en diciembre de 1914 y aprovechando el verano austral, el Endurance se adentró en las heladas aguas del océano Antártico pero quedó atrapado en el hielo cuando se encontraba a poco más de un centenar de kilómetros de su primer destino, la bahía de Vahsel. Shackleton pensó entonces que, dada la época del año, el sol no tardaría en liberar la nave. No fue así.  Pasó el corto verano y, a lo largo de nueve interminables meses con la nave  aprisionada en un mar de hielo, hubieron de sobrevivir comiendo pingüinos y alumbrándose con la grasa que estos les procuraban. Endurance en inglés significa resistencia, resiliencia, aguante, y nunca un barco y su tripulación han hecho tanto honor a un nombre. Durante la larga noche antártica Shackleton se las ingenió para mantener alta la moral de su gente. Una de sus disposiciones más inteligentes fue hacer que cada hombre se hiciera responsable no del bienestar propio sino del de otro de sus compañeros (incluido, por cierto un polizón que se había colado de matute y cuya presencia recortó los ya de por sí escasos víveres). Estableció además una rutina de trabajos y de encomiendas que los mantuviera ocupados, sin olvidar tampoco los momentos de ocio, en los que organizaba obras de teatro, charadas, concursos. Aun así, la mala suerte que les había acompañado desde que zarparon les tenía reservadas pruebas aún más duras. El hielo que apresaba al Endurance comenzó a cerrar en torno a él su cerco mortal y Shackleton se dio cuenta de que tendrían que abandonarlo en breve. El ruido de la presión del hielo sobre el casco sonaba, según el testimonio de uno de los tripulantes “como los gritos de una criatura viva”. Llegado el día, los tripulantes pudieron ver como “el noble y valeroso barquito con agallas” aguantaba hasta el último momento luchando por no hundirse. Lo despidieron entre hurras y lágrimas: a partir de ese momento quedaban a la intemperie. Era el 21 de noviembre de 1915, pronto habría de llegar el corto verano austral y Shackleton dio orden de emprender la marcha por la banquisa hacia tierra firme. Arrastraron los botes sobre el hielo con indecible dificultad y los utilizaron como habitáculos, incluido el James Caird, un bote abierto que sería su salvación una vez llegados al mar. Arribaron por fin a la desierta Isla del Elefante y desde allí Shackleton y cinco de sus hombres navegaron en el pequeño James Caird 1.288 kilómetros hasta alcanzar las costas de Georgia del Sur, desde donde organizaron el rescate de sus compañeros salvando la vida de todos ellos. Cuando noticias de su ordalía llegaron a Europa, gesta tan increíble sirvió de ejemplo y esperanza para los muchachos que en ese momento se jugaban la vida en las trincheras en la Gran Guerra. Como, al igual que Borges, pienso que a la realidad le gustan las simetrías, me ha emocionado el descubrimiento de los restos del Endurance. Igual que entonces Europa vive una guerra insensata. Igual que entonces el ser humano da muestras de indecible valor y entereza. Cierto que también igual que entonces vemos y veremos el lado más oscuro de la naturaleza humana, el egoísmo, la codicia, la estúpida frivolidad. Pero yo prefiero quedarme con otra de las enseñanzas de la aventura del Endurance. La importancia que, en momentos así, cobra el liderazgo como lo ejerció  Ernest Shackleton. Suele decirse que tiempos duros propician la aparición de hombres y mujeres capaces de lograr que otros se conviertan en la mejor versión de sí mismos. Visto  el perfil  de algunos de los  líderes que tenemos en  el mundo occidental no parece que se oteen muchos shackektons en el horizonte. Pero, quién sabe. La reaparición justo ahora de símbolo tan paradigmático como el Endurance hace que uno albergue razonables esperanzas.

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3 Respuestas

  1. susana dice:

    Hay pocas personas así.

  2. Edesio Doreste dice:

    En estos tiempos, líderes de la altura y categoría moral del capitán del Endurance, creo que imposible. Basta con observar el patio. A nivel político, nacional e internacional, dan lástima. A los creyentes, sólo nos queda la esperanza de la segunda venida de Cristo. Al menos las señales, puede que se estén produciendo. Ese día, se acabarán las lágrimas, las guerras, el sufrimiento. Antes, cada uno de nosotros, en su fuero interno, debería renacer de nuevo. Recibir el Espíritu del Señor. Al que lo pida, se le dará. Fe, sobre todo. Gracias y saludos,

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