Cuidado, no te hagan un bombo

Viendo programas del cuore, fuente inagotable de reflexión sobre la naturaleza humana (ay, Schopenhauer), he tenido una epifanía: he descubierto que los chicos se han vuelto chicas. No, no crean que me refiero a algo evidente como el número de homosexuales que existen ahora, hablo de algo muy distinto. Antes, en mi lejana adolescencia y hasta no hace muchos años, la gran preocupación de los padres era que la niña se quedara embarazada antes de llegar al matrimonio o como entonces se decía, que le hicieran un bombo. La llamada pérdida del “honor” era algo que proyectaba, no solo sobre la joven sino sobre toda su familia, la larga sombra del escándalo y el rechazo social, un estigma de por vida. Poco a poco los tiempos comenzaron a cambiar y ya en mi generación las mujeres descubrieron un paso intermedio entre el desdoro y la libertad: se inventó el penalti. Había por aquel entonces dos clases de penalti, el voluntario y el fortuito. El fortuito era un “Dios mío me equivoqué de fechas ¿ahora qué hacemos?” y muchas veces acababa con los novios casados a edad temprana pero felices (o al menos condenados a serlo, puesto que no existía el divorcio). El segundo –recurso de las más osadas– consistía en quedarse embarazada aposta para pescar algún pez gordo despistado o muy ingenuo.

Un poco más tarde se produjo un nuevo avance hacia los tiempos modernos y empezamos a ver chicas que elegían voluntariamente ser madres solteras o “singles”, como les gusta llamarlas a los amantes de los palabros guays. Muy bien, ahora hay muchas mujeres que no habiendo encontrado pareja y llegado el momento en el que el reloj biológico comienza a jugar en contra, deciden tener un hijo solas. Se puede objetar que es egoísta privar a un niño de la figura paterna, pero desde luego no seré yo quien tire la primera piedra. Cierto es que, al principio, dicho fenómeno no me parecía bien pero últimamente he cambiado; pienso que lo único que verdaderamente perjudica a un niño es sentirse “distinto” y un hijo de soltera ya no tiene tantas razones para sentirse así puesto que hoy existen muy diversos tipos de familias monoparentales.

Pero vayamos un paso más allá, hasta llegar a lo que les decía al principio de este artículo de que los chicos se han vuelto chicas. Viendo los programas de chismes resulta muy instructivo comprobar cómo se ha depurado y perfeccionado últimamente la vieja técnica del penalti hasta llegar a un virtuosismo digno de Ronaldinho. Lo que quiero decir es que ahora es deporte común apuntar hacia un tío de renombre por lo que sea, digamos un príncipe de Mónaco, un cantante de corazón partío o un Flavio Briatore cualquiera, y tener un minirollo con él en los días más fecundos. Como los hombres siguen teniendo la mentalidad de que somos nosotras las mujeres las que debemos protegernos de los embarazos no deseados, ninguno toma precauciones y, así, les cuelan todos los goles. Nueve meses más tarde, y exclusiva millonaria de por medio, no queda más que reclamar la paternidad del incauto. La ventaja de este método es evidente. Con las modernas técnicas de análisis del ADN, no hay hombre que escape a su responsabilidad como antaño y así, por una noche de pasión, ellos pagan una vida entera. No solo con dinero, sino con la terrible circunstancia, en mi opinión, de tener un hijo al que seguramente nunca verán crecer. Sí, ya ven cómo han cambiado las cosas: he aquí la sutil venganza de todas las mujeres que han sido seducidas y abandonadas desde que el mundo es mundo, todas las doña Inés, todas las sor Juana Inés de la Cruz. Por eso, como los casos que saltan a la opinión pública no son más que un reflejo –algo esperpéntico pero aún así real– de lo que ocurre en el resto de la sociedad, mucho me temo de que a partir de ahora será a los hijos varones a los que los padres tendrán que alertar con aquello que antaño nos decían a nosotras: “Mucho cuidado, te lo pido por favor, toma tus precauciones no vaya a ser que te hagan un bombo”.

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