Ateos sobre ruedas

Hablando el otro día con mi hermana Mercedes de lo divino y de lo humano (en el menos metafórico sentido de la expresión, en este caso) me señaló algo en lo que yo no había caído. Comentábamos la polémica levantada por la aparición de los llamados «autobuses ateos» y ella decía que lo que más le sorprendía no era su conveniencia o inconveniencia sino el infantilismo del eslogan. De la frase “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”, lo que le chirriaba no era ese “Dios no existe” a pesar de que, comprensiblemente, pueda herir sensibilidades. Lo que le llamaba la atención era el resto de la frase, como si Dios fuera un severo profesor o un padre castrante que estuviera allá arriba para aguarnos la fiesta. Porque, vamos a ver ¿qué quiere apuntar esta gente con lo de “deja de preocuparte y disfruta de la vida?” Acaso quiere decir que como no hay nadie que nos vigile podemos ir por ahí haciendo todo lo que prohíbe la ley de Dios? Muy desinformados deben de andar los promotores de esta iniciativa para ignorar que lo que dicen los Mandamientos es lo mismo que cualquier tratado ético: honrarás a padre y madre, no mentirás, no robarás, no matarás. Tal vez con ese “disfruta de la vida” se refieran estos señores al tan traído y llevado sexto mandamiento, pero hay que estar también muy desinformado para ignorar que el cumplimiento de dicho precepto anda desde hace décadas un poco… laxo, digamos, incluso por parte de los creyentes. Tal vez la desinformación de los promotores de esta iniciativa los lleve a desconocer que lo que defiende la moral de los que creemos es, en esencia, lo mismito que la ética laica, es decir unas normas de conducta que regulen el comportamiento y las relaciones humanas. Por eso tiene toda la razón mi hermana al calificar esta iniciativa de infantil. Solo alguien con una mentalidad muy elemental (o muy perversa) puede decir que como Dios no existe ancha es Castilla y vamos todos a hacer lo que nos dé la gana. Como creyente que soy, siempre me ha sorprendido observar cuál es el peligro de renunciar a las creencias. A mi modo de ver, no se trata de prescindir de Dios, allá cada uno, y no saben lo que se pierden. El peligro reside en no sustituir el código de conducta que acompaña a la religión por otro código laico. Dicho de otro modo, sustituir la moral por la ética, que prácticamente representan lo mismo. Como ya les he contado en alguna ocasión, yo provengo de un país tan poco religioso que la Navidad no se llama Navidad mientras que la Semana santa responde al eufemístico nombre de “Semana de turismo”. En mi colegio no se daba clase de religión y por supuesto tampoco había crucifijos. Tal vez por eso, nosotros, desde niños, sabíamos que había algunas cosas que no se podían hacer. Y no porque allá arriba entre los nubarrones negros hubiera un señor de larga barba que amenazaba con mandarnos al fuego eterno si no obedecíamos o si pegábamos a nuestro compañero de pupitre, sino simplemente porque no. O, porque, como dijo Kant –que no era cura precisamente–, no hay que hacer a otros lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros, punto pelota. Y eso no tiene nada que ver con el vicio de las luengas barbas ni con el infierno.
Esos señores, que se han gastado una pasta para exhibir en los autobuses de nuestras ciudades su bonito eslogan, reclaman para ellos el mismo respeto que los creyentes a la hora de anunciar sus creencias y a mí no me parece mal. Sin embargo, lo que hubiera deseado es que fueran un poquito menos antiguos, menos falsamente progres. Que en vez de decir “Dios no existe deja de preocuparte y disfruta de la vida” señalaran algo un poco más inteligente y ético como “Da igual que Dios exista o no, tú tienes la misma responsabilidad para con otros y eso no está reñido con disfrutar de la vida”. Esto sí lo encuentro respetable. Lo otro, perdonen que les diga, me parece una provocación tan infantil como bobalicona, nada más.

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