Yo soy yo y mis contradicciones (II)

La semana pasada les hablaba de las extrañas contradicciones en las que incurre uno a la hora de enamorarse y sus nefastas consecuencias. Les contaba cómo, a pesar de que el amor es ciego, según Ortega y Gasset también es cierto que la elección amorosa nunca es inocente y responde a necesidades (a veces ocultas) del individuo. La pregunta que surgía entonces era que si la elección amorosa responde a necesidades internas ¿cómo demonios es posible que uno se equivoque tan frecuentemente al elegir pareja? La respuesta a este galimatías es en realidad muy simple: no siempre elegimos lo que necesitamos sino, con mucha más frecuencia, nos decantamos por lo que creemos necesitar, de modo que, tarde o temprano, ese amor se rompe. Puesto que el artículo anterior estaba escrito en relación con las teorías de Ortega, yo lo concluía parafraseándole y afirmaba que, al final, cuando se habla de la naturaleza humana, el problema es que más que “yo soy yo y mis circunstancias» es más certero decir que “yo soy yo y mis contradicciones”. También les adelantaba que las mías son tan enormes que necesitaría todo un artículo para hablar de ellas. Como lo prometido es deuda, aquí va mi confesión. De joven, normalmente se es dogmático, monolítico. Piensa uno: “yo soy así”, “me gusta tal cosa”, “aborrezco tal otra”. Sin embargo, a cada rato se nos presentan evidencias de que esas máximas tan incontestables no lo son tanto, de modo que, aunque es verdad que nos guste “a” y aborrezcamos “b” a veces nos sorprendemos gustando de “b” y aborreciendo de “a”. Aún así, como pensamos que socialmente es más aceptable / o conveniente para nuestros intereses / o más “enrollado” ser de una manera que de otra, al final, nos convencemos de que preferimos “a» y no “b”. Les voy a poner un ejemplo personal. Yo fui una niña de una timidez extrema. Es mi carácter, mi forma de ser más íntima. No soy sociable, al contrario, soy introvertida, me gusta la soledad y la necesito para sentirme bien. Está muy feo decirlo, lo sé, pero esa es la realidad. Y como está muy feo, he luchado siempre contra este rasgo de mi carácter. Para más inri, tengo una madre extraordinariamente sociable por lo que, desde niña, me ha estado grabando en el disco duro que debía abrirme a los demás. Más aún, me decía que era fundamental ser el perejil de todas las salsas, e ir a muchos cócteles y fiestas. Con este mandato he crecido, de modo que por un lado siento la necesidad de “estar en la pomada” pero, por otro, estarlo me produce un enorme desasosiego. Peor aún, me aburro como un hongo. Durante años he hecho lo que me grabaron en el disco duro pensando que era lo que me gustaba (de no ser así –argumentaba yo– me daría igual no ser invitada a tal fiesta o tal otra). Y como no me daba igual, allí iba yo… y de nuevo lo pasaba fatal. Esta contradicción puede sonar baladí pero no lo es en absoluto. De hecho, en mi caso, ha afectado mi elección de amigos, de parejas incluso, puesto que me convencía de que me gustaban personas que en realidad nada tenían que ver conmigo, a veces con consecuencias desastrosas. Otro ejemplo de lo que intento explicar es el del joven muy brillante del que todos esperan una gran carrera en el mundo de los negocios o de la política. Y él la emprende, y se deja la piel, y de hecho triunfa aunque, a la vez, es terriblemente desgraciado porque, lo que le va, en realidad, es ser bibliotecario, por ejemplo, o jardinero. Lo peor de todo esto es que quien graba en la gente joven estas contradicciones lo hace con su mejor intención. De no ser así, el niño o el joven notaría la falacia y la rechazaría, en un ejercicio de rebeldía. Pero, en cambio, es extremadamente difícil rebelarse contra “grabaciones” hechas desde la ilusión o desde el cariño. Y sin embargo es fundamental hacerlo. “Conócete a ti mismo”, he aquí la máxima que según la tradición figuraba en el mítico oráculo de Delfos. Multitud de cosas han dicho los filósofos y los sabios desde aquellos lejanos tiempos, pero creo que este sigue siendo el camino más corto que se conoce para alcanzar la felicidad.

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