Una paradoja sobre la educación

“Quien me iba a decir a mí» –me contaba una amiga el otro día– «que después del desastre de padre que han tenido mis hijos, él acabaría siendo su mejor educador”.
“No entiendo nada» –le contesté, porque el marido de mi amiga es lo que antes se llamaba «un punto filipino», es decir mujeriego, jugador y, por sobre todas las cosas, un vago que jamás dio un palo al agua porque según él tenía entre manos un “tema” que, cuando saliera, iba a hacerle multimillonario. Huelga decir que todo aquello acabó con la pareja y que mi amiga tuvo que trabajar duro para sacar a sus hijos adelante mientras que su ex –encantador, por cierto, como todos los caraduras– seguía soñando ínsulas Baratarias y embaucado mujeres una tras otra (ya va por el cuarto matrimonio). Por supuesto –y esto es de manual–, después de su divorcio, mi amiga se convirtió en mamá rollazo frente a papá enrollado. En otras palabras, mientras ella era la que regañaba y prohibía, él era papá superguay. Y es que durante los días de visita y las vacaciones que compartía con sus hijos, él se esmeraba en ser el padre ideal. Y lo era, porque mientras mamá prohibía papá consentía, mientras ella tenía dificultades para regalar a sus hijos cosas bonitas hasta en Navidad, él era Papá Noel durante todo el año. Una vez, incluso, mi amiga llegó a oír de labios de su hijo de casi doce años la siguiente declaración: papá es Superman y tú una superpesada. Cuando uno oye esto de un hijo que ya tiene unos añitos, la tentación es bajarle de su nube rosa. Decirle que su padre es un desastre que regala muchas chuches pero que, por ejemplo, no paga el colegio. Sin embargo, mi amiga no sucumbió y jamás le habló mal de su padre. El mejor modo de educar a un hijo es por lo que se hace, no por lo que se dice, pensaba ella; tarde o temprano la vida pone a cada uno en su lugar. Y así ocurrió. Sus hijos crecieron y un día superpapá se cayó del pedestal, porque engañar a un niño es muy fácil, pero engañar a un adolescente ya no lo es tanto. Además, cuanto más alto es el pedestal al que uno se sube, más grande es la caída porque el desengaño es algo que duele a todas las edades, pero más, si cabe, en los primeros años de adultez. “Aunque lo más curioso de todo esto” –me contaba mi amiga, muy asombrada–, «es lo que está ocurriendo ahora, fíjate qué increíble”. Entonces me contó que, así como su padre se había jactado siempre de ser un mal estudiante, de no pegar ni chapa y de tener una novia tras otra, sus hijos eran estudiantes modélicos que trabajaban durante las vacaciones para ganarse un dinerito Y no solo eso. A pesar de ser muy guapos, tenían la misma novia desde los diecisiete años con una fidelidad bastante chocante para los tiempos que corren. “Es como si a fin de cuentas” –me contaba mi amiga– “su padre los hubiera educado por el ejemplo negativo. En otras palabras, como si, una vez que se dieron cuenta de cómo era en realidad, se hubieran dicho: yo no quiero ser como papá”.
Me sorprendió mucho esta reflexión de mi amiga, porque encaja con algo que vengo observando desde hace un tiempo. Me fijaba hace poco, por ejemplo, en cómo los hijos de matrimonios turbulentos suelen ser muy estables en sus relaciones de pareja. Ahí están los casos de los hijos de Carlos de Inglaterra y lady D., o el de Carmen Martínez Bordiú y Alfonso de Borbón. Niños ricos que podrían tener mil novias y mil aventuras y sin embargo prefieren ser monógamos, incluso a edades en las que es conveniente y hasta deseable una cierta poligamia. ¿Será que, como dice mi amiga, frente a lo que pensamos de que un mal ejemplo siempre es perjudicial, ocurre a veces que se educa también por el ejemplo negativo? Yo creo que sí, pero el secreto de esta paradoja está, a mi modo de ver, en que exista otro ejemplo con el que comparar. Se necesita que, frente al egoísmo de uno de los cónyuges o ex cónyuge, exista la generosidad del otro; frente a la indolencia de uno, la laboriosidad del segundo, etcétera. La educación es siempre emulación, y hay que tener modelos. Si los dos son malos, no habrá nada que hacer, pero si hay uno bueno, éste se impondrá, tarde o temprano.

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