Un egoísta es todo aquel que no piensa en mi

Como soy una calamidad con las máquinas y con todo lo relacionado con la informática, he tardado mucho en entrar en el mágico mundo de internet.

Me aburría tanto la idea de aprender aquello, que empecé con la vieja y simple táctica de Narciso, que resulta tan pedagógica, hasta que fui adquiriendo soltura y gracias a ella ahora navego más o menos bien.

La táctica de Narciso (ya, ya sé que no dice mucho en mi favor) consiste en teclear en el buscador, en este caso “carmen posadas”, y ver qué sale.
Con este sistema he descubierto todo lo bueno y todo lo horroroso que se dice sobre mí en la red, lo que me hace pensar que estaba mejor antes cuando, tal como lo planeó el buen Dios, ignoraba los pensamientos de mi prójimo.
Aún así, esta cura de humildad me ha llevado a descubrir muchas cosas y a saber qué interesa a la gente de lo que digo y qué no, algo muy útil para alguien que se dedica a escribir en prensa.

Existe una página en la red llamada “Citas citables” o algo así en la que incluyen una frase mía y, después de agradecer a sus responsables la deferencia, me gustaría aprovechar la ocasión para explicarla mejor puesto que, tal como está transcrita, quizá no se entiende.

La cita “citable” –según estas amables personas– dice más o menos lo siguiente: “Existe una teoría infalible sobre los amigos y es que hay que saber bien qué se puede esperar de cada uno”. Como ven, dicha de este modo la frase no parece digna de codearse con una de Oscar Wilde precisamente, pero como creo que la idea central puede resultarle útil a alguien, me gustaría comentarla con ustedes.

En una de las circunstancias más difíciles de mi vida, un periodista me preguntó cuántos amigos había perdido en la adversidad y yo le contesté que ninguno.
Como en los momentos duros hay muchas personas que fallan e incluso nos niegan, el periodista se quedó bastante atónito y tuve que explicarle que, según mi experiencia, nadie falla si sabe uno qué esperar de cada persona y no pide peras al olmo.
Lo que quiero decir es que hay amigos a los que podemos llamar a las cinco de la mañana para que nos consuelen de un mal de amores. Otros que son como una tumba y sabemos que nunca divulgarán una confidencia. Algunos (raros, pero los hay) a los que podemos acudir en un apuro económico y, por fin, amigos que siempre hablarán bien de nosotros pase lo que pase.
Lo que no se puede esperar, sin embargo, es que el que nos consuela sea una tumba o que el que nos presta dinero hable bien de nosotros, ni que el que habla bien de nosotros se plante en nuestra casa a las cinco de la mañana cuando nos da el mal de amores. Cada uno sirve para lo que sirve y no hay que esperar más, so pena de llevarnos el consabido chasco.

Como la gente es muy proclive a ver la paja en el ojo ajeno y no la cacho viga del quince en el propio, piensa que él o ella es incondicional y que nunca fallaría a un amigo; pero eso no es más que un espejismo. Hay gente más generosa y gente más egoísta pero (casi) ninguno somos san Francisco de Asís, que yo sepa.

Tengo muy claro, por ejemplo, que no pertenezco al grupo Uno de los antes mencionados, es decir a mí que no me llamen a las cinco de la mañana así haya un terremoto. Pero vivimos en un mundo tan autocomplaciente que nadie se detiene a hacer una mínima reflexión sobre sí mismo y tiende a pensar que cada cual es perfecto y los demás malvados.
En realidad, quienes piensan así, pertenecen a ese colectivo bobalicón que cree que “un egoísta es todo aquel que no piensa en mí”.
Sin embargo, la autocomplacencia es un bálsamo engañoso, pues al principio quizá reconforta pensar que somos buenos y el resto de la humanidad malvada, pero al final lo único que conseguimos con esta creencia es quedarnos solos en nuestra tonta torrecita de marfil.

Por eso yo prefiero confiar en la gente. Porque, como digo, si uno sabe qué esperar del otro, ese otro nunca falla. Con este sistema se ahorran muchas desilusiones, muchos chascos y sobre todo mucho rencor.
Además, cuando uno no espera nada o casi nada todo lo que reciba será siempre un regalo maravilloso ¿o no?

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