Te pincho el globo

No sé si alguno de ustedes tiene entre sus recuerdos infantiles el siguiente: Tres o cuatro años de edad. Papá o mamá nos han comprado un maravilloso globo de esos que flotan en el aire. Allá vamos felices con él atado a la muñeca cuando, de pronto, de la nada sale un ser desagradable y sádico que ¡plaff! nos pincha el globo. Luego, se queda mirándonos, brazos en jarra y con una enorme sonrisa de satisfacción. Podría pensarse que esto sólo es un inocente “entretenimiento” infantil, pero no es así. Pasan los años, y los pinchaglobos de este mundo lo único que hacen es sofisticar un poco su comportamiento pero básicamente siguen actuando igual. Existen en realidad varios tipos y yo los tengo muy catalogados. Empecemos por los más inofensivos. Está por ejemplo el pinchador de globos operario (mecánico de coches, fontanero, electricista o reparador de lo que sea) que aun antes de echar un vistazo a la avería va y dice: “Uy, qué chungo, seguro que no tiene arreglo, y si lo tiene le va a costar una pasta”. Otro famoso PG es ese que, cuando uno le comenta algo bueno que le ha pasado, dice: “¿Que te has comprado una casa nueva? Uy, qué chungo, pues me han dicho que toda esa zona la van a expropiar para hacer una autopista”. Y luego está el pinchador de globos amorosos: “Vaya, vaya ¿así que sales con Juan? Uy qué chungo, ¿no sabes lo que dicen de él por ahí? Si yo te contara…”. Existen además los PG meteorológicos, aquellos que cuando uno dice que va a organizar una fiesta o una boda están encantados de recordarnos que el parte ha anunciado granizo. Y los PG médicos, que nos advierten que ese dolorcito que tenemos es el mismo que tuvo su tía Enriqueta justo ante de estirar la pata. Y los ………… (rellene los puntos suspensivos con todos esos otros pinchaglobos que usted conoce).
En principio, lo primero que uno piensa es que este afán tan desagradable está motivado por el viejo deporte nacional de la envidia. Y es verdad, pero no sólo se trata de eso. Existen personas a las que, simplemente, les encanta aguarle la fiesta al prójimo. Tal vez porque así logran protagonismo, por unos minutos son el centro de la conversación o de la reunión. A falta de otra forma más importante o destacada de brillar en la vida, ellos eligen ser agoreros de la fatalidad. Es el mismo afán que mueve a los maldicientes, esos que, con tal de disfrutar por un minuto de la mezquina gloria de contar con la atención de todos, son capaces de calumniar a su mejor amigo o de traicionar una confidencia. Es muy curioso este fenómeno de la búsqueda de protagonismo de cualquier signo, porque con tal de alcanzarlo, a muchos no les importa quedar como seres desagradables o envidiosos. Yo tengo la impresión de que ni unos ni otros se dan cuenta de lo evidente de su actitud. Creo, por ejemplo, que esos pinchaglobos que utilizan un método tan ingenuo para intentar fastidiar al prójimo son tan poco inteligentes que llegan a convencerse de que nos están haciendo un favor cuando alertan de que va a diluviar en nuestra boda o de que el dolorcito de la tía Enriqueta era un síntoma mortal; se trata, por así decirlo, de la maldad de los tontos. Y digo que es la maldad de los tontos porque ellos ignoran que los listos malos nunca pinchan globos. Al contrario, los inteligentes se dedican a inflarlos, no a pincharlos. No en vano saben que el camino más directo al corazón del prójimo es ganar su confianza, es alabar la belleza de su globo. ¿Qué a usted todo esto le suena infantil y anecdótico? ¿Que en la vida hay problemas más serios que el de los pinchaglobos? Sin duda; pero la maldad gratuita, que es con la que lamentablemente tenemos que luchar más a menudo, nunca es del todo infantil ni anecdótica. Por eso pienso que es bueno hablar de ella para que la próxima vez que a usted quieran fastidiarle con un recurso tan obtuso, sonría, suspire y diga:
Vaya por Dios, ¿qué trauma o problema tendrá este tontaina que busca ahora pinchar mi lindo globito?

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