Puro teatro

He seguido con cierta simpatía el caso de Susan Boyle, esa señorita poco agraciada y con voz celestial. Por supuesto nunca me creí la milonga de que los responsables del programa que la descubrió desconocieran el prodigio que atesoraba su garganta. He visto (como millones de personas en todo el mundo) su vídeo en Youtube. Pude observar por tanto cómo, antes de empezar su interpretación, los miembros del jurado la trataban de modo paternalista e incluso faltón. Vi luego cómo, a medida que desgranaba su canto, aquellos tres individuos parecían caerse del caballo, como Saulo camino de Damasco, y quedaban en éxtasis ante su portentosa voz. Vi también cómo Susan, a pesar de sus escasas luces, representaba a la perfección el papel que sin duda le habían indicado los responsables del programa. Esto es, primero fingir que estaba muy nerviosa y que no acusaba siquiera la mofa de la que era víctima antes de empezar a cantar. Y luego, una vez que había encandilado a todos con su “inesperado” y bellísimo chorro de voz, fingir también ella, con el preceptivo «Oh my God, Oh my God!», que la aprobación de jurado la llenaba de turbación. En este mundo mediático en el que vivimos, todo el mundo finge. Fingen los personajes públicos, ya sean mandatarios o actores que, por ejemplo, para dar una imagen de felicidad conyugal se empeñan en prodigarse en público tantos besitos, cucamonas y arrumacos que dan ganas de decirles: Oigan, puesto que viven juntos ¿por qué no se vienen besados de casa y nos dejan de dar la paliza con su felicidad prefabricada? Fingen también los que sufren, como por ejemplo los tontainas que van a los programas de “tele-realidad” a contar sus penas y hacen de su dolor un show. Fingen los políticos, también los periodistas, y por fingir finge hasta el telespectador, que se traga todo ese teatro barato porque es más divertido pensar que son verdad las boludeces que nos venden los medios de comunicación. Lo único que espero es que la gente sea consciente de que lo que ve y oye es puro teatro porque, a mi modo de ver, lo más peligroso de todas las trolas que tenemos que digerir a diario es que llegue un momento en que no sepamos distinguir entre la verdad y la mentira.
Yo tenía la esperanza de que las generaciones posteriores a la mía fueran menos crédulas. Pensaba que nosotros –los que hemos crecido pensando que una cosa es cierta “porque lo dice el periódico” y que la televisión es una ventana indiscreta pero al mismo tiempo veraz a la que uno se asoma para observar la vida– jugábamos con desventaja respecto de ellos. Al fin y al cabo, siempre resulta difícil desprogramar de nuestro cerebro lo que está de algún modo grabado ahí. Sin embargo, los jóvenes que han crecido presenciando tanta impostura, deberían –creía yo– saber que se cuentan más mentiras que verdades y que lo que uno ve con sus propios ojos no es necesariamente cierto. Y sin embargo no es así. No lo es porque la tele sobredimensiona todo de modo que lo bueno es siempre bueníííísimo y lo malo malísimo, los tontos tontísimos y los listos listísimos. En otras palabras, lo que se pierde son los matices, los detalles, los claroscuros. Y son estos los que verdaderamente describen la realidad, los que distinguen una persona de otra y los que hacen que este maravilloso mundo sea a la vez tan rico y complejo. Por eso pienso que sería una buena idea que en los colegios se les enseñara a los chicos no solo a estudiar la realidad sino también a desconfiar de ella. Aprender que no todo lo que parece es, y que la realidad es mucho más complicada que la que se representa en los medios de comunicación. Porque estos han ficcionalizado la realidad hasta convertirla en una caricatura, en una parodia, en una barraca de feria con su galería de friáis y monstruos. Algunos de ellos voluntarios, otros, en cambio, como la pobre Susan Boyle, utilizados tan solo para alimentar a ese verdadero y único monstruo insaciable de nuestros días que es el morbo y la curiosidad malsana.

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