Profecías

¿Han leído ya ustedes algunas de las predicciones que los adivinos hacen para el 2006? La verdad es que a mí siempre me ha fascinado esa gente que se forra leyendo el futuro porque, si se investigara el resultado de sus vaticinios al finalizar el año, dudo que acertaran en más de un diez por ciento. Sin embargo, este ejercicio jamás se lleva a cabo pues a nadie le interesa hacer revisionismo profético, vaya pamplina. Lo que a todos nos gusta es que el horóscopo o el Nostradamus de turno nos digan que nos va a tocar la bonoloto, que nos vamos a enamorar o, como mínimo, que vamos a cambiar de trabajo. El año que ahora se extingue desde luego ha estado lleno de acontecimientos notables como para que un adivino se luciera. Ha habido muertes muy relevantes y nacimientos sonados y en cuanto a los a acontecimientos negativos, se diría que los cuatro jinetes del Apocalipsis han pasado por aquí en horda, ya que no han faltado guerras, hambrunas, pestes y hasta tsunamis. Como ven, era pues un panorama idóneo para los vaticinios y sin embargo, nadie nos previno de tales sucesos.

Quizá mi descreimiento en lo que a adivinos se refiere, tenga que ver con el celo de los conversos, pues cuando era joven leía, y por supuesto creía a pies juntillas, todas las profecías que encontraba por ahí. Me encantaba Cagliostro, por ejemplo. Encontraba sensacional al conde de Saint Germain y me parecía fascinante la idea de que hubiera descubierto el secreto de la inmortalidad, pues soñaba –juventud divino tesoro– con encontrármelo un día para ligar con él. Pero los que realmente me interesaban más allá de mistificaciones, eran profetas que yo consideraba “serios” como Nostradamus y San Malaquías. Nostradamus, ya lo saben ustedes, tiene mucho cartel en la actualidad, y ha sido muy citado tras a la muerte de Juan Pablo II. Según sus profecías, el papa actual, Benedicto XVI, dentro de unos años tendrá que refugiarse en… Avignon, porque Roma será atacada por musulmanes. La cosa suena agorera, qué duda cabe, sobre todo por eso del “ataque musulmán” hoy en día tan factible, pero visto que Nostradamus se equivocó, entre otras cosas, en predecir que el papa anterior moriría asesinado, creo que podemos estar tranquilos. Quien aún conserva para mí algún predicamento es San Malaquías, o conservaba debería decir. San Malaquías vivió en el siglo XII y se dedicó a profetizar los nombres de todos los papas hasta el fin de los tiempos, identificándolos con un lema. Así, por ejemplo, a Juan XXIII, que fue cardenal de Venecia, Malaquías ocho siglos atrás lo anunciaba como “Pastor y navegante” o a Juan Pablo I, cuyo papado duró apenas unos días, lo llamó “El de la media luna.”

Según este monje visionario irlandés, faltan solo dos papas para el fin del mundo. El actual, al que llama “La gloria del olivo”, y el último, “Pedro Romano”. Sin embargo, como los falsos profetas vienen de lejos, es importante señalar que el Vaticano desmontó hace ya años las profecías de Malaquías revelando que no se remontaban al siglo XII sino que eran una falsificación pergeñada en 1590 para influir en la elección de Gregorio XVI, haciendo coincidir el lema del papa “antiquitate urbis” con el nombre de su ciudad natal, Orvieto. Fue al leer este dato que aprendí que todos los vaticinios son lo suficientemente ambiguos, oscuros y engañosos como para que uno entienda lo que le dé la gana, y desde entonces mi interés por los profetas ha decaído mucho. Lo que no decae, en cambio, es mi pasmo porque personas adultas, formadas y también cultas sigan creyendo en tales fábulas. Sé que lo que digo no tiene muchos partidarios y que posiblemente recibiré un montón de cartas furibundas llamándome descreída y aguafiestas como cada vez que escribo sobre supersticiones, pero no puedo evitar sorprenderme de que, cuanto más avanza el mundo, más crece la necesidad de creer en lo completamente increíble, igualito que el la Edad Media. En fin, como sin duda diría mi guapísimo y antaño tan admirado conde de Saint Germain que, si hacemos casos de las profecías, es inmortal y por tanto ha vivido mucho: plus ça change, plus c´est la même chose.

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