Por la ruta que guía el Duero

Cuatro formas de hacer turismo en una, y una manera de disfrutarlo que vale por cuatro.
Está ahí. No es invisible, pero no se hace notar. Va. Baja. Siempre al lado. Siempre delante. Constante. Ancho, muy ancho. Caudaloso. Imponente. Hay tramos en los que parece transparente, como para no hacer sombra –¡Qué paradoja! ¿el agua dando sombra?– a imponentes monumentos, entre los que la catedral zamorana, con su espectacular y singular cimborrio, sobresale orgullosa y un punto presumida, especialmente cuando los visitantes se quedan absortos en el perfil que dibuja frente al Duero. ¡El Duero está ahí! El Duero no es invisible, pero no se hace notar. El Duero va, baja. El Duero está al lado. Siempre delante, constante, ancho, muy ancho, caudaloso e imponente. Y silencioso. Amablemente silencioso. Extraordinariamente silencioso. Cómplice, inspirador, confidente. Extraordinariamente silencioso. Incluso, necesariamente silencioso.

La escritora Carmen Posadas (Montevideo, Uruguay, 1953) llega a Tordesillas a bordo de un Renault Initiale Paris, azul oscuro, que engrandece aún más el momento. Con una tan cautivadora como inmensa sonrisa, saluda al periodista y al fotógrafo que le van a acompañar en esta particularísima ruta del Duero por tierras zamoranas. Sin perder esa expresión sonriente de su rostro, observa el entorno desde la entrada principal del Parador Nacional de Tordesillas y por su cabeza pasan los veinte días que vivió en su interior, a solas, en 1998 para completar «Pequeñas infamias», obra con la que ganaría ese año el Premio Planeta. Buscaba inmersión total en el trabajo; nada de distracciones. Dentro de una ciudad sabía que no podía estar. Le recomendaron Tordesillas, a orillas del Duero, entre pinos centenarios. El Duero. ¡Ah, el Duero! Fue su compañero inseparable durante los veinte días de aquel inolvidable 1998 en los que estuvo aislada a orillas del Duero para escribir. El Duero ancho, caudaloso e imponente. El Duero silencioso. Amablemente silencioso. Extraordinariamente silencioso. El Duero cómplice, inspirador, confidente. El Duero íntimamente silencioso. Incluso, necesariamente silencioso.
El Initiale Paris de Renault comienza su particular ruta del Duero dejando atrás los pinares tordesillanos. A la derecha, el compañero Duero. Los inmensos ventanales del vehículo y el techo solar, más inmenso aún que los ventanales, muestran un no menos inmenso entorno en el que poco a poco, de manera tan silenciosa como el río, van introduciéndose las viñas. Al principio, como salpicadas en el paisaje, pero en mayor cantidad a medida que avanza por la autovía el Renault Initiale, tan silencioso como el río, tan estable que pareciera que se desplaza acunado por el propio caudal. Hasta que las viñas se hacen omnipresentes y vehículo y viajeros se ven rodeados de un paisaje excepcional, que está esperando la eclosión primaveral para que de las cepas nazca el fruto que dará como resultado unos vinos de fama internacional, que se han hecho imprescindibles en las mejores y más refinadas mesas de los restaurantes de medio mundo.
Con su singular saber y estar, Juan Antonio Fernández, propietario de la bodega Liberalia, se deshace en elogios con la escritora, a la que abre su singular «capilla sixtina» excavada en el subsuelo toresano. El silencio en el que los vinos se asoman a la vida es solo roto en esta bodega por la música clásica. Como si no fuera suficiente para moldear estos vinos la polifonía del silencio, que ensalzara el maestro de enviados especiales a la guerra Manuel Leguineche, Juan Antonio Fernández, todo simpatía, todo profesionalidad, todo apego al terreno, todo sapiencia y todo naturalidad, decidió un día que sus vinos necesitarían de la música clásica para adquirir la personalidad que tienen y ahí están, como espectadores privilegiados de un muy particular Teatro Real Bodeguero. Música clásica para tallar y moldear los taninos y los polifenoles.

Beatriz Fernández, alma mater de Liberalia, va desgranando a los visitantes el conjunto de vinos que se crían en la bodega, mientras fuera el Renault Initiale Paris sobresale augusto en un paisaje que hace las delicias de los sentidos: un inmenso campo de vides se extiende ante los viajeros, vides que están esperando a la primavera para explosionar al sol de Castilla, en unos cielos que se intuyen ya rabiosamente azules, esplendorosamente luminosos.
No se ve desde Liberalia, pero está ahí. Necesariamente silencioso, caudaloso e imponente. El compañero de viaje Duero marca los tiempos en este transitar por tierras zamoranas camino de la capital de la provincia.
Dos de los primeros motivos de esta peculiar aventura de ocio y relax ya han salido a la luz. El turismo natural y el turismo enológico. Naturaleza y vino, de la mano del Duero. No lo dice ninguno de los cuatro ocupantesdel Renault Initiale Paris, pero todos expresan una íntima satisfacción al experimentar un conjunto de experiencias visuales, olfativas, gustativas, táctiles y auditivas que emergen armónicas, ordenadas, detalladas y animadas en el subsuelo toresano de la bodega Liberalia. En silencio. Es especial esa sensación de pararse a escuchar el silencio. Sí, tenía razón Manu Leguineche: «Tiene futuro el turismo del silencio». A la vista de la combinación de paisaje, con el Duero como principal protagonista, y enología, con unos entusiasmados bodegueros comoJuan Antonio y Beatriz, Leguineche bien podría repetir su optimismo sobre el futuro del silencio y colgar de un palo en medio de este vergel de vides aquel cartel que hubiera puesto en todos los rincones del campo para deleite de quien se detuviera a leerlo: «El ruido perjudica gravemente su salud».

El trayecto entre Toro y Zamora se realiza en silencio. Como si verdaderamente hubiera calado en los cuatro ocupantes del Renault Inicitiale Paris esa máxima de Leguineche sobre los efectos nocivos del ruido para la salud. Silencio. El entorno natural sobre el que discurre la autovía lo merece. Es más, necesita de una postura reverente que solo puede emanar del silencio. Personal y compartido. Si existe el turismo del silencio, la que mantienen los cuatro viajeros esta mañana debe ser una de las posturas más comunes de cuantas se pueden mostrar para no alterar la polifonía del silencio.
Zamora contribuye al deleite visual y auditivo de este singular viaje. Y lo hace como solo Zamora sabe en toda España: aportando un tercer ingrediente, el patrimonio. Si hubiera que quedarse con un elemento, solo un elemento, del sinfín de los que ofrece la capital zamorana, con el cimborrio de la catedral bastaría. Carmen Posadas expresa en varias ocasiones la singularidad del estilo constructivo de la seo zamorana y, especialmente, de ese cimborrio con influencias bizantinas, que define como ningún otro elemento a esta catedral del denominado románico del Duero. ¡Ahí está el compañero de viaje! Omnipresente Duero, inseparable Duero, silencioso Duero. Solo un pequeño salto en el curso del río, que lo cruza de una orilla a otra, permite al viajero escuchar como bajan sus aguas. Como si quisiera reivindicarse, como si pretendiera llamar la atención a unos visitantes que están absortos contemplando el perfil del cimborrio sobre el cielo zamorano o su imagen reflejada en el río.
Caballero Bonald escribió, recuerda Leguineche en una de sus obras, que «somos el tiempo que nos queda». Si convenimos en que es así, en Zamora, a los pies del Duero y con la vista clavada en el cimborrio de la catedral, puede intuirse mínimamente lo que debe ser la eternidad. Porque el reloj se anima a pararse ante semejante belleza. Porque ni el Duero, que ha querido hacerse oír en este punto, altera al viajero. El Duero, no. Pero el estómago se encarga de segregar jugos para volver a poner en marcha el reloj y advertir de que no solo de patrimonio natural, enológico y patrimonial vive el turista, sino también de la gastronomía.
Olores y sabores
Así se empieza a cerrar el singular y llamativo cuadrilátero que se compone esta mañana de la mano de la escritora Carmen Posadas: turismo natural, turismo patrimonial, turismo enológico y turismo gastronómico. Cuatro en uno. ¡He ahí la grandeza de las tierras zamoranas! También para el turista. Cuatro en uno y una manera de disfrutarlo que vale por cuatro. Ahí es nada. Vea el lector y anímese a sumergirse en un festival de sensaciones de la mano de las papilas gustativas. Es la hora de comer.
Calle Rúa los Francos. El Rincón de Antonio. Si el paisaje, la bodega y el patrimonio han conseguido deleitar el conjunto de sentidos a lo largo del viaje de la mano del río Duero, adentrarse en los comedores de El Rincón de Antonio anticipa un festival de sensaciones, olores, sabores y visiones que sin duda pondrán la guinda a una jornada que está siendo turísticamente imborrable, interiormente especial, visualmente inigualable y culturalmente incomparable y ahora, alrededor de la mesa, pretende ser gastronómicamente placentera.
Antonio González es todo altura. En sus 16 años de actividad, a un paso de la catedral y rodeado de joyas del arte románico, la altura de su cocina, galardonada en el pasado con una estrella Michelín, ha puesto el listón gastronómico de la tierra zamorana muy arriba. Casi tanto como alto es él. Le cuenta a Carmen Posadas que acaba de poner en marcha una nueva carta en la que ha estado trabajando desde julio de 2015, motivado fundamentalmente por la atención al cliente. «Los que hacemos cocina entre vanguardia y regional, el cliente nos obliga a cambiar», comenta, perosubraya a continuación que los cambios deben ser ajustados al tiempo, porque los platos necesitan tiempo. «Adriá dijo que el cocinero que hace cinco platos nuevos al año, al sexto le acaba estallando la cabeza», agrega para resaltar su propia convicción sobre el sistema que a él le ha catapultado estos años al firmamento Michelín.
Nada como una buena cocina y una buena compañía para una buena conversación. A fin de cuentas, en la combinación de estos tres ingredientes se encuentra el secreto del disfrute del turismo gastronómico. Carmen Posadas no puede por menos que exclamar un «¡están buenísimos!» al saborear los garbanzos al ajo arriero con boletus de Sanabria que ha cocinado Antonio. Y pone sobre la mesa un asunto, que daría no para un reportaje, sino incluso para un congreso de expertos: «España tiene un grandísimo defecto: la falta de marketing. Los italianos, con la mitad de productos y recursos naturales, lo hacen más rentable todo. España nunca ha sabido vender sus tesoros. Y el turismo lo es», sentencia antes de continuar saboreando la comida de «El Rincón de Antonio».
Fuera espera el Duero, extraordinariamente silencioso, cómplice, inspirador. Permanente guía, agradecido guía. Ahora, de nuevo en el Renault Initiale, hace de confidente necesario para la vuelta.

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