Opino, luego existo

Se asombraba Javier Marías en uno de sus artículos de esa actual corriente revisionista que hace que se pongan en cuestión los méritos de personas relevantes, en especial de hombres, y se atribuyan sus logros a sus mujeres o esposas. Por esa regla de tres, señala Marías, quien componía versos no era en realidad Juan Ramón Jiménez, sino su mujer, Zenobia Camprubí; Alma Reville fue el genio oculto tras las películas de Hitchcock; la Novena Sinfonía la creó la copista de Beethoven; y, del mismo modo, Gala era poseedora del talento de Dalí. Yo tampoco estoy de acuerdo con esta clase de  reinterpretaciones de la historia. No solo porque falta a la verdad, sino porque manipulaciones tan burdas e infantiles al final se vuelven en contra de nosotras, las mujeres. Dicho esto, pienso que el afán de dudar del talento ajeno y de ponerlo todo en solfa no afecta solo a los hombres ilustres, sino que es una corriente general de nuestros tiempos. En un mundo en el que la opinión sustituye a la información, ya nada es verdad o mentira, todo depende del número de likes que concite una u otra. Así, algunos no ven inconveniente en poner en cuestión que la Tierra es redonda, como hacen los terraplanistas (no me lo estoy inventando, existen y son legión), u otros sostienen que el hombre nunca llegó a la Luna, que Lady Di y Elvis viven y son felices, mientras que Michelle Obama es una alienígena llegada de una lejana galaxia. Y da igual toda razón, toda evidencia en contra. El argumento que se esgrime es que esa es ‘su’ opinión y, como todas las opiniones son respetables (otra idiotez universalmente aceptada, dicho sea de paso), tan válida es esa tesis como otra. Y cualquiera les tose, porque como todo es opinable, ya no hay gran hombre o mujer que valga, pero tampoco gesta, logro ni obra maestra alguna. Hablando de obras maestras, ahora les ha tocado el turno a los monumentos históricos. Según algunos de los comentarios recogidos en TripAdvisor, El Escorial es «un monumento más viejo que Matusalén y muy anticuado»; la Sagrada Familia de Barcelona, «una empanada mental de Gaudí», mientras que el acueducto de Segovia «está muy sobrevalorado y parece de cartón piedra». Según Marías, el afán revisionista se debe «a que la sociedad actual no soporta su propia inanidad y, para consolarse, niega el talento, la perspicacia, el valor a todo lo anterior». Yo añadiría además que, en un tiempo en el que la opinión es soberana, la gente necesita perentoriamente dar la suya. ¿Y qué más da que lo que opine sea un disparate, una perfecta imbecilidad? Incluso es mejor que lo sea. Porque lo único importante es hacer ruido en la Red diciendo algo distinto, ‘original’. Opino, luego existo.

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1 respuesta

  1. Susana dice:

    Pero opinar distinto también es necesario. Un beso

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