Mis tribulaciones con Hannibal Laguna

Oh, Dios mío, se casa la niña
He decidido sobornar a mi hija Jimena con el oro y el moro, para que, llegado el momento, contraiga matrimonio en algún lugar muy remoto: en Burundi, por ejemplo, o en Bali, o Guinea Nueva Papua. Vamos, en cualquier parte a más de 3000 kilómetros que a ella se le antoje, pues no creo que yo sea capaz de pasar por las tribulaciones de organizar otra boda convencional. Se acaba de casar Sofía y todo ha salido fenomenal, gracias a Dios; pero ha sido una trabajera, una verdadera carrera de obstáculos durante doce largos meses. Reconozco que yo antes solía reírme de las madres cuando se quejaban de lo complicadísimo que era organizar una boda: primero, porque ahora los novios se ocupan ellos de casi todo, y segundo, pensaba yo, porque la cosa no podía ser peor que escribir un libro, que es a lo que me dedico (una trabajera bastante considerable, y larga, además). Bien, pues lo es: prefiero escribirme siete libros tamaño Harry Poter a pasar de nuevo por este trance.

Todo comenzó hace un año, cuando Sofía y Jaime anunciaron que se casaban. Al principio, gran alegría, ya se imaginarán; pero a continuación comenzó la consabida búsqueda de iglesia y eso —quien lo ha vivido lo sabe— es un verdadero peregrinaje jacobeo. Encontrada la iglesia, fijamos como fecha (que Dios nos conserve la vista) la del 22 de mayo, porque los novios querían que la cena fuera en el campo, en casa de Jaime, y esa es la época en la que está más verde y florido. «Qué bien, qué bonito, todo va fenomenal», pensábamos, cuando de pronto va el príncipe y anuncia que se casa. ¿Qué día? De todos los posibles, el mismísimo 22, de modo que vuelta a empezar: busca iglesia, busca hora, busca, cambia, busca. Pasaré por alto otras dificultades debidas a extravagancias mías del pasado, como, por ejemplo, que no había manera de encontrar la partida de bautismo de Sofía, porque nadie se acordaba de dónde la habíamos bautizado, o el hecho de que tampoco aparecía el libro de familia. o que, por estar yo divorciada de su padre, éste no quería pagar lo que le correspondía, etc. Asuntos de familia, trapos sucios, de modo que sigamos con las tribulaciones que pueden acontecer a todo el mundo. Hacia el mes de marzo empezamos con el pánico de que había demasiados invitados y que había que reducir la lista. Sabrán ustedes que ahora, como los jóvenes se casan comparativamente mayores, tienen muchos más compromisos sociales que yo, por ejemplo, que me casé con diecinueve.
En aquel entonces, en las bodas había más amigos de los padres que de los novios. Ahora es al revés: a los padres se nos asigna un cupo restringidísimo, y allá te las compongas, de modo que se me ocurrió dar una fiesta para todos mis amigos a los que no podía invitar, y el fiestongo creció y se convirtió en una cena para ciento veinte personas, con los consabidos sofocos que toda organización de eventos produce en las personas introvertidas como servidora.

Pero lo peor fue mi aventura con la vestimenta. Por suerte el traje de la novia no presentó problemas: desde el primer día se vio que iba a quedar muy bonito y original. El mío, en cambio, casi me cuesta un infarto de miocardio. Se me ocurrió encargárselo a un tal Hannibal Laguna, y sucedió que, previo pago de una elevada suma, y después de suplicar reiteradas veces que me lo enviaran lo antes posible (estaba encargado con meses, porque detesto las prisas), apareció en mi casa dos días antes de la boda un vestido imposible de usar. Estaba tan mal rematado, y con tantos defectos, que tuve que recurrir a mi vieja modista de siempre para que me lo rehiciera a toda prisa. Así, fané y descangayada, con los nervios pelados y el traje cosido de cualquier manera, llegué a la iglesia.
El resto de la historia es feliz. La novia estaba radiante, la fiesta estuvo muy bien y todos me felicitaron mucho; pero aún así persevero en mi idea de sobornar a Jimena para que se case en algún lejano lugar, en una playa a ser posible. Así puedo ir de pareo y me evito —al menos— el berrinche de lidiar con algún otro modisto desaprensivo.

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