«Las exclusivas quizá me habrían dado más dinero que la literatura»

Con dos hijas y cinco nietos Carmen Posadas (Montevideo, 1953) dedica las mañanas a escribir y las tardes a hacer de abuela. Publica ‘La maestra de títeres’ (Espasa), un retrato de tres épocas de la cambiante sociedad española -años cincuenta, la Transición y la actualidad- a través de tres mujeres de la misma familia. Se equivocará quien crea identificar a su protagonista, Beatriz Calanda, inmarcesible reina del cuché, de vida exagerada y excesiva, casada cuatro veces, madre de cuatro hijas, pero «una desconocida para todos» que maneja todos los hilos.

– ¿Refleja cómo hemos cambiado en siete décadas?

Sí. Narro la historia reciente de España desde el punto de vista de la gente de a pie. Se cuenta siempre a través de reyes, políticos y grandes personajes. Quise reflejar los cambios en ese tiempo a través de tres mujeres: abuela, madre e hija.

– Sobre todo a través de una reina de las exclusivas.

Quería que las mujeres encarnaran los valores o la falta de valores de cada época. En el presente mediante un personaje llamativo, una dama que se dedica a vender su vida por entregas como si fuera una novela.

– Quien crea saber ya quién es Beatriz Calanda, ¿se equivocará?

Sí. Es un ‘collage’. Tomo algunos elementos la realidad: el aspecto físico de aquí, las características personales de allá, de esta un tic, de aquella sus matrimonios….

– ¿Tiene algo de usted?

Sí. Es una ‘outsider’ como yo. Viene de otro país y sufre un choque cultural fuerte. Eso es ventajoso para la literatura. Nadie describe tan bien una sociedad o un país como quien viene de fuera. Quienes mejor retrataron a España fueron Mérimée, Dumas o George Borrow.

– ¿Beatriz Calanda es una pija?

Tal como lo entiende la gente, sí.

– ¿A Carmen Posada le ofende que le llamen pija?

Me lo han llamado mil veces y lo tengo muy asumido. A todo el mundo le colocan una etiqueta y a mi me ha tocado esa. Podría haber sido mucho peor.

– ¿Se creará enemigos con este libro?

He intentado hacer un retrato amable y veraz, que es peligrosísimo. Lo más difícil es tener una posición aséptica. No contentas a nadie. Los de derechas pensarán que eres una roja y los de izquierdas que eres una facha. Para evitarlo, he anulado al narrador y he dejado que hablen los personajes.

– ¿Todos somos frívolos?

Sí. Pero hay profesionales de la frivolidad que viven de maravilla gracias a ella. En cada época se es frívolo de una manera, pero ahora hemos llegado al desparrame, al engendro. En otras épocas, más gloriosas en apariencia, también había frivolidad. En la Transición éramos frívolos con una pátina cultural. Para estar en la pomada debías leer a Althusser, escuchar a Mahler y aburrirte como una seta con las películas japonesas. Hoy hemos llegado al paroxismo, al frikismo. Cuanto más histriónico, absurdo y escatológico seas, más dinero sacas. Lo más asombroso es que lo que antes era un engendro ahora es un modelo envidiable y ¿respetable?.

– ¿Cómo se libró del acoso de los paparazzi?

Salí del infierno del famoseo por voluntad propia.

– ¿Se hubiera ganado mejor la vida vendiendo exclusivas que escribiendo?

Posiblemente hubiera ganado más dinero, pero siempre me espantó. Estar en el ojo público me convirtió en una insomne irredenta. No podría vivir de las exclusivas. Tienes que ser muy vanidoso para aguantarlo.

 ¿Cómo es de vanidosa Carmen Posadas?

Nada. Las mujeres somos coquetas. Mucho menos vanidosas que los hombres, aunque tengamos fama de lo contrario. Tengo tan interiorizado que no hay que serlo que anulo mi vanidad. Mi autoestima está por los suelos. Me tengo que reforzar y decirme que no lo hago tan mal. Y eso que la vanidad puede ser útil. Tuve una crítica espectacular en The New York Times, pero para creérmelo tuve que pegarla en un corcho en el cuarto de baño para recibir chutes de autoestima cada vez que me daba la ‘depre’.

– ‘La verdad no existe, se fabrica’, repite su personaje. ¿Lo cree así?

Claro. Todos lo hacemos. Es un ejercicio necesario. Si fuéramos con la verdad por delante seríamos insoportables. Sería una calamidad y una falta de caridad hacia el prójimo. La verdad se fabrica, pero con las ‘fake news’ hemos llegado al extremo. Se hace cierta la frase de Goebbels de que una mentira mil veces repetida se convierte en verdad.

– Su reina de las exclusivas se casa con un actor de moda, con un intelectual rojeras, con un aristócrata y un banquero y tiene cuatro hijas pero ¿ni ellos ni nadie la conocen?

Es impenetrable. Se fabrica su personaje y desdibuja la realidad. Ni ella sabe muy bien cuál es su verdad. Olvida ‘convenientemente’ partes de su biografía y resalta otras. Todos representamos un papel ante la galería, ante la familia, ante los lectores… Lo haces incluso contigo y al final te engañas.

– ‘Yo es otro’, decía Rimbaud, ¿Todos somos multitud?.

Yo soy legión. No sé cuántos yoes tengo. Y luchan entre ellos. Kafka, tuberculoso, decía que sus yoes se peleaban y que por eso sangraba. Los míos se llevan muy mal, pero no hemos llegado a la sangre. Soy muy solitaria y necesito pasar muchas horas del día conmigo misma. La gente me perturba. Me cuesta ser lo simpática y estupenda que la gente cree que soy. Fabrico un personaje.

– Habla de rojos seductores en la novela ¿Cuál es el más elegante que conoció?

Jorge Semprún. Sale en una escena que es real, junto a Javier Pradera y Juan Goytisolo. Era el hombre más buscado de España y estaba tomándose un Negroni, un cóctel muy poco proletario, en plena la Gran Vía y con un llamativo jersey rojo.

– ¿Es su novela número trece la más madura?

Nací un viernes trece y eso me da suerte. No soy nada entusiasta para mis cosas, pero creo que esta es mi novela más ambiciosa. Era difícil encajar todas las historias estoy muy contenta. El lector tiene la última palabra, pero por primera vez en mi vida creo que me ha salido una buena novela.

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