La Revolución Rusa, a cañón tocante

“El testigo invisible” (Planeta) de la última novela de la escritora de origen uruguayo es un deshollinador que, siendo adolescente, presencia el asesinato de la familia imperial rusa. Llevados por sus recuerdos, asistimos a “la pequeña historia” de ese episodio que cambió el devenir del siglo XX.

Carmen Posadas –la Carmen, para los amigos– acaba de sacar novela. Se titula El testigo invisible y se trata de una historia de sangre y poder, superstición, juegos de ouija y botellas de champán que viajan con la muerte dentro. También de barricadas, espías y trenes con destino al corazón del desastre. Salen personajes históricos como Rasputín, Lenin o la familia Romanov. Es una novela con la Revolución rusa de fondo, narrada desde el punto de vista de un superviviente, Leonid Sednev, deshollinador imperial y luego pinche de cocina que, con 15 años, sobrevive a la ejecución de los zares. Para hablar de todo esto, la Carmen me cita en su casa. En la calle hace un frío que pela. Me subo el cuello del abrigo y calo mi boina. Parezco un recién salido del trigal proletario, dispuesto a asaltar el Palacio de Invierno.

“Quería hacer una historia donde no hubiera buenos ni malos –me cuenta–. Por eso, cuando escribo, ni juzgo ni condeno. Me interesa la idea de narrar la Historia a base de contar lo que los franceses llaman la petite histoire, la pequeña historia, la anécdota, el chisme, lo pequeño y, en apariencia, lo inofensivo. Porque al final, como dice James Boswell, si uno quiere hablar de Julio César, es muy importante decir que era calvo, por eso le gustaban las coronas de laureles y conquistó el mundo”.
Su conversación es un continuo ir y venir de lecturas, de citas y de giros sudacas aderezados con el inglés y con la musicalidad de un francés aprendido por colegios de Europa. Yo escucho atento, sentado en el sofalito blanco de un amplio salón. Los cristales de la balconera están empañados y en una de las paredes cuelga un enigmático tapiz. Me fijo en los muebles bruñidos y espléndidos, en el suelo crujiente, en el lomo viejo de los libros y en ese plan pienso que Scott Fitzgerald hubiera matado por estar aquí. Con estas cosas sigo disparando preguntas. Ahí va otra:

¿Qué ocurre cuando el estanque se desborda por culpa de los acontecimientos?
“Me gusta la imagen de los acontecimientos como las ondas en un estanque. En inglés existe una palabra para definirlas, ripple, y, claro, los acontecimientos en la historia son igual a las ondas que produce una piedra al caer en un estanque, y los limites del acontecimiento son los límites del estanque. Pero, cuando el estanque se desborda, entonces las vidas se juntan. Las vidas de arriba y abajo, las de los criados y las de los amos. Vidas paralelas que solo se apiñan cuando el mundo se desmorona. De pequeña, siempre esperaba que ocurrieran sucesos a mi alrededor que rompieran con la rutina y con el orden de las cosas. Situaciones límite en las que las máscaras caen”.

Hay un personaje que me ha fascinado –le digo–. Es bastardo, cita a Shakespeare y se llama Iuri.
“A mí también es el que más me gusta. Es un enano al que el protagonista conoce en el oscuro mundo de las estufas y sus pasadizos. Hijo de una mala noche de su madre fregona con un gran duque. Es de la familia. Lo demuestra en la escena del columpio”.

Una escena brutal –subrayo– y llena de perversión. También le digo que lo de estar emparentado con los Romanov es lo de menos, que aunque Iuri no hubiese tenido sangre bastarda se hubiera comportado así. La Carmen me lo asegura con el gesto afirmativo de la autora que conoce la naturaleza de sus personajes.

Seguimos con el protagonista: Leonid Sednev. Su cara tiznada y sus ropas son su mejor bandera, no necesita pañuelos ni brazaletes para demostrar que pertenece al proletariado. Tiene conciencia de clase y llega a batirse en el Depósito de víveres para defender la justicia social. Sin embargo, desconfía de Lenin. ¿Por qué?
“Porque no le merece confianza un líder que está lejos de su gente cuando más sufre el pueblo. Lenin estaba en Suiza”.
Recuerdo cuando Scott Fitzgerald dijo que la publicidad acabaría por destruir a Lenin. Por eso yo lo revivo ahora, preguntando dónde encuentra Carmen Posadas más fantasía. O en la lucha por las fronteras y los mapas que propone la Primera Guerra Mundial o en la lucha de clases que propone Lenin interpretando a Marx. Sin dudarlo, me responde que ve la misma crueldad en un lado que en otro.

Al final, propongo que Lenin era un superdotado, como Rasputín pero en otro plan. Ella se ríe y aprovecho para preguntar por un chisme, un asunto del que todo el mundo habla cada vez que sale a relucir el nombre de Rasputín. ¿Es verdad que el príncipe Yusupov estaba enamorado del Mago de Siberia?
Ella me cuenta que no, que Yusupov era un exuberante príncipe ruso, bisexual, y que, en realidad, estaba liado con el hijo de un tendero de Birmingham con conexión en el mundo del espionaje.

Su conversación salta de Rasputín a los Boney M y, de ahí, a Chaves Nogales, autor de El maestro Juan Martínez que estaba allí, donde se cuentan las peripecias de un bailaor de gira por Rusia cuando estalla la Revolución. Seguimos charlando y se acerca la hora de preguntar por la escena más caliente de la novela. Ocurre en un hospital entre Malama, soldado herido, y una de las hijas de los Romanov, que está de enfermera. La Carmen me cuenta que es una imagen religiosa, la de María Magdalena limpiando la herida de un Cristo doliente. Yo le digo que la escena resulta tan religiosa como emputecida.

“¿Qué?”.

Sé que la Carmen no me lo pregunta porque no lo haya escuchado, qué va. Me lo pregunta por darme la oportunidad de rectificar, o tal vez de repetirlo. Algo así hubiera pensado Scott Fitzgerald, aquel escritor cuya vida fue una montaña rusa.

 

fuente: que-leer.com

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