La realidad tuneada

Hace no mucho, una casa de cosméticos internacional se vio obligada, en el Reino Unido, a retirar una campaña publicitaria en la que una famosa actriz aparecía anunciando cierta crema antiarrugas. Según ha trascendido desde entonces, la razón de que se prohibiera es que había tal trabajo de posproducción que la cara de la modelo lucía irrealmente lisa. Hasta tal punto, que “exageraba de manera engañosa los efectos del producto”. Me sorprendió leer esta noticia, porque creo que desde hace ya tiempo, entre todos, hemos aceptado que la exageración y la irrealidad forman parte de nuestras vidas y por supuesto también de las técnicas publicitarias. A nadie sorprende ya, por ejemplo, que unas gafas anuncien que quien se las ponga se metamorfoseará automáticamente en Pierce Brosnan; o que por usar determinada colonia nos volveremos más altos, más guapos o más sexies. Y es que cuando la exageración es muy evidente todos entendemos que es una ficción, en especial si para ello se utiliza el humor. El humor es una coartada perfecta para todo y eso bien lo saben los publicistas que hace tiempo que aprendieron que una carcajada no solo es su mejor aliada sino que, al final, gracias a ella, se puede dar un determinado mensaje que, de otro modo, hubiera sido muy difícil colar como cierto.
Sin embargo, pasa a veces que, de tanto “tunear” la realidad se acaba desdibujando o incluso borrando la frontera entre lo real y lo ficticio. Un caso curioso de este fenómeno es, por ejemplo, la imagen de ciertas famosas que vemos en las revistas en las que, de tan fotoshopeadas que están, una madre acaba pareciendo su propia hija o todas las caras se convierten en clones sin personalidad alguna.
No es que yo tenga nada en contra de esa ficcionalización de los famosetes, allá ellos si se creen su propio tuneado. Lo que me interesa es estudiar cómo esa entronización de lo ficticio hace que veamos como reales cosas que todos sabemos que no lo son. Y ahora vuelvo por un momento al campo de la cosmética o al de la alimentación. Está perfectamente aceptado que se diga, por ejemplo, que tal o cual crema reduce el ochenta por ciento de las arrugas, o que por tomar el yogur X se cura el exceso de colesterol. Por supuesto, todos sabemos que semejante cosa es del todo incierta, pero se trata de filfas que nadie se toma la molestia de desmentir ni mucho menos de censurar. Y es que vivimos en un mundo en el que lo falso y lo verdadero han borrado del todo su frontera. A ello contribuye, supongo, el hecho de nuestro observatorio más habitual, el lugar desde el que percibimos gran parte de la realidad, es una pantalla, ya sea de televisión, de ordenador o de cine. Y en esa pantalla se entremezcla lo real con lo ficticio: una película y acto seguido, sin solución de continuidad, un espacio informativo. Por eso no es raro sentarse a cenar viendo, por ejemplo, Misión Imposible y al cabo de un rato zapear y ver, en la misma pantalla, cómo matan a un niño en Siria o en Yemen. Y a nadie se le mueve un pelo, todos sigue tomando la sopa tan tranquilos como si aquello fuera la película de Tom Cruise y no la más terrible realidad.
Yo no creo ni por un momento que nos hayamos vuelto insensibles al dolor ajeno, lo que ocurre es que lo hemos ficcionalizado. Y esa ficción conviene a todos porque evita tener que enfrentarse con el lado más dramático o simplemente feo de la realidad gracias al viejo truco del avestruz: lo que no se ve no existe y todo tan contentos. Otro ejemplo mucho más banal de este fenómeno son los espejos. ¿Se han dado cuenta de que ya no existen esos espejos inmisericordes en los que uno se veía viejo, gordo o feo? Ahora todos, desde los probadores de las tiendas hasta los de los hoteles o los que instalamos en nuestros hogares, están tuneados. Por un lado, tienen una redentora pátina que hace a uno parezca recién llegado de Hawai, y por otro no sé qué truco tienen pero también le hacen a uno crecer cuatro o cinco centímetros y adelgazar otros tantos. Una verdadera delicia sino fuera porque aquello más que espejo es un espejismo.
Es curioso señalar que este fenómeno de la ficcionalización de la realidad es mucho más complejo de lo que pueda parecer a primera vista. El hecho de que se manifieste en nuestra falta de criterio frente a la publicidad engañosa o en nuestra insensibilidad frente al sufrimiento ajeno o en nuestra complacencia ante los espejismos responde, podría decirse, a un momento histórico del pensamiento. Y también filosófico. En realidad esta diferencia entre lo real y lo irreal siempre ha ocupado a los pensadores. Desde las teorías más primitivas sobre lo que “es” y lo que “parece”, hasta la epistemología. Dicha teoría del conocimiento antepone el conocimiento vulgar o “doxa” a la rigurosa reflexión crítica sobre los conceptos básicos como la verdad, la objetividad o la realidad. Es cierto que los pensadores siempre han reflexionado sobre esta idea de lo que es y de lo que parece. Hasta tal punto que, según el filósofo francés Paul Ricoeur (1913-2005), nuestra identidad es “narrativa” y por tanto ficticia. De este modo, a la eterna pregunta de ¿quién soy? se puede responder con un: “Soy la historia que yo me cuento”. Es decir, me invento a mí mismo y, por la misma regla de tres, las cosas no son lo que son sino, muy convenientemente, la lectura que yo (o todos nosotros) hagamos de ella.
Por supuesto esto está muy bien en el plano intelectual, pero se trata de elucubraciones eruditas puesto que, hasta este momento, nadie que no fuera un niño, o un loco o un tonto de remate confundía realidad con irrealidad. Ahora, en cambio, en este mundo ecléctico y sobre todo relativista en el que vivimos, parece tan cierta una cosa como la otra y lo importante no es cómo son las cosas sino cómo las queremos ver: la realidad a la carta. No es que me parezca mal que cada uno invente su propia realidad si eso le complace, al fin y al cabo he ahí lo que entendemos por tener un “punto de vista”. Lo que encuentro más inquietante es que todos tengamos el mismo. Uno melifluo e infantiloide en el que ya no se discierne lo que es verdad de lo que no lo es y en el que, como niños buenos –o tontos– comulguemos todos con las ruedas de molino que a diario nos reparten los políticos, los medios de comunicación, la publicidad. En otras palabras, que nos acostumbremos a vivir en un mundo en el que la realidad está permanentemente tuneada. Y que, no solo nadie se dé cuenta sino que –en realidad- a nadie le importe.

Contenido relacionado

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Utilizamos cookies para asegurar que damos la mejor experiencia al usuario en nuestro sitio web. Si continúa utilizando este sitio asumiremos que está de acuerdo.Pulse aquí para conocer nuestra Política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies