La peora

Hace ya unos años escribí un artículo con este mismo título y ahora me permito rescatarlo para compartir con ustedes una experiencia que tal vez les resultará familiar. Un amigo mío sostiene que en la vida hay muchos supuestos avances y conquistas tecnológicas o de otro tipo, que en vez de ser una mejora son… una “peora”. Para mí, por ejemplo, una peora son las tarjetas magnéticas que nos dan en los hoteles en sustitución de la llave. Más de una vez me he encontrado maldiciendo a la tarjetita de marras cuando después de llegar cansada y a las mil y monas a mi habitación (situada, digamos, en la plata treinta y siete del edificio) descubro, vaya por Dios, que se ha desmagnetizado y tengo que volver a recepción para que la imanten. Una peora son también esos secadores de manos a base de aire caliente de los lavabos públicos, tan aborrecidos por todo el mundo como para que cada uno acabe recurriendo al papel higiénico y lo deje hecho una sopa. También son detestables los grifos automáticos que racionan el agua y que o bien ofrecen un chorro exangüe y ridículo, o nos salpican con uno larguísimo y caudaloso que malgasta agua de forma escandalosa sin que podamos hacer nada por remediarlo. Y ya que estamos en los lavabos públicos ¿se han topado ustedes con la cisterna loca? Me refiero a esa que se activa por sí sola en cuanto uno se aleja más de diez centímetros de la pared y por tanto acaba limpiando el retrete cinco o seis veces antes de que uno pueda salir del cubículo (quince o veinte litros que se van cañería abajo, ole, qué alegría).

Pero el reino de la peora es extenso y no sólo tiene que ver con los adelantos mecánicos o técnicos. Hablemos ahora de gastronomía. La obsesión por la comida sana unida a las ganas de situarse a la vanguardia de la modernez hace, por ejemplo, que alguna compañía aérea, en aras de satisfacer al cliente haya contratado (por un pastón, imagino) a uno de esos cocineros estrella superferolíticos (cuyo mayor mérito culinario es que su nombre rima con cacerola) para que les confeccione el menú. Desde entonces, donde antes te daban una deliciosa chapata de jamón ibérico o un tradicional bocadillo de queso manchego, ahora te castigan con una brioche de brotes de soja adornada con un orejón (sic). Sin embargo para mí, donde más brilla la peora, su hábitat habitual y donde se hace estrella rutilante, es en todo lo que está relacionado con la telefonía. ¿Qué tal el asunto de la automatización salvaje? Hablo de la imposibilidad absoluta de hablar con un ser humano por más intentos que se hagan: “Si quiere pedir información marque el 1; para hablar con la central marque el 2; para que lo atienda la operadora el 3.Y, marques lo que marques, lo único que consigues es volver a oír al maldito autómata: marque el 1, marque el 2… Sin embargo, aún hay peoras más sádicas: antiguamente, cuando nuestro interlocutor tardaba en contestar, sonaba el tono de llamada, ahora (con el contador corriendo en contra del que llama, obviously) en cuanto suena una vez, plaff, te ponen una música. Y hay gran variedad de melodías, porque el comunicante puede elegir la musiquilla con la que desea amenizar nuestra espera. Así, mi abogado es la Quinta, de Beethoven; mi banco Las cuatro estaciones, y mi médico, Opá, yo viacé un corrá. Ni que decir tiene que, a estas alturas, detesto tanto a Ludwig Van como al amigo Vivaldi y, si se me pone a tiro un koala, no sé qué pasaría con mi proverbial amor por los animales. Por cierto: el otro día me contaron que a alguien se le ha ocurrido la genial idea de “comprar” esos espacios de espera para introducir en ellos unos cuantos anuncios publicitarios. Eso sí que sería el acabóse. Pero, al menos, no sería perjudicial para mí sino para el incauto anunciante.

Como diría mi adorada Vivian Leigh, a Dios pongo por testigo que nunca, pero nunca, nunca, compraré algo que se me sugiera por esta vía. ¿En qué estarán pensando los gurus del marketing me pregunto yo? ¿No conocen aún el letal efecto de una peora?

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