La (nueva) conjura de los necios

Poco después de publicitarse con mucha fanfarria que un ninot del Rey se vendía en Arco por 200.000 euros y con la condición de que quien la adquiriera lo quemase en el plazo de un año, la fachada del ayuntamiento de Olot (Gerona) apareció adornada con otro artístico mural con Felipe VI como uno de sus protagonistas. En este caso era una recreación del célebre cuadro La carga, de Ramón Casas. En la obra original puede verse, en la distancia y a la izquierda, a una multitud mantenida a raya por la Guardia Civil a caballo. Hay quien dice que Casas quiso recrear así sucesos ocurridos en una huelga que tuvo lugar en Barcelona en 1902. Hoy en día, sin embargo, los especialistas consideran que la escena se pintó lo menos tres años antes de dicho acontecimiento y es producto de la imaginación del autor. Sea como fuere, el dato relevante para lo que quiero contar está en la parte derecha del cuadro. Allí, Casas plasmó la figura de un guardia civil tirando de las riendas del caballo para evitar que este arrolle a un hombre que se encuentra tendido en el suelo. En la nueva versión que ahora se exhibe en la fachada del ayuntamiento de Olot, ya no es uno sino cinco guardias civiles los que avanzan amenazadoramente sable en ristre. La obra  se llama La manada y en ella puede verse cómo el Rey, flanqueado por Pedro Sánchez, Casado, Rivera y Abascal galopan capas al viento. Solo que aquí, en vez de frenar a sus caballos como el guardia civil de Casas para no atropellar a un ciudadano, arremeten contra una figura que se encuentra a los pies de sus cabalgaduras: cierta estatua que representa a una mujer desnuda en posición vencida y humillada. Según Quim Domene, autor del mural, “Se trata de un ejercicio plástico que representa el mito del macho ibérico  y   la desfachatez de una clase política opresora y rancia que se niega a desaparecer”. “El hecho de que la figura vejada sea femenina”–puntualiza Domene– “y que el título elegido sea La manada, equipara la situación de Cataluña con la tan necesaria liberación de la mujer”. Representantes políticos tanto del Partido Popular como del PSC han deplorado que se permita colocar en el Consistorio un mural que iguala al Rey con individuos condenados por delitos contra la libertad sexual “con la clara intención de equiparar el procés con uno de los hechos más brutales que puede sufrir un ser humano, la violación en grupo de una mujer”. Pero ni siquiera esta alusión del PSC a la defensa de la causa feminista ha hecho que las autoridades de Olot reconsideren su decisión. Al contrario, han argüido que se trata de una obra de arte y que como tal está amparada por la libertad de expresión. Valerse de figura del Rey para “expresiones artísticas” empieza a ser rutina entre los independentistas. Las fiestas oficiales de la localidad gerundense de Ribes de Freser, por ejemplo,  acabaron con la quema de la esfinge de Felipe VI vestido ahora  de juez. En esta ocasión la obra de arte era súper original. Nada de recreaciones de cuadros famosos ni zarandajas, que no se diga que no tenemos talento propio. La esfinge sostenía una balanza en la que, en el platillo de la derecha, podía verse un manojo de lazos amarillos. Y en el otro, inclinado por tener que soportar un mayor e insoportable peso, estaban los genitales del jefe del Estado. “El arte con mayúscula o es provocación o no es nada” –argumentó un concejal, citando orgullosamente a Salvador Dalí. Se le olvidó añadir que el genio de  Figueras apostilló  también  que,  si bien el arte era  provocación no toda la provocación es arte. Lo que sí ha sido siempre es terreno abonado para papanatas. De gentes que, como en El traje nuevo del emperador, de Andersen, con tal de no reconocer que no ven nada de valor en la supuesta obra de arte que tienen delante, jalean, elevan a los altares y convierten en millonarios a un sinfín de artistas mediocres por no decir pésimos. Si a tal falta de talento añadimos su utilización e instrumentalización por parte de políticos y ahora con especial contumacia de los independentistas, que creen haber encontrado ahí una nueva coartada, lo que se obtiene es la más perfecta conjura de los necios.

“Puesto que no podemos ser profundos seamos oscuros” –solía ironizar otro catalán ilustre, Eugenio D’Ors,  a propósito de ciertos escritores de su tiempo muy dados camuflar su falta de talento en una miríada de ideas ampulosas y vacuas, de latinajos, de citas tan eruditas como mal engarzadas, pródigas todas en adverbios y adjetivos innecesarios. Y D’Ors –que además de ensayista era un reputado crítico de arte (que por cierto deploraba la esterilidad de las manifestaciones artísticas catalanistas ancladas, según él, en el onanismo y el folclore)– bien podría haber ampliado su propia frase para hablar también de ciertas manifestaciones artísticas de la misma índole y decir: “Puesto que no podemos ser talentosos seamos provocadores”.

Otro intento de provocación reciente  por parte de los partidarios de la independencia ha sido  traer una de sus espléndidamente escenificadas manifestaciones reivindicativas (en esto sí hay que reconocerles un talento sin par) al corazón de Madrid  no hace  mucho.  Muy  “Leni Riefenstahl” su cerco a la Cibeles y qué bello ese modo de irisar  enclave tan emblemático  con esteladas y lazos amarillos; a Goebbels le habría chiflado la mise en scène. Lástima que tanto despliegue de talento fuera a chocar contra la némesis de todo provocador: la más olímpica de las indiferencias. ¿Qué esperaban?  ¿Que se les impidiera manifestarse? ¿Que los malvados madrileños los increparan, los agredieran  y vejaran para añadir una cuenta más al ya largo rosario de su victimismo? No contaban con que las provocaciones tarde o temprano aburren hasta a las ovejas. O dicho una vez más en palabras de Dalí  -al que por cierto nunca le molestó  proclamarse catalán y  español- el termómetro del talento es, simplemente, la envidia de los descontentos.

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1 respuesta

  1. Susana dice:

    O como dijo alguien, lo peor no es el odio sino la indiferencia. Un saludo

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