La coartada

En este gran tinglado de la farsa en la que nos movemos es necesario aprender todos los días. Es una perogrullada lo que acabo de decir, pero es que a veces pienso que nos han tirado al mundo deliberadamente sin el libro de instrucciones lo cual es una carcajada más del Destino, la Providencia o el Cosmos, o quienquiera que crean ustedes se ocupa de estos menesteres allá arriba. Es verdad que la sabiduría popular, la experiencia ajena y, por supuesto, la religión se ocupan de darnos ciertas pautas o al menos una hoja de ruta que nos ayude a bandearnos en la vida, pero la mayor parte del libro de instrucciones la tiene que escribir uno. Y hacerlo consiste en aprender por el método de prueba-error lo que observa uno del siempre apasionante comportamiento humano. En este sentido, lo más importante para no llevarse mil y un chascos, es intentar descifrar cómo demonios les funciona la cabeza a los demás, algo cada vez más complicado, al menos para mí. Una de mis últimas observaciones en este campo es lo que podríamos llamar la coartada moral. Como les he comentado en alguna ocasión, yo no soy partidaria de esas simplificaciones que acaban por catalogar a las personas en buenos y malos, por ejemplo. Creo más bien en dosis de bondad o maldad presentes en unos individuos y en otros. Sin embargo, lo que complica y confunde nuestra valoración de las personas es que hasta los más grandes egoístas, hasta los mayores canallas y miserables no lo son continuamente y, lo más relevante, no lo son con todo el mundo. Es más, a veces estos individuos tienen rasgos de enorme bondad y desprendimiento. Al Capone, por ejemplo, no solo era un hijo devoto y ejemplar, sino también un generoso benefactor de personas sin recursos. El caso de Pablo Escobar, famoso y sanguinario narcotraficante es aún más notable. Hasta el día de hoy, su tumba está cubierta de flores y se le venera como un santo por todo el bien que prodigó en su ciudad de Medellín. Para mí la explicación a esta forma de actuar tiene menos que ver con el buen corazón de estos tipos que con eso que antes mencionaba, la coartada moral. Y es que hasta los más grandes villanos han de justificarse ante sí mismos, por lo que necesitan tener al menos una mínima parcelita que los haga sentir buenos. A unos, como los dos antes mencionados, les vale con emular a Robin Hood. Otros, según tengo observado, se dedican a tener su propia ONG. Y no me refiero ahora a esos grandes depredadores financieros que, al tiempo que arruinan a los pobres con sus hipotecas subprime, organizan todo tipo de eventos benéficos e incluso erigen su propia fundación. Hablo de las personas que nos rodean. ¿Se han fijado en cómo la gente más horrible siempre tiene una parcelita en su vida en la que es la madre Teresa de Calcuta? Algunos, por ejemplo, después de hacerle la pascua a todos a su alrededor, veneran a una anciana tía y la cubren de atenciones, o adoran a los animales e idolatran las plantas, o se precipitan a asistir a los invidentes a cruzar la calle… Todo esto me recuerda al divertidísimo personaje de Dickens en Casa desolada, Mrs. Jellyby, una dama entregada en cuerpo y alma a sus labores filantrópicas en el lejano territorio africano de Borrioboola-Gha. Y tan ocupada estaba en socorrer a esa remota tribu que no veía lo que tenía alrededor: una hermana enferma, un marido al borde de la quiebra, y seis o siete criaturas tan desatendidas como malcriadas. Así se manifiesta la coartada buena y moral de los que no son ni una cosa ni otra. Lo peor del caso, a mi modo de ver, es que a veces su conducta puede inducir a errores. “No será tan malo” pensamos “hay que ver lo mucho que quiere a su mamá / a su perro / a su …… (rellénense los puntos suspensivos con cualquiera que sea su buena acción) “seguro que lo estoy juzgando injustamente». Y sin embargo la respuesta a este pequeño enigma es “no”. No lo estamos juzgando de forma injusta, se trata tan solo de su particular coartada. Y es que hasta los más miserables necesitan mirarse al espejo todas las mañanas y decir: lo estoy haciendo bien, ayudo a los demás. Sí, soy una buena persona.

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