Fin de un tonto pacto de silencio

Mientras escribo estas líneas no hay desenlace feliz ni tampoco fatal –afortunadamente– en la huelga de hambre que desde el 24 de febrero mantiene el disidente cubano Guillermo Fariñas. El tiempo corre y parece que por fin el esclerótico régimen castrista empieza a resquebrajarse, a consecuencia de sus muchos errores. Siempre me ha llamado la atención que en este mundo existan personas ¬–y por extensión también regímenes políticos– a los que se les perdona todo mientras que a otros no se les pasa ni media. El club de los que poseen bula es tan colorista como variopinto y en él figuran desde Berlusconi hasta algunos políticos autonómicos españoles pasando por George Bush hijo. Pero sin duda la mayor patente de corso que se conoce es la que disfruta el régimen castrista. Hay que reconocer que Fidel ha triunfado tanto en sus relaciones públicas como fracasado en su modelo político. Desde el ya lejano 1959 él ha conseguido mantener viva la ilusión romántica que generó su llegada al poder. Y mira que es difícil seguir siendo un referente ético y estético cuando el resultado real de su gestión es el fracaso más absoluto. Pero Castro siempre ha sabido utilizar muy bien el victimismo. A ello han ayudado, qué duda cabe, la belicosidad del exilio de Miami y el embargo norteamericano. Pero no solo de victimismo eficaz vive el hombre. La revolución cubana ha contado con un aliado muy poderoso. El papanatismo de muchos que se negaban a ver falta alguna a esta bella utopía que desde hace años no es bella ni utópica. Y es que, para un sector de la izquierda, Cuba sigue siendo un especie de baluarte moral, un “Vaticano revolucionario”. Hasta tal punto es así que intelectuales y artistas siguen apoyando al régimen con sus declaraciones y sus conciertos hasta el día de hoy. Afortunadamente, como bien decía Abraham Lincoln (éste sí un abanderado de la libertad y la igualdad) “se puede engañar a algunas personas algunas veces y se puede engañar a muchas personas muchas veces pero no se puede engañar a todas las personas todo el tiempo». Por eso ahora, y paradójicamente, el régimen se resquebraja por el flanco que les es más querido, el del pueblo. Y es que Fidel estaba preparado para afrontar una invasión yanqui, embargos sucesivos o sofocar a sangre rebeliones contrarrevolucionarias, pero no para pelear contra hombres dispuestos a morir en huelga de hambre o mujeres pacíficas que recorren las calles de la Habana vestidas de blanco para reclamar la excarcelación de los presos de conciencia. Han tenido que surgir estas voces del pueblo para que, por fin, a los intelectuales se les caiga la venda con la que ellos mismos se habían cegado. Y los primeros han sido los de la propia isla, encabezados por Pablo Milanés, y Silvio Rodríguez, que ha llegado a decir que ya va siendo hora de enterrar la “r” de revolución y apostar por la “evolución”. Tal vez ahora que se ha roto el pacto de silencio intelectual desde el corazón mismo del Vaticano revolucionario, despierten las voces de otros muchos miembros de la intelligentsia de izquierdas que siempre han preferido ver la paja en el ojo ajeno antes que la viga del quince en el propio. Pienso que no solo sería un acto de honestidad intelectual por su parte sino que, incluso, conveniente a sus intereses. Porque defender un régimen tan fracasado por el mero hecho de ser de izquierdas es tanto como decir que dicho modelo político es un fracaso. Pienso que el modelo progresista tiene muchas y muy necesarias virtudes y para defenderlas hay que alejarse lo más posible de sus encarnaciones fraudulentas. Siempre recuerdo que cuando mis padres vivían en Rusia, allá por los años setenta, Agnelli, el dueño de la Fiat, puso en marcha una iniciativa muy inteligente. Se las arreglaba para dar como premio a sus obreros más izquierdosos un viaje de veinte días al paraíso soviético. Cuando volvían a casa, después de luchar con comisarios políticos, grifos de los que no salía agua, comidas interminables a base de nabos y berzas y otras encantadoras experiencias proletarias, su fe en el comunismo estaba tan maltrecha como sus estómagos. Yo, que a mi vez viví la experiencia por aquel entonces, también quedé vacunada para los restos, lo aseguro.

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