¿Estamos locos, o qué?

No sé si es reconfortante –o tal vez todo lo contrario– darse cuenta de que no solo en España somos víctimas de lo políticamente correcto y de la imbecilidad más rampante. He aquí mi último pasmo en este sentido. En los Estados Unidos acaban de meter en la cárcel a Robert Durst, un multimillonario con tres muertes en su haber, que hasta ahora había logrado esquivar a la justicia. La primera víctima fue su mujer, treinta años atrás; la segunda una de sus amantes (que aparentemente sabía del asesinato anterior); la tercera un pobre tipo al que, según confesión de propio Durst, mató –y descuartizó–, pero logró que lo absolvieran, alegando defensa propia (sic). Estos antecedentes hicieron que se interesara por su caso la HBO, que ha rodado sobre él una serie llamada The jinx –El gafe–, cuyo último capítulo se emitió con audiencias récord semanas atrás. El programa, grabado a lo largo de dos años de investigación, parecía apoyar la tesis exculpatoria de Durst pero, solo días antes de la emisión del último programa, oh casualidad, sus responsables hicieron un sensacional descubrimiento. Una grabación en la que el asesino, en una visita que hizo al cuarto de baño y sin darse cuenta de que aún llevaba puesto el micrófono de solapa, dijo para sí y en voz alta: “¿Qué hice? Matarlos a todos, por supuesto”. Lo curioso viene ahora porque, en vez de congratularse de que un tipo de esta calaña acabe por fin entre rejas, resulta que el caso no ha hecho más que generar problemas y polémicas. Según la productora, ésta no “descubrió” que contaban con confesión tan sensacional –registrada, por cierto, dos años atrás– hasta un par de días antes de que se emitiera el desenlace de la serie, por lo que no pudo alertar a las autoridades. “Nosotros no somos la policía” –se defienden diciendo los productores de The jinx. “Queremos mantener nuestra posición como periodistas y no que el público perciba que somos aliados de las autoridades”. Oído esto, la pregunta obvia que se le ocurre a cualquiera es si entonces son aliados de los criminales. De aquellos, por ejemplo, a los que, para que su programa tenga más audiencia, encubren durante años aún a riesgo de que puedan cometer nuevos crímenes. De hecho, se cree que en el caso de Durst así ha sido. Ahora que está por fin entre rejas, se sospecha que pueda estar relacionado con otro caso sin resolver, la desaparición de Karen Mitchell, una joven de dieciséis años. Pero no. No es esta forma de moral de que el fin justifica los medios por parte de periodistas y productores lo que me sorprende. Ni siquiera que gran parte de la opinión pública se haya puesto de parte de ellos. Lo que me ha dejado patidifusa es algo ocurrido a continuación en The New York Times. Midiendo muy bien sus tiempos, la productora, un par de días antes de la emisión del programa, había anunciado que existía una prueba sensacional que relacionaba al asesino con las tres muertes. Y solo entonces alertaron a la policía, que procedió al arresto. Esto como es lógico, multiplicaba por mil el interés por la emisión del desenlace de The Jinx pero, al mismo tiempo, planteó a los redactores del NYT el siguiente y difícil dilema “ético”. ¿Qué hacer? ¿Dar la noticia de la detención y hacer spoiler a los televidentes de California que no habían visto aún el programa por la diferencia horaria, o retenerla hasta que se emitiera allí? Al final optaron por darla, pero –argumentaba contritamente la defensora del lector días más tarde dándose algún que otro golpe de pecho–“Para paliar el dolor de los televidentes que no vieron en programa en tiempo real, tal vez deberíamos haber advertido de alguna manera a nuestros suscriptores en las alertas que hacemos a sus teléfonos”. Qué les parece. Uno de los periódicos más importantes del mundo reteniendo información para no destripar el final de una serie a sus lectores. Yo creí que lo había visto todo en lo que a ética mal entendida se refiere, pero está claro soy una cándida paloma.

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