Esta jet de ahora no me interesa mucho

«Cuando llegamos a Madrid desde Uruguay, mis tres hermanos, mis padres y yo vivíamos en el Ritz. Y por esa obsesión de ahorrar de mi madre, ¡cocinábamos en un infiernillo! Aún me encuentro con algún empleado del Ritz que me señala con el dedo y me dice que nos recuerda…¡Éramos el terror del hotel!».

Carmen y Gervasio forman un buen tándem. La mayor y el pequeño de una familia de cuatro hermanos en la que el único chico es quien de verdad sabe cocinar…¿Y lo de escribir? Bueno, con una influencia paterna tan poderosa –diplomático de carrera, pero cultísimo y gran lector por vocación–, no era raro que, al menos dos, salieran literatos. Gervasio –que hoy tiene prisa y sólo puede responder a unas pocas preguntas– no lleva mucho tiempo en las letras. Su hermana es una veterana, una de las autoras más celebradas del país. Pero no se miden. Se escuchan, se entienden, se ayudan y hasta son capaces de escribir a cuatro manos, eso sí, guiados por «el diario de mamá», a través del que narran la vida de su familia diplomática y nómada, repleta de anécdotas y curiosidades, y también de las mejores recetas de cocina.

-«Hoy caviar mañana sardinas» vuelve renovando éxito. ¿Será porque el título, más allá de la metáfora de la vida de los diplomáticos, parece un resumen de estos tiempos de crisis?
Carmen Posadas.-Es gracioso, porque cuando la escribimos no habían pasado todas estas cosas, pero ahora se ha hecho un poco profético. Esperemos que volvamos a tomar pronto caviar.

-Desbaraten ustedes los tópicos: ¿es cierto que las mujeres de los diplomáticos tienen que hacer milagros con los presupuestos en las recepciones oficiales?
-C.P. Es que es muy distinto ser embajadora del Uruguay que de EE UU o incluso de España. Mi pobre madre tenía que hacer milagros. Ella decía que se comía mucho con la vista, así que todo lo que hacía era impresionante. Entre sus platos estrella estaba el pastel de falsa langosta, que presentaba con una carcasa de langosta de plástico, pero muy realista y muy impactante, relleno de rape y el souflé de queso, que es una cosa muy barata y sencilla pero que ella presentaba con un nido de caramelo en cuyo interior colocaba un pajarito de porcelana que dejaba a los comensales arrebatados.

-¡Qué genio, su madre…! Se nota que posee una personalidad arrolladora. ¿Por eso tiene tanta presencia en sus libros?
-C.P. Puede ser. Yo siempre he pensado que si fuera capaz de escribir la historia de mi madre sería un libro memorable. No sé si el Premio Nobel, pero casi. Aunque hay un freno sentimental que me impide escribir sobre este personaje tan complejo. Pero literariamente me ha marcado más mi padre. Si Gervasio y yo nos dedicamos a esto es porque papá era un gran lector, ese tipo de personaje que aprendía ruso para leer a Tostói y griego para leer a Homero, pero que siempre dijo que, después de lo que habían escrito Shakespeare y Cervantes, no había nada que añadir…
Gerardo Posadas.-Yo creo que nos parecemos más a nuestro padre, tanto por nuestro interés por la literatura como por nuestra tendencia a no poder parar quietos en un lugar demasiado tiempo.

-Las mujeres de los embajadores, además de pasarles las recetas a las cocineras, ¿saben cocinar?
-C.P. Mi madre siempre dice que ella nunca ha frito un huevo, pero yo creo que es otra generación: en la de mi madre nunca se metían en la cocina, sólo daban directrices. Nosotras ya tenemos que estar mucho más al pie del cañón.

-Entonces ¿los hijos de los embajadores cocinan?
-C.P. En casa el «cocinitas» es Gervasio. Él siempre dice que es un víctima y que ha estado sometido a la tiranía de todas las mujeres que le rodeaban… Yo en mi primer matrimonio cocinaba bastante bien, después entró Amantina en mi vida y ya la que cocina es ella.
-G.P. Los hijos «mártires» como yo no hemos tenido más remedio que aprender, e incluso cogerle afición, porque mis hermanas se negaban en redondo a acercarse a un cazo y yo no tenía más opción que la de sacarme las castañas (o lo que fuera) del fuego desde los diez años.

-¿Cómo se escribe a cuatro manos?
-C.P. En este caso era bastante fácil. Yo creo que escribir una novela es muy difícil, no me imagino… Pero aquí se trataba de impostar la voz de mamá, que la conocemos bastante bien. Entonces yo creo que no se nota mucho la diferencia.
-G.P. Pienso que la voz de nuestra madre nos ha servido de hilo conductor, pero también de espejo narrativo, porque ella es una magnífica contadora de historias

-¿Qué queda de la «jet set» franquista de su niñez que con tanta guasa describe su madre y recogen ustedes?
-C.P. Muy poco, porque se han ido muriendo, pero es muy gracioso porque, en apariencia, España era muy católica, tenía muchos hijos, era muy ordenada, pero luego todos estaban liados con todas, así que ese «comme il faut» convivía con Sodoma y Gomorra, aunque las apariencias se guardaran siempre. Yo lo viví sólo como «voyeur»…

-Usted también se rió lo que quiso de otra «jet» más cercana en «Cinco moscas azules…».
-C.P. Bueno, esa «jet», que es la de los ochenta, era bastante más divertida que este famoseo horroroso que hay ahora. No es que fuera intelectual, porque la «jet» nunca lo es, pero era pintoresca, porque estaba llena de príncipes centroeuropeos y otros que se decían príncipes y no lo eran, de emperatrices destronadas…, de gente que tenía como más interés humano. No como esta «jet» de ahora, de Jesulín de Ubrique, que, pobre, me parece muy bien, pero no me interesa mucho.

-¿«Hoy caviar mañana sardinas» le ha gustado a su madre o se ha quedado con las ganas de escribir ese «Payalsta, Payalsta» que siempre quiso escribir?
-C.P. Pues lo empezó a leer, pero no creo que lo haya terminado, y luego dijo que ella lo habría escrito mucho más divertido. Ése fue su comentario, así que nos dejó planchados.

-La anécdota del mayordomo que pide un cigarrillo porque tras años de servir a una marquesa cobra lo mismo es brutal. ¿Es real la fama de rácanos de los nobles?
-C.P. No, yo creo que eso se acabó… Hombre, es que era tremebundo, eran riquísmos y te pintabas en los cuartos de baño y te daba terror.

-He descubierto en este libro el primer desengaño amoroso de Carmen Posadas, aderezado con los versos de Lope de Vega. ¿Desde entonces hasta ahora ha sufrido muchos desengaños?
-C.P. Yo como siempre he sido muy melodramática, todo me lo tomaba por la tremenda. Pero luego, mirando para atrás, tampoco he tenido tantos fracasos, pero me marcaban mucho porque soy una persona muy orgullosa, para mi desgracia. Pero voy a decir su nombre: era Gonzalo Pérez Pita, que yo creo que es algo de Cuca Solana. Era muy guapo.

-¿Y qué hay de la vida política que se mezcla con ese desengaño?, ¿también le resulta engañosa?
-C.P. La mejor metáfora de la vida política, que tiene mucho que ver con lo que yo viví cuando llegué a los aledaños del poder, es la que me contó Leopoldo Calvo Sotelo: cuando llegó a La Moncloa, se encontró la caja fuerte cerrada. Suárez se había ido sin dejar casi ni el teléfono y Calvo Sotelo llamó a un cerrajero pensando que contendría algo importantísimo. Lo que encontró fueron las instrucciones de cómo se abría la caja fuerte.

-En este libro hay muchas anécdotas, muchas recetas, mucho humor y mucho amor, y comienza, justo, con una comparación en la que se mezcla todo: «El amor es como un suflé. Algo muy, pero que muy complicado de cocinar. Si abres el horno durante la cocción se “resfría”; si tardas en abrirlo, se desborda. A veces queda crudo por dentro, otras se quema, la mayoría se desinfla…». Lo solía decir su madre, según se recoge en el prólogo. ¿Lo piensan también ustedes?
-C.P. Sí. Yo tengo varias frases de esas de mi madre, ella siempre hacía ese tipo de símiles. La otra es «un reloj parado da la hora dos veces por día». Y es cierto, una persona que piensas que no es nada inteligente, de pronto te puede dar la clave.

Personal e intransferible.

Carmen y Gervasio son altos, guapos, distinguidos y con el sello inconfundible de «hijos de diplomático».
Hablan varios idiomas, son exquisitamente educados, saben perfectamente que existen los «dont’s» británicos, que prohíben hablar en público de religión, política y sexo –«bueno, más bien sentimientos»– y sólo discuten cuando hablan de fútbol: ella es del Barça y él del Madrid. Ambos son uruguayos expatriados, pero Carmen aún se siente de allá, aunque le deba su carrera, su matrimonio y, sobre todo, sus hijas a España, y él, tal vez por ser el pequeño de la familia, se siente en un ochenta por ciento de aquí, un quince por ciento de allá y el resto quién sabe de dónde. Han escrito una crónica de su vida de nómadas a través de la cocina más imaginativa y del recuerdo de una madre inolvidable. Lo más divertido es que a través de su relato dan a conocer un mundo extraordinario al que, por lo general, sólo tienen acceso las personas con vidas distintas. Como ellos.

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