Es apasionante visitar otras épocas a través de la literatura

Empezamos y finalizamos la entrevista con Carmen Posadas hablando de grandes hitos literarios y de la manera en que los escritores dan forma a sus historias. Hace poco más de un mes que la autora hispano-uruguaya presentó El testigo invisible (Planeta), una vuelta a los últimos momentos de la Rusia de los zares a través de los ojos de Leonid Sednev, un pequeño deshollinador.

¿Por qué esta etapa tan convulsa resulta siempre tan atractiva para un escritor?
Quizá sea porque es fascinante por sí misma. No hace falta inventar ni añadir nada, porque la realidad es tan potente que, como dice el dicho, supera a la ficción. Con el hundimiento del Titanic y los crímenes de Jack el Destripador, la muerte de los zares -mejor dicho, de los hijos de los zares- ha hecho correr ríos de tinta. Sin embargo, fíjese en la cantidad de mitos y leyendas que se han tejido alrededor de ellos. En este caso, siempre me han llamado la atención todas las Anastasias y falsos zarevich resucitados de la tumba.

Caída de los zares, Primera Guerra Mundial, desarrollo de los soviets… Se trata de un momento de enorme complejidad histórica. ¿Cómo se ha documentado para recrear una imagen verosímil en esta novela?
La verdad es que estaba bastante familiarizada con la época. Mi familia vivió en la URSS entre 1972 y 1978. Mi padre era un gran lector y leía bastante sobre esta etapa. Nos contaba un montón de cosas sobre Lenin y su época, sobre Stalin, sobre los magníficos escritores rusos. Podría decirse que, desde pequeña, he tenido esta época en la cabeza. Con respecto al proceso de documentación que vino después, lo desarrollé encantada, porque para mí es apasionante meterme en otras épocas a través de los personajes. La verdad es que la principal dificultad en el caso de El testigo invisible fue decidir qué dejar fuera, porque, como usted decía, el momento en que transcurre está lleno de acontecimientos.

¿Le ha permitido este proceso hacer frente a los clichés, leyendas y tópicos históricos a los que antes se refería?
La verdad es que sí. Si tuviera que elegir un ejemplo me quedaría con lo que realmente sucedió detrás de la muerte de Rasputín. Tradicionalmente se ha dicho que murió como consecuencia de una conjura por parte del príncipe Yusupov, cuando en realidad la desclasificación de documentos relacionados con la Primer Guerra Mundial ha demostrado en nuestros días que tras su asesinato estuvo en realidad el Servicio Secreto Británico.

¿No es una tentación el tomar partido a la hora de escribir sobre la caída de los zares? ¿Ha sido difícil mantener una cierta imparcialidad?
Mi intención era escribir un relato lo más fiel posible de los acontecimientos, manteniéndome lejos de las historias de buenos y malos que, en efecto, siempre son una tentación: Rasputín era malísimo, y el zar, tonto. Como decíamos, esta época está llena de clichés, pero creo que los escritores deben exponerlo todo con sus luces y sus sombras, para que sea el lector quien saque sus propias conclusiones. Es verdad que los estereotipos, pensar que las cosas son solamente blancas o negras, tranquilizan a la gente. De todos modos, lo mejor para evitar ideas preestablecidas es leer los testimonios que dejaron los propios protagonistas del pasado, como el zar, que escribió diarios desde los catorce años hasta dos días antes de su muerte. Evidentemente, escribió cosas privadas, pensando que sus ideas jamás serían leídas.

Dos de sus últimas novelas, La cinta roja y El testigo invisible, no solamente transcurren en el pasado, sino en momentos especialmente convulsos del pasado. ¿Le interesa el conflicto como escritora?
Bueno, en general la novela histórica transcurre en momentos llenos de cosas extraordinarias, momentos de especial trascendencia que normalmente están expuestos a los cambios. Sí, puede que a las convulsiones, también. Un relato sobre una solterona que solo dedica su tiempo a cuidar de un pajarito puede resultar muy literario, pero aburridísimo… Creo que tiene razón, porque es en los momentos de crisis cuando aflora la verdadera dimensión de los seres humanos. Un ejemplo es El testigo invisible. Otro es La cinta roja, cierto, en el que aparece la Revolución Francesa, otra época sobre la que me encantó documentarme. Escribir sobre el pasado, o sobre el presente, es poder vivir cien vidas. Y si encima te pagan por ello ya es la gloria total…

Hay una faceta de Carmen Posadas como autora de cuentos infantiles, sobre todo en los ochenta. ¿Ha cambiado la inocencia de los más pequeños? ¿Y la forma de escribir para ellos?
Bueno, es posible que las cosas vayan más rápido en comparación con lo que sucedía hace años, pero creo que siempre será necesaria la ficción para los niños. Para ellos, leer puede ser un juego más, la llave que les permite convertirse en vaqueros, soldados o piratas. En general, para eso se inventó la literatura, ¿no? Me preguntaba también si han cambiado las cosas dentro de este género y pienso que no, sobre todo porque desde hace mucho vivimos una vuelta a los patrones clásicos. ¿Qué son El Hobbit, El Señor de los Anillos, sino literatura clásica en sus planteamientos e ideales? Puedes cambiar el punto de vista, las voces, los personajes, pero, si las historias son buenas, acabarán funcionando. Hay un cuento infantil, La Cenicienta, que ha dado pie a cientos de historias que no tienen que ver con los niños, desde Pretty Woman a Cincuenta sombras de Grey, lo mismo que El Conde de Montecristo, el justiciero que vuelve para vengar sus afrentas.

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