Entrevista de 1998

QUÉ GUSTO ENTRAR EN UNA CASA y ver libros por todas partes. Qué gusto oler a tabacazo. Qué gusto los sofás tan mullidos. Qué gusto los cortinones, tan recios. Qué gusto el pasillo tan largo, y las voces que surgen al final del pasillo, tan susurrantes -será el servicio, digo yo, montándome la película-, y las pisadas leves, y el señor de chaqueta oscura, una especie de secretario, mecánico, ayudante, mozo de comedor o cualquier modalidad nueva de criado. Qué gusto pedir un café y tenerlo al momento en una bandejita de plata. Qué gusto mirar los cuadros, los centros de flores secas, las antigüedades, los techos altos, la chimenea apagada, el color de las maderas nobles. Y qué gusto ver aparecer a Carmen Posadas en vaqueros y calcetines, sobrevolando el escenario con esa naturalidad de quien lleva haciéndolo toda la vida. Es como una secuencia de película. Por encima de la naturalidad está, sin embargo, la elegancia. Es la suya una elegancia felina que le permite sortear las mesillas, los jarrones y las colecciones valiosas sin rozarlas siquiera con la punta de la camisa. Parece un gato, Carmen. O un leopardo, que es más caro y señorial. Aunque tal vez me equivoco. Tumbada en el sofá con sus larguísimas piernas, lo que parece Carmen Posadas es una primera actriz, mitad María Montez mitad Anouk Aimé.

Pregunta.-¿Cuánto mide?

Respuesta.-Metro setenta y tres

P.-¿Cuánto pesa?

R.-Cincuenta y nueve. Por muchos esfuerzos que hago, no logro llegar a sesenta.

P.-¿Nació rica?

R.-¿Rica como qué…?

P.-Rica como los ricos. Ya me entiende.

R.-No he pasado estrecheces, claro.

P.-¿Está dispuesta a pedir perdón por todo eso?

R.-Me fastidia tener que justificarme continuamente, no es normal… Supongo que a ningún hombre, en mi lugar, le hubieran sometido a semejante acoso.

P.-Fernando Schwartz, por ejemplo, ganó el Planeta. También era alto, guapo, rico y vistoso. Pero ciertamente no se lo echarán en cara.

R.-A todo el mundo le cuelgan un sambenito. Y a mí me ha tocado el de chica pija… Si uno compra un libro con un prejuicio, le será muy difícil quitárselo leyéndolo. Pero yo no me enfado, siempre mantengo una actitud bastante oriental.

P.-¿Está diciéndome que le resbalan las críticas?

R.-No. Tengo paciencia, y pienso que el tiempo lo pone todo en su sitio. Me han dado tanta caña en los últimos años que nada me coge de nuevas.

P.-Desde la noche del premio, ¿ha descubierto a algún miserable?

R.-Estoy curada, me he acorchado con el tiempo, y he acumulado muchas fuerzas. Hace poco salió una foto mía en la que bajaba unos escalones y miraba al suelo. Había acompañado a Mariano, mi marido, a una revisión, porque sufrió una operación hace seis meses y todavía anda de revisiones… El titular fue: «Carmen Posadas, preocupadísima por la salud de su marido». Para que todo cuadrara, incluyeron una pequeña foto de Mariano correspondiente al invierno pasado, cuando estaba recién operado. Pero se les escapó el detalle de la indumentaria. En su, foto él iba de riguroso invierno, y yo, en la mía, de puro verano. Quiero decir que las imágenes se fabrican. A lo que iba: yo no pienso entrar en esas batallas. No quiero amargarme la vida por actitudes mezquinas.

P.-A lo mejor usted pertenece a esa clase de personas que han sido educadas para encajar los contratiempos con sonrisas.

R.-Hay una frase de Camus que dice: «No hay destino, por adverso que sea, que no pueda conjurarse con la más total indiferencia». Si te pasa una cosa horrible pero te muestras indiferente o finges que no acusas el golpe, ese golpe pierde mucha eficacia.

P.-Tarde o temprano supongo que sacará usted las uñas. Las sacó por ejemplo en el libro Cinco moscas azules.

R.-No creo en la literatura por venganza, pero cuando escribo me salen inconscientemente las filias y las fobias, como a todo el mundo.

P.-Dice usted que va de observadora por la vida, y que no se involucra ni se arremanga.

R.-Será una consecuencia de mi propia biografía y mi falta de raíces. No soy de ninguna parte. Mejor dicho: no me consideran de ninguna parte. Por un lado está bien, pues quien mejor retrata un paisaje es un extranjero, porque el nativo, a fuerza de verlo, ya no se sorprende. En cambio, esa actitud tiene algo de negativa y puede ser confundida con distanciamiento o frialdad.

P.-¿Cómo se le ocurrió la idea de meter un muerto en una cámara frigorífica?

R.-Yo tengo dos terrores clarísimos. Uno, tragarme el capuchón de un bolígrafo y ahogarme. Y dos, quedarme encerrada en una cámara frigorífica. Ya me pasó una vez en la finca de caza de unos amigos. Estaban los animales colgados, tiesos, y daba miedo. Yo entré en la cámara a buscar algo, tal vez una cerveza, y alguien, detrás de mí, empujó la puerta. Pegué un chillido enorme. Aquello se me quedó grabado. A raíz de eso escribí un cuento en el que una chica se quedaba encerrada en la nevera el día de su boda.

P.-Los empleados de las carnicerías también entran y salen constantemente de las cámaras a buscar chuletas. Es curioso verlos moverse entre las ristras de corderos y terneras ¿verdad?

R.-Sí…

P.-Pero qué tonta soy. Seguro que usted no va a las canicerías. Mandará al servicio.

R.-Unas veces va al servicio y otras no. Yo estoy más especializada en supermercados. Aunque bueno, me guste o no, al final la maniobra siempre tengo que dirigirla yo, que si llamar al fontanero, comprar una cortina para el cuarto de baño…

P.-Usted ha declarado:»Vivo poco la realidad porque es muy dura». ¿De qué se queja?

R.-Dicho así suena un poco mal, pero voy a intentar explicarme. Desde niña he necesitado pasar muchas horas físicamente sola para combatir los nervios. Vivo largos ratos fantaseando, divirtiéndome conmigo misma.

P.-Eso es un lujo, Carmen.

R.-Ya lo sé. No todo el mundo tiene tiempo para hacerlo.

P.-Ni espacio.

R.-Claro. En el libro digo que uno de los mayores lujos que da el dinero es el espacio. Yo no podría vivir chocándome con gente. Me da claustrofobia.

P.-¿Y qué tiene que ver eso con la vida dura?

R.-La vida está hecha de pequeños incordios, desde sacarse el carné de identidad a llevar los zapatos al zapatero, ir a la farmacia, etc. Así un día y otro día. En el caso de las mujeres es todavía más duro porque está instaurado que el trabajo del hombre debe ser respetado. Yo pongo muchos paréntesis para huir de esos incordios: cojo el coche y me largo siempre que puedo. Es como si hiciera novillos. Me encanta hacer novillos.

P.-¿Viaja?

R.-Me gusta ir, pero no me gusta llegar. Según Mariano, esto es propio de neuróticos.

P.-En sus biografías reza: «Uruguaya, hija de diplomático, ha vivido en Madrid, Londres y Moscú». Eso, más que una biografía, es un kilométrico.

R.-Lo parece, sí.

P.-Cuénteme cómo fue su infancia, dónde se crió, quién le leía los cuentos, cuántas tatas tuvo…

R.-Nací en Uruguay, y allí viví hasta los 12 años. La gente va creciendo al lado de sus fantasmas y los va exorcizando y tapando con otros recuerdos, pero yo tengo la infancia congelada. Mi madre era una gran narradora oral, contaba historietas que nos dejaban con los ojos como platos. Mi padre, en cambio, era un gran lector. Nos leía la Ilíada y nos la explicaba. Todavía sigue haciéndolo. Este verano he leído La divina Comedia con él, mi hija y mi hermana. Se trata de una costumbre familiar. La casa de Uruguay era bastante fantasmal, había desvanes, y un jardín muy grande. No era sólo una casa sino una quinta. Allí estaba muy mezclada la realidad con la ficción.

P.-¿Ha vuelto a la quinta?

R.-Volví después de 10 años y sufrí un choque espantoso. La tenía tan idealizada que me pareció pequeña, insignificante. Y el edificio estaba en ruinas. Durante mi ausencia vendieron la quinta, construyeron apartamentos en el terreno y dejaron la casa en ruinas. Y así sigue. Posteriormente he vuelto más veces, pero el golpe ya estaba parado y no me ha hecho tanto efecto.

P.-Después, Londres.

R.-No. Después, Madrid. Iba al colegio, pero pedí que me mandaran a Inglaterra. Allí permanecí tres años interna, y luego, cuando ya estaba lista para entrar en la Universidad (quería hacer Literatura en Oxford), me casé y lo dejé todo.

P.-¿Se casó con un ingles?

R.-No. Con un español. La boda fue en Moscú, porque en aquel momento mi padre estaba destinado en Moscú. Mi madre, que es capaz de vender helados en el polo norte, se fue a ver al patriarca de la iglesia ortodoxa para decirle que quería una boda ecuménica. No me pregunte cómo lo convenció, pero nos casamos en una iglesia ortodoxa con rito mixto, católico y ortodoxo.

P.-Es como de película..

R.-A partir de entonces me dediqué a ser madre ideal y esposa perfecta. La familia ocupaba toda mi vida. Cuando las niñas empezaron a ir al colegio me entró un vértigo espantoso. ¿Y esto será así por los siglos de los siglos?, me preguntaba yo, horrorizada. No pude hacerme a la idea y acabé separándome. Tenía 25 años. Era un edad perfecta para ponerme a estudiar una carrera, pero me veía muy mayor y me daba corte. Fui relaciones públicas de un hotel y trabajé hasta que mi hija pequeña enfermó. Luego me apunté a un taller literario.

P.-¿Nunca hasta entonces le había tentado la literatura?

R.-Empecé a escribir con 15 años, pero al casarme lo dejé. En el taller, sin embargo, me planteé la posibilidad de escribir en serio y me aferré a los cuentos infantiles. Experimentaba con mis propias hijas, gracias a ellas veía qué cosas funcionaban y qué cosas no…

P.-¿Cuándo se separó?

R.-A los cinco años de casada, por iniciativa mía. En ese momento mis padres estaban viviendo en Londres, agarré a las niñas y me fui a vivir con ellos. Fue como si hubiera vuelto a los 19 años. Todo lo que había dejado de hacer al casarme, lo retomé. Tenía 30 años, salía y entraba constantemente, lo pasaba bien… Londres me gustaba, es una ciudad muy cómoda para un apátrida, pero me agobiaba mucho la falta de luz y tenía la sensación de que siempre era de noche… Sentía necesidad de viajar, y a cada rato agarraba un avión y me venía al sol.

P.-O sea, a España.

R.-Sí. Hasta que me compré un piso en Madrid y decidí quedarme. Había conocido a Mariano en Londres y todo estaba ya en marcha.

P.-¿No le dio miedo volver a casarse?

R.-Mariano no es de esos hombres que exige una mujer al lado para hacer de soporte o de reposo del guerrero. Él me ha dado mucha cancha. Siempre me deja libertad para que yo pueda dedicarme a lo que me gusta y no se molesta si tengo que viajar o cenar fuera de casa. Le he dedicado el libro por haberme soportado de día y de noche. Sobre todo de noche… Yo soy insoportable. Duermo fatal y todo me quita el sueño. Realmente, no sé cómo ha podido aguantar mis angustias.

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