El secreto del gazpacho

No teman, no es mi intención sumarme a la cohorte de cocineros profesionales, diletantes u oportunistas, que tanto abundan hoy en día, sino hablarles de un libro divertidísimo. Se llama así, El secreto del gazpacho, y su autor es mi hermano Gervasio.

Cuando él me dijo que estaba escribiendo una novela, lo primero que pensé fue oh-oh, ¿y si no me gusta nada lo que escribe, qué hago? ¿le digo la cruda verdad o miento como una buena hermana y una mala crítica? Por suerte no tuve necesidad alguna de mentir (sospecho que se me habría notado) puesto que el libro es excelente. No voy a decir que es La montaña mágica, de Thomas Mann, porque no lo es, ni lo pretende, pero tiene muchos de los ingredientes que yo busco en la buena lectura. Es inteligente, es trasgresor, hace pensar y, sobre todo, está lleno de humor desde las primeras páginas.
Cuenta la historia de un publicitario de éxito que ha entrado en la cuarentena y empieza a ver cómo la edad de oro de la publicidad pertenece al pasado. Su crisis concluye con el abandono de la agencia en la que trabaja y la decisión de escribir un libro de autoayuda para forrarse utilizando sus viejas dotes de publicista y manipulador de voluntades. Lo malo es que, mientras está en ello, se ve de pronto envuelto en toda una serie de aventuras insólitas, a cual más delirante, que culmina cuando se cruza en su camino una secta pitagórica que lo confunde con la reencarnación de su mítico fundador.
El libro es, por tanto, una mezcla de sátira, comedia y thriller que a muchos hará reflexionar y a otros sonreír cuando no reír a carcajadas. Personalmente, siempre me ha llamado la atención el hecho de que aquí, en España, que de un libro se diga que es “de humor” suena sospechoso.

Existe la creencia muy extendida de que la buena literatura tiene que ser seria por no decir solemne o pedante. Y es curioso, realmente, si tenemos en cuenta que la obra máxima de nuestra lengua, el Quijote, destila humor desde la primera página. Aún así, lo cierto es que en nuestra cultura, que se diga que un libro “tiene humor” no suma sino que resta. Todo lo contrario de lo que ocurre en otras culturas, y en especial en la anglosajona, donde no solo no resta sino que es casi preceptivo. Algunas veces he comentado esta extraña paradoja con otros escritores y no llegamos a ponernos de acuerdo sobre las razones de por qué ocurre; máxime, cuando no solo Cervantes sino Quevedo y hasta Góngora usaban el humor sin sonrojo.

Personalmente, creo que se trata de un fenómeno reciente y que obedece a dos motivos: uno de ellos, la influencia de la literatura francesa, que siempre ha sido bastante ajena al humor, y el otro, una razón histórica. Durante la época franquista, hubo en España varios escritores que cultivaron el humor como Enrique Jardiel Poncela, Miguel Miura o Álvaro de la Iglesia, por ejemplo, y que, al margen de consideraciones políticas, vivieron y escribieron bajo aquel régimen.
Tal vez debido a esa mala coincidencia histórica, su obra ha quedado injustamente tachada de “humorística” cuando lo cierto es que son grandes escritores. En cambio para mí, que he nacido al otro lado del Atlántico, donde el humor puntúa alto, siempre ha sido difícil entender por qué se los menospreciaba y tampoco comprendo por qué se considera el humorismo un elemento menor cuando, en mi opinión, es algo casi imprescindible en la literatura. Soy capaz de encontrarlo incluso en las obras aparentemente menos humorísticas como La metamorfosis, de Kafka, o Ulises, de Joyce.
En realidad no es extraño que así sea: Evelyn Waugh, por ejemplo, que manejaba la ironía de forma muy sutil, solía decir que la mejor manera de hablar de las cosas serias es hacerlo en broma y yo, modestamente, iría un paso más allá.

A mi modo de ver, la vida es demasiado seria como para tomársela en serio. Por eso me gusta tanto la literatura que cultiva la sonrisa e incluso la carcajada. ¿Acaso no fue Víctor Hugo quien afirmó que la risa es la distancia más corta entre dos personas? Curioso que lo dijera él, que tanto nos ha hecho llorar con sus obras, ¿no creen?

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