El protocolo Martínez

Mi buen amigo Ramón Buenaventura hace años tenía un amigo llamado Martínez. Con Martínez se encontraba una vez al mes, almorzaban, se confesaban e incluso conspiraban, lo que siempre une mucho. O al menos eso creía Ramón. “Pero siempre soy yo el que te llama” –le reprochó un día medio en broma, “si no fuera por mí seguro que ni nos veríamos”. Como intentando confirmar su tesis, decidió no llamar a Martínez y esperar. Esperó una semana y luego un mes y luego dos y hasta un año esperó, y en todo ese tiempo Martínez no volvió a dar señales de vida. Por fin un día topó en un bar con su amigo que con sentidas palabras le recriminó que ya no se vieran y que por su desconsiderada actitud pusiera en peligro una amistad de tantos años. De nada sirvió que Ramón explicase a Martínez que era tan culpable como él del distanciamiento, o incluso más, puesto que nunca tomaba la iniciativa. Aún así, Ramón lo llamó un par de días más tarde para verse y su amigo, que estaba ocupado, prometió telefonearle después, pero ya pasaron seis meses sin rastro de Martínez. Esta actitud, que tal vez les resulte familiar, viene al caso para ilustrar un curioso estudio realizado por médicos y sociólogos estadounidenses que señala que el mundo está democráticamente dividido entre “donantes y receptores”. Por lo visto, es muy importante saber a qué bando pertenece uno porque, para que las relaciones humanas funcionen bien, un donante debe siempre encontrar un receptor y viceversa. Esto es aplicable a todas las relaciones de la vida pero más aún en el amor, en el que dos receptores juntos no lograrán más que hacerse terriblemente infelices el uno al otro (elemental, querido Freud, digo yo; no hace falta ser médico ni sociólogo para darse cuenta de que dos egoístas acaban tirándose los trastos a la cabeza). Sin embargo, lo curioso del caso es que dos donantes juntos tampoco son felices. Según dicho estudio, el placer de dar tiene mucho que ver con la persona que se tiene enfrente, y se potencia si el otro (el receptor) presenta una actitud de desvalimiento, de infantilismo o incluso caprichosa.

Esa es la razón por la que personas de un grado considerable de egoísmo a menudo están rodeadas de toda una corte de adoradores sin que intervengan en la elección el dinero ni otros intereses. Pero no todas las relaciones entre dadores y receptores son tan extremas. Le propongo un juego, mire a su alrededor y observe las parejas bien avenidas que conoce. Es muy posible que descubra que las más felices responden a este patrón. Esto no quiere decir que todas ellas estén formadas por una persona generosa y un perfecto malcriado. Hay que tener en cuenta que los receptores suelen ser personas sumamente encantadoras, incluso “dan” mucho. Dan simpatía, dan alegría, e incluso muchas veces son muy bellas. Son lo que Shakespeare llamaba “los tocados por las alas de las hadas”. Los donantes, por su parte, tampoco tiene por qué ser menos atractivos. Con mucha frecuencia la gente que triunfa en la vida es más un donante que un receptor puesto que, contrariamente a lo que se piensa, no son los avaros los que amasan las grandes fortunas (los avaros suelen ser ricos que han heredado el dinero y temen perderlo); las grandes fortunas las hacen los generosos (con quién lo sean es otro cantar). El esquema funciona además en otras relaciones importantes, como las laborales, o las de amistad. Por eso es interesante saber a qué bando pertenecemos. Si lo que usted quiere es tener éxito en su profesión, hará muy bien en arrimarse a otros trabajadores que pertenezcan al bando contrario al suyo y, siempre que sea posible, ha de procurar trabajar para un jefe también del bando opuesto. Hay quien piensa que el mundo está lleno de receptores y escasea en dadores pero no es cierto, todo el mundo es dador o receptor respecto de alguien. Y si no sabe cómo averiguar quién es quién, le propongo el sistema de mi amigo Ramón. Descubrirá entonces no quién es su amigo y quién no, sino quién es dador o receptor respecto de usted: en eso consiste el Protocolo Martínez (y funciona, se lo aseguro).

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