El club de las viejas confundidas

Todos los años por estas fechas a mí me da la vena filosófica y empiezo a pensar en eso de cómo pasa la juventud, qué pronto llega la senectud, etcétera. A ello contribuye además el hecho de que la ropa se aligera, se hace más escasa y (horreur) llega el momento de verse otro verano más vis a vis con el bikini. A continuación, se abre a mis pies una trampa más peligrosa que una fosa llena de áspides, anacondas y mambas negras que, según tengo entendido, son los reptiles más peligrosos que existen. Y dicha trampa, de la que creo ya les he hablado en alguna ocasión, se llama “talla 38”. Sucede que, al igual que algunas de mis contemporáneas, yo aún conservo la misma heroica talla que a los veinte años pero (y este “pero”es inexorable) como nada es gratis en esta vida, tal circunstancia no es más que un engañabobos. Lo que quiero decir es que, pasada una edad, hay que ser muy precavida para no caer en lo que en Uruguay llaman “el club de las viejas confundidas”. En este dilecto y cada vez más abundante club se encuentran todas las mujeres que, más allá de los cincuenta, creen que ellas son una excepción a la regla. Se miran en el espejo, se ven delgadas, algunas incluso con un cuerpazo, y piensan que se han salvado de la implacable maldición de envejecer. Entonces empiezan a hacer todo tipo de tonterías. La primera es someterse a algún recauchutaje; a veces les da por ponerse pómulos, otras labios o pecho y a casi todas por un mini lifting. Y como es verdad que tienen una heroica talla 38, y como esto se lo deben a mamá naturaleza y no a papá bisturí siguen cometiendo errores. El siguiente error es el que yo llamo el malentendido Cocó Chanel. Cuentan que ella, que también mantuvo la talla de su juventud, presumía de que, hasta casi sus setenta años, vista de espaldas, parecía una chica de quince. Claro que como Chanel era una mujer extraordinariamente inteligente siempre fue consciente de que lo más importante de lo que acabo de reseñar no era la parte que dice “parecía una chica de quince” sino el predicativo “vista de espaldas”. Y es que estas tres palabras implican mucho más de lo que puede parecer a priori, porque lo que no saben las viejas confundidas es que, si uno quiere parecer más joven, antes que vestirse de nena o de recauchutarse el belfo hay que tener el aire de una mujer joven. Eso es lo que Chanel quería señalar con su “vista de espaldas”. Cualquier antropólogo puede corroborar este punto: lo primero que atrae de una persona son sus movimientos, el modo en que camina, su forma de mover los brazos, la cabeza, el tronco. Así, da igual (o mejor dicho solo ayuda a empeorar las cosas) que alguien se vista como una niña de veinte años. Da igual que una tenga una talla 38 y la realce con una minifalda y un piercing en el ombligo. Da igual que se deje el pelo por la cintura o se ponga unas extensiones a lo Lady Godiva. Y por supuesto da igual que se recauchute de arriba abajo como Cher o cualquiera de nuestras momias locales de cuyo nombre no pienso acordarme. A pesar de las muchas y patéticas tentativas por parecer veinte años más joven, lo cierto es que al calendario solo se le pueden hacer pequeñas trampas y cuanto más sutiles mejor. Por eso yo, siguiendo los sabios consejos de Cocó Chanel, solo pretendo tener el aire de una persona joven. En otras palabras, parecerlo por la forma en que me muevo, sin rigidez y también sin afectación. En realidad, a lo único que aspiro es a parecer una señora de cincuenta y seis años que intenta tener el mejor aspecto posible, con ayuda de mi hija Sofía que se dedica a la medicina –que no cirugía– estética. En cuanto a la talla 38, el foso de reptiles y el club de las viejas confundidas espero –vade retro– resistir un año más la tentación de vestirme de nena. Este verano no va a ser nada fácil, porque se llevan la falda muy corta, los pantalones pirata, los shorts y todo un estilo de ropa propia de quinceañeras. Pero, como decía el Dúo Dinámico (y esto lo menciono solo para que vean ustedes a qué jurásica generación pertenezco) yo ¡Resistiré!

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