Dos mil años no es nada

Cuando estoy aburrida, con la neurona plana, y me apetece leer algo estimulante recurro al semanario The Economist nacido, como saben, hace más de 150 años. Después de un tiempo de distanciamiento, debido a su cerril defensa de la guerra del señor Bush contra Irak, he recobrado la costumbre de leerlo y así he vuelto al placer de sumergirme en un torrente de ideas políticamente incorrectas, de pensamientos laterales, cenitales, distintos en definitiva. Aunque de un ideario claramente liberal, en el sentido europeo del término, sus en su mayoría anónimos periodistas siempre son capaces de darle la vuelta a los hechos para hacernos pensar mas allá de la noticia y del día a día. Ejemplo: hace unos meses, uno de sus editoriales hablaba de los horizontes de la ciencia médica y especulaba con la posibilidad de que en el futuro se consiga erradicar todas las causas de envejecimiento y muerte por enfermedad. Según sus cálculos, en este caso la esperanza de vida de un ser humano sería de unos 2.000 años, que es el tiempo medio que una persona tardaría en tener un accidente mortal de necesidad. El editorialista continuaba describiendo los efectos devastadores que esto podría suponer para cosas como el equilibrio medio ambiental y nuestro ya maltrecho sistema de pensiones, pero yo ya no me enteraba de nada. ¡2.000 años!, me repetía con la mirada perdida en el infinito.¡D-O-S M-I-L A-Ñ-O-S! Un sudor frío me recorrió el cuerpo. Como buena hija (postiza) de la generación del flower power, de pequeña me parecía que no tenía sentido vivir más allá de los treinta. Con el tiempo, precavidamente, he ido reconciliándome con el paso del calendario y retrasando el momento propicio para entregar mi alma al Señor, pero nunca he sido muy partidaria de ser la última en dejar la fiesta. Prefiero estar el tiempo suficiente para hacer en esta vida aquellas cosas que me gustan, ver algún nieto crecer y esas cosas; no durar por durar.
¡Dos mil años! Cuando en el colegio me decían que, según la Biblia, Matusalén había vivido 969 años me pasaba las noches en blanco pensando como sería una vida tan interminable. La profesora de religión se encargó de agravar mi insomnio: aquel no era un caso aislado. La mayoría de los patriarcas bíblicos habían muerto con edades similares: Malahaleel, 895; Enos, 905; Cainan, 910; Jaled, 962 (una muestra más de que ser segundo no sirve para pasar a la posteridad: sólo por cuatro años no estamos diciendo “más viejo que Jaled”). La mayoría habían empezado a tener hijos con ciento y pico, y Noé se enfrentó a la movida de encerrarse con no sé cuantos animales en un arca con 600 tacos. Para que luego hablen de la vitalidad de los pensionistas de nuestros días. Durante esas noches en vela me imaginaba como sería esa existencia expandida: en el colegio hasta los 60, durmiendo con mi hermana un siglo más, no me casaría hasta los 120…
¡Dos mil años!, ahora este artículo de The Economist me ha devuelto al presente aquella pesadilla pero multiplicada al menos por dos. Imagínense encontrarse en un avión con un señor que nos contara que fue compañero de clase de Jesucristo o jefe de la guardia pretoriana de Nerón. No sé como estarán ustedes de autoestima, inteligencia emocional y esas cosas, pero yo no me veo conviviendo con mis paranoias dos milenios más o dándole la paliza al parroquiano de un bar de una estación orbital de Plutón sobre lo bien que se vivía en la Tierra en el 2006, justo antes de lo del deshielo de los casquetes polares. Para que no me llamen ustedes nihilista, la única solución que se me ocurre es la de aquel anuncio de coches de hace un par de años en el que dos amigos intercambiaban sus cabezas por correo. Sería como ir al videoclub: esta semana me alquilo la cabeza de Zapatero, la semana que viene la de Rajoy, la otra la de Nelson Mandela y termino el mes con Evo Morales, a ver qué piensan. Bien mirado, en ese plan los dos mil años se me podrían hacer más cortos (o morir del susto, y así abreviamos).

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