Divinas palabras

Según los sociólogos, cada vez es mayor el número de parejas que se separan por causa de los sms. Por lo visto, los “infieles” no se toman siquiera la molestia de borrar los mensajitos comprometedores que mandan a sus ligues y luego pasa lo que pasa. Personalmente, lo que me sorprende de este dato no es que alguien cotillee el teléfono de otro, al fin y al cabo vivimos en tiempos en los que el respeto y la prudencia ya no son virtudes. Lo que me intriga, y mucho, es por qué los infieles de ahora son menos cuidadosos que los de antes. Antaño, los adúlteros (anda que no suena antiguo el palabro) recurrían a mil ardides para borrar sus huellas. De hecho, creo que parte del encanto de la infidelidad consistía en ser más astutos que los demás, cuidar los detalles para que nada trascendiera. Algunas personas eran tan prudentes que hacían de la infidelidad un arte y no seré yo quien tire contra ellos la primera piedra porque muchas veces el pecado no está en ser infiel sino en dejar en evidencia al otro y hacerle sufrir. Ahora, en cambio, y por lo que se ve, ni se les ocurre eliminar los mensajes comprometedores de algo tan expuesto a la curiosidad ajena como un móvil, y los pescan a la primera. ¿Será, se pregunta uno, que esas personas están cansadas de llevar una doble vida y desean de modo inconsciente ser descubiertas? Es una posibilidad. Otra, evidentemente, es que la gente se ha vuelto más descuida (o, lo que es casi lo mismo, menos preocupada por hacer daño a otros). Sin embargo, en mi opinión, hay una tercera razón y ésta hay que buscarla en el irresistible encanto de la palabra. Lo que quiero decir es que existen dos tipos de palabras: las habladas y las escritas, y son muy distintas. Las habladas sirven para comunicar datos, situaciones, también deseos, sentimientos. Pero éstas son por lo general superficiales y, como dice el refrán, se las lleva el viento. Las escritas en cambio son mucho más profundas. También son audaces y se atreven a expresar sentimientos que las habladas jamás osarían. Por eso, si se fijan ustedes, lo que se dice por sms suele ser mucho más íntimo que lo que se dice por teléfono. Y aquí es donde viene el problema. Antaño, las cartas de los amantes se guardaban en algún lugar inexpugnable. De allí salían sólo para ser releídas con deleite, y también pasión, lo que servía para reforzar en la distancia el amor prohibido. Luego, prudentemente, volvían a su escondrijo. Ahora, tanto caudal maravilloso vive en nuestro teléfono, de modo que el infiel se plantea: ¿Qué hago con los sms? ¿los copio en un cuaderno? Imposible, al transcribirlos perderían toda la magia. ¿Los memorizo? Bueno, vale, pero no es lo mismo, ya no puedo releerlos con el placer que eso proporciona. ¿Los guardo en el ordenador? Menos aún, no sólo perderían su encanto sino que también podrían ser descubiertos. Por eso, después de sopesar opciones, el feliz poseedor de tal tesoro no hace nada o, lo que es lo mismo, se la juega a que se los encuentren. Para bien o para mal, yo no ando en esos deliciosos desasosiegos pero, como las palabras son precisamente mi material de trabajo, observo un dato más en esto de los sms que me parece fascinante. Hace unos años, con el auge de las comunicaciones, nadie daba un duro por el género epistolar. Aquel antiguo placer de aguardar la llegada del cartero para ver si traía “esa” carta, parecía muerto y enterrado. Los buzones de cada uno ya no eran depositarios de anhelos, esperanzas, deseos, sino sólo de facturas, cartas de bancos o folletos publicitarios. Ahora, en cambio, el género epistolar ha vuelto con todo su esplendor Y, da la casualidad de que entre todos los géneros literarios que existen, es, el más bello. Porque la prosa de los grandes maestros puede ser extraordinaria y su poesía sublime, pero nada es comparable con las palabras que están destinadas no a todo el mundo, sino sólo a nosotros que, además, las hemos inspirado. Aunque sean pobres, vacilantes o incluso procaces o cursis hasta decir basta. Por eso, ¿Quién fue el tonto que predijo que las nuevas tecnologías serían la tumba de la literatura?

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