Cuanto más cambian las cosas, más siguen siendo las mismas

Autora de guiones de cine y televisión, de relatos y de novelas. En 1998 obtuvo el Premio Planeta con ´Pequeñas infamias´. Ahora publica ´El testigo invisible´

–En su novela retrata la dinastía de los Romanov en las dos primeras décadas del XX. Un siglo después, ¿qué es lo que no ha cambiado en el mundo?
–Cuanto más cambian las cosas, más siguen siendo las mismas.

–Ha tenido acceso a documentos inéditos de la familia imperial rusa. ¿No pretenderá ahora cambiarnos la historia?
–(Ríe). No. Lo que pretendo es contar la verdadera historia porque ha quedado opacada entre multitud de leyendas, y no hace falta inventar nada, porque es tan potente la historia…

–Cuando estalló la revolución, el zar solo jugaba al dominó. ¿Se equivocó al mover ficha?
–Lo suyo, más que un problema de mover ficha, es que produjo un efecto dominó.

–¿Cuántos políticos en España miran las fichas para no ver lo que pasa en la calle?
–Demasiados para nuestra desgracia. Están demasiado acostumbrados a mirarse el ombligo.

–Cuenta una nueva versión sobre la muerte de Rasputín. ¿Cuál de ellas es más creíble?
–La que contó su asesino era rocambolesca e inverosímil. Pero la realidad supera a la ficción y esta versión es más increíble.

–Cuenta la historia a través de Leonid Sednev, deshollinador de palacio. ¿Es más pintoresca, más realista o absurda la vida cuando la cuentan los criados?
–Los criados son siempre los testigos invisibles. Porque la gente cuenta intimidades tremendas sin darse cuenta de que ellos están delante. Es una pena que no les haya interesado más el oficio de escritor; la historia tendría páginas más interesantes.

–Dice que el comienzo de la revolución eran movimientos asamblearios como el 15-M. ¿Ve el ambiente tan incendiario?
–Estamos viviendo un momento muy convulso, y se parece al momento prerrevolucionario en Rusia, pero no creo que llegue la revolución bolchevique.

–Momentos históricos como los que vivimos, se prestan tanto a héroes como a villanos. A los villanos ya los conocemos. ¿Pero dónde andan los héroes?
–(Ríe). Eso me pregunto yo. Por favor, que se den prisa.

–Su padre fue embajador en Rusia, donde usted vivió cuatro años. De ahí su interés por el país. Se lo preguntan siempre, deme una respuesta distinta.
–La naturaleza rusa es tan extravagante y tan grandiosa como sus escritores.

–Cuando se casó, dejó el ramo a los pies de Lenin. ¿Qué sintió junto a la momia de quien quiso cambiar el mundo?
–Estaba tan deteriorada que casi era una profecía de lo que iba a ocurrir con su revolución.

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