Cruel gansada

Creo que nunca les he hablado de mi muy querida Amantina. Tras ese nombre tan garcíamarquiano se esconde una de las personas más inteligentes que conozco. Apenas sabe escribir y trabaja en el servicio doméstico desde sus once años pero yo, siempre que tengo que tomar una decisión importante relacionada con la naturaleza humana, consulto con ella. Y es que posee una intuición (casi) mágica, algo que en realidad no tiene nada de esotérico sino que es una forma de inteligencia natural que computa de forma inconsciente y rapidísima diversas impresiones e informaciones hasta llegar a un juicio muy certero. De este modo, su veredicto sobre cómo es menganito o fulanita, o sobre cómo hay actuar en determinada circunstancia resulta siempre increíblemente atinado. Sin embargo, de este muy útil don suyo les hablaré otro día. Hoy quiero comentarles sus tribulaciones con el calimocho, o con las fiestas, o con ciertas cosas supuestamente “divertidas” que hace la gente y que, en realidad, solo gustan a los tontos, pero aún así nadie se atreve a cuestionar. Hace poco la invitaron a participar en la despedida de soltera de su sobrina. “Son tres días de celebración superguays y superenrollados”, le dijo su hermana, que hace más de tres décadas que salió de su Santo Domingo natal. Amantina también lleva un montón de años en España pero a ella no le pareció ni guay ni enrollado lo que vio. Paso a transcribir en sus palabras todo el asunto. “La cosa empezó el viernes por la tarde, cuando un grupo de muchachas vino a buscar a la futura novia a la casa. Le pusieron unas orejas de burro muy grandes y, la primera prueba consistió en subirla en un banco público desde donde debía gritar: ¡«Me caso, me caso»! hasta que la rescataran. De ahí se la llevaron y la liaron a un árbol diciéndole que debía soltarse por si misma en menos de una hora. Como no superó la prueba, su madre, en castigo, tuvo que tomarse ahí mismito un litro de calimocho caliente (duró tres día mala, la pobre). Cuando se cansaron de reírse de ambas, se llevaron a mi sobrina a una avenida grandota donde tenía que plantarse en mitad de la calle y parar los coches. Cada vez que un coche no paraba, a la madre del novio (también presente) se le obligaba en prenda a tomarse un chorrotote de calimocho. (Se disparó otro litro y tantito). Solo le he contado la mitad de las cosas que le hicieron a la niña porque el asunto duró hasta el domingo por la tarde, de modo que imagínese. Pero lo más extraño –concluyó contándome Amantina– es que ni mi hermana ni nadie de la familia entienden que a mí todo esto me parezca una cruel gansada. Son las costumbres, me dicen, y mis sobrinos me toman el pelo: «No sabes enrollarte, tía, se lo pasaron de puta madre»».
Me reconfortó mucho esta conversación con Amantina. Y es que desde pequeña he tenido la sensación de ser un bicho raro, porque nunca le he visto la gracia a este tipo de cosas que la gente considera divertidas y que consiste en hacer pasar a alguien –por lo general un amigo, además– por alguna forma de humillación. Hace años que las novatadas se prohibieron en los colegios. También tengo entendido que lo están en el ejército y, sin embargo, la modernidad ha encontrado otros caminos para que continúe existiendo este comportamiento pergeñado, en realidad, para reírse del prójimo de la manera más burda e impune. Y siempre han funcionado de la misma manera, con el silencio cómplice de unos, que no se atreven a decir que aquello es una estupidez, y con el sadismo de otros –normalmente unos mediocres–, que encuentran placentero demostrar un poder que no saben ejercer de modo más constructivo ni inteligente. Ahora, con internet, este tipo de “festejos” es cada vez más frecuente y las grabaciones se cuelgan para que todos puedan “disfrutar” de ellos. Mientras tanto el resto decimos: “solo son bromas, diversiones de jóvenes enrollados” sin que nadie, como Amantina, alce la voz para decir lo que en realidad pensamos, que no son más que una cruel gansada.

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