Cinco moscas azules. Las alcantarillas de la sociedad madrileña

Voy a proponerles un pacto, creo que justo: olvidar siquiera sea a medias la identidad civil y social de Carmen Posadas (Montevideo, Uruguay, 1953), y leer su libro Cinco moscas azules como lo que en realidad es, la primera novela de una autora que hasta ahora se había fogueado en relatos breves y algunas narraciones infantiles, y que al pisar el dilatado territorio de la ficción novelística ha elegido un asunto y unos personajes que conocen a fondo porque le pertenecen y, en cierto modo, les pertenece.

Digo, que se procure olvidar «siquiera a medias» quien es Carmen Posadas, ante la certeza de que resulta imposible disociarla por completo del estatus que conserva entre la llamada gente «guapa» madrileña. Aquí se trata de valorar sus cometido como autora de una obra primeriza que es bastante más seria de lo que algunos, pocos o muchos, estarán dispuestos a reconocer.

Tras haber leído atentamente la novela, mi impresión es que Posadas se ha tomado muy en serio su trabajo, que ha escrito una obra ambiciosa y ha llevado a cabo lo que se debe esperar de un novelista consciente de sus propósitos, hacer literatura de un segmento de vida, sea o no reflejo fiel de la suya o de su forma de entenderla. En cualquier caso, siempre reflejara una visión personal del mundo, incluidas las condiciones, a través del filtro imaginativo. Esa es la cuestión que Carmen Posadas ha asumido. Para empezar acota in espacio narrativo que no ofrece duda de sus intenciones. Imaginen un recipiente de cristal y dentro cinco moscas cautivadas, en este caso «moscas azules». La transposición real del envase es un lujoso hotel enclavado al borde del Sahara Marroquí, abierto a la «nada», concebido para que sus privilegiados clientes de la «jet set» mundial se repongan de las fatigas emocionales y físicas con un tratamiento cautelar de vida sana y celosamente discreta.
El azar facilita la coincidencia de dos parejas extraconyugales madrileñas con una vida rica, que ha sido victima de la chismografía tribal a raíz de la extraña muerte de su marido. Y junto a ellos el narrador, un singular personaje uruguayo-español residente en Londres, viejo homosexual abrumado desde la infancia por una culpa admitida, socialmente venido a menos y recién salido de una grave depresión, que se obsequia a si mismo con dos semanas de estancia en L´Hirondelle D´Or antes de quitarse la vida en el mismo establecimiento. Será él, al principio espectador, luego cronista de la historia de los cinco personajes y finalmente responsable del desenlace, quien introducirá las moscas en la botella y con una de ellas, la más grande, el repugnante locutor con coronilla, supuesta conciencia enfermiza de la nueva democracia española, especialista en desvelar y explotar escándalos de toda especie, consumará la venganza con su propio pasado y salvará a la viuda —¿merecidamente?— de ser destruida por la frivolidad y la falta de escrúpulos del manipulador de la opinión pública. Hay un cierto canibalismo en la narración como si todos los actuantes, cada cual bajo la influencia de sus culpas, se devoraran los unos a los otros de mil maneras, sutiles o groseras. Se matan usando los recursos del poder, cualquier poder, y se matan con el chisme oportunista elevado a la categoría de dardo envenenado.

Trasgresión
Forman una casta urbana, una tribu sin ideología cuyo denominador común es la ambigüedad moral y la carencia absoluta de valores no materiales. Todo les está permitido desde el adulterio sistemático al crimen, si a cambio preservan su compacidad de grupos social emergente que se identifica con el país del dinero fácil, el encono, el trapicheo, el estercolero sin contención, signos todos ellos diferenciadores de la restante gente, la gente «normal», el pueblo «soberano».
Pues bien, el discurso fluido de Carmen Posadas, a veces esnob, incluso si se quiere clasista —ella es parte de la tribu— saca sin rubores a la superficie el hedor inquietante de las alcantarillas que discurren bajo los oropeles de la alta sociedad madrileña actual.¿Un acto de revancha? No lo sé ni me importa. Para mí es literatura, como lo eran las obras de Dorothy Parker. Y como toda obra literaria de envergadura, ésta pese a sus irregularidades estructurales, es transgresora virulenta de la sociedad, la moral, el concepto de la vida que demoniza, y a la vez legitima de otras formas no menos reprobables de ambigüedad, de maldad, de amoralidad. En el impudor de esa legitimación el libro fragua, así lo creo, su solvencia.

La Vanguardia
Robert Saladrigas

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