Cinco moscas azules. La historia de una chica mala

Carmen Posadas presenta una novela aguda, irónica, amarga y sin prejuicios sobre la alta sociedad.

Carmen Posadas lo va a tener difícil con la crítica, aunque esta novela supere la media nacional. Y eso, por dos razones: la primera, por el tema, que al final es del «tam-tam de la tribu», es decir, el chismorreo de la gente del cuché, de los héroes de la jet set, en fin, de la alta sociedad madrileña; de los orígenes y los efectos y el desarrollo del rumor en el grupo «mejor informado», punta de la pirámide donde se genera y se abulta ese chismeo del que vivimos todos, verdadera coherencia de la sociedad de masas y clases, desde la sospecha vista entre risas a la «sed de verdad» plasmada en los tabloides y amplificada en las radios. Y segundo y principal, porque Carmen Posadas es un personaje de ese «todo Madrid» y le ha tocado oír su nombre en los tambores, y la novela es una suerte de respuesta personal, un asesinato ritual y en clave. Así que no hace falta ser un profeta para ver estas Cinco Moscas Azules metidas de lleno en el juego de identificación y distancia que se da entre los ciudadanos «normales» y «la sociedad», retratada cotidianamente en las revistas del corazón, y diseccionada, desde dentro, en esta historia que tiene mucha lucidez y mucha crueldad.

Cinco Moscas Azules remite, desde el título mismo, y expresamente, a una trama policíaca muy de Agatha Christie: un espacio cerrado y lujoso, un número limitado de personajes reunidos con la concurrencia del azar, un proyecto de asesinato. La mirada de Carmen Posadas, irónica, muchas veces sarcástica, otras amarga, recuerda alguna literatura victoriana muy puesta en los noventa: por ejemplo, cuando observa a los personajes, tan predeterminados por el espacio como los ratones en el cajón del observador científico, su visión es absolutamente de clase, cómo decir; la ropa, de verdad constituye a los habitantes de la ficción; unos calcetines definen mejor que los hechos al periodista, el «malo» de una historia en la que no hay buenos, una trenca capitoneada denuncia a toda una nacionalidad, y una pulsera a toda una acción . Es una mirada aguda, y también es una mirada esnob. Pero, ¿Quién tiene nada contra lo esnob? Somerset Maugham era un esnob. Pier Louys era un esnob. Y no digamos Loti, que se hubiera convertido al Islam sólo para poder llevar una chilaba sin mentir, como genialmente analiza Roland Barthes, y como hace el protagonista de este libro.
Encariñados con esa casta que es la clientela de una docena de marcas y restaurantes en todo el mundo, estos escritores dan cuenta de los cambios sutiles de sus costumbres, de las señales por las que se reconocen unos a otros, de los signos por los que se ve el lugar de su estela. Y de lo que permanece, el deporte favorito de los mejor informados: el chisme. Claro que Carmen Posadas da la vuelta al discurso y descubre, al fondo, todas las consecuencias abrumadoras, demoledoras, del chisme. Y más, si salta a los medios. «Tiene mandanga el asunto», dice Bea, uno de los personajes. «Hemos conseguido librarnos de la moralina de los curas, y ahora tenemos a los periodistas ocupados en desvelar nuestros peores pecados, joder».
«Nuestros peores pecados» son heterodoxias de cintura para abajo, que decía don Ramiro de Maeztu. Adulterios, líos, ligues, espionajes domésticos y hasta muertes extrañas, culpas compartidas, crímenes ambiguos. Precisamente la ambigüedad moral emparienta esta «historia de una chica mala» con las de escritoras como Dorothy Parker. Como ella, ve a Carmen Posadas la vacilación de la realidad, el tema de lo real y lo aparente, el problema moral de la inacción o la omisión, que es el tema central de esta historia; y también la irremediable fuerza del discurso, la fuerza de la palabra, hablada, pero sobre todo, escrita. Y la pesada carga del silencio. Y la dificultad esencial de la percepción de la verdad, de la verdadera verdad. Desde esta vía, no salva Posadas a sus personajes, pero tampoco los condena: sencillamente están ahí, en su incertidumbre, en su incomunicabilidad, en sus señales ciegas ¿Quién podría juzgarlos? Nadie. Nadie en absoluto.

EL PAÍS
Rosa Pereda

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