Cinco moscas azules. ABC literario

Con la esperanza de que «lean mi novela y me juzguen a partir de ahí», presenta su nuevo libro Carmen Posadas (Montevideo, 1953) en la entrevista realizada por Maria Luisa Blanco que acompaña la edición de Cinco Moscas Azules, amparada también por un texto analítico de Manuel Vázquez Montalbán. La autora cuenta con amplia experiencia en el campo infantil, desde comienzos de los ochenta. Ha publicado libros sobre temas de actualidad, como Yuppies, jet set, la movida y otras especies (1987) y, entre otros trabajos (guiones de cine y televisión, comedias musicales), ha reunido 11 cuentos en Mi hermano Salvador y otras historias (1990). Con Cinco moscas azules, Posadas se adentra en los dominios de la novela extensa, aborda su cometido con ambición —por lo cual tiene todo el derecho de ser leída y valorada en su estricta dimensión literaria—, logra algunos aciertos en la visión crítica de un sector social que ella conoce bien y comete los errores propios de quien se propone llevar a cabo un ajuste de cuentas con su entorno sin el distanciamiento necesario sin dominar de modo suficiente los entresijos técnicos de la novela.
Lo mejor de Cinco moscas azules está en la creación de una estructura policíaca al cabo de la cual termina por desvelarse un crimen presente y otro pasado. Esta construcción detectivesca trazada en la línea de Agatha Christie —por su localización en un lujoso espacio cerrado y con pocos personajes, aunque sin reunión final de los mismos para el esclarecimiento definitivo— descansa en la figura de un escéptico aristócrata arruinado, homosexual, que ha decidido suicidarse después de pasar unos días de lujo y placer en un solitario hotel de Marruecos. Allí coinciden algunos famosos encumbrados en la sociedad española de los últimos lustros quienes, queriendo correr sus aventuras en secreto, acaban por cruzarse en los mismos escondites. Las cinco moscas azules son una viuda reciente cuyo marido murió en circunstancias oscuras, dos personajes conocidos de la pomada social madrileña y sus respectivas amantes rubias clónicas. Y la trama detectivesca de la novela sirve de trampolín para poner en solfa la frivolidad y estupidez de estas gentes de un grupo social arribista que triunfa por fuera (fama, belleza, dinero, poder) al tiempo que se llena de vacío por dentro. La visión de la autora adopta como actitud dominante la ironía y el humor, emplea la parodia (incluso en los vicios fonéticos de tales bustos parlantes) y llega con frecuencia al sarcasmo y a la deformación esperpéntica que convierte a estos fatuos del chismorreo en «rata», «serpiente», y «pollo a medio desplumar», o en «gata», «cerebro de mosquito», y «patito enlodado». Ejemplo extremo de esta inclemente visión deformada es el afamado periodista que ejerce de Savonarola justiciero de los vicios y escándalos sociales poniendo el cotilleo y la especulación interesada al servicio de sus afanes de crear y dirigir la opinión del pueblo a costa de desenterrar miserias humanas.
Estructura política y sátira social de la llamada gente guapa con sus habladurías, envidias, superficialidades y líos de cama constituyen, pues, lo más afortunado de esta novela extensa con intriga que al final acierta a huir del maniqueísmo. Pero esto sólo se manifiesta en las últimas páginas. Antes la autora no ha sabido guardar la distancia necesaria con el narrador, forzando su visión y cayendo en la simplificación y el maniqueísmo contrarios a la pretendida complejidad psicológica de los personajes. Hay bastante descontrol en el manejo de de perspectivas complementarias en la relación de los mismos sucesos por el narrador externo y por el escéptico Molinet ayudado por su sobrina y la viuda rica. Tampoco está del todo bien ajustado el tiempo interno de la novela cuyo presente narrativo podría llevarse, de modo confuso, hasta 1997. Falta un criterio más selectivo en la depuración de materiales y en su integración. Muchos aparecen yuxtapuestos, por lo cual narración y reflexión discurren en paralelo, y la crítica que se pretende no emana de lo novelado que sino que se añade sin justificación intrínseca. Quizá por eso el estilo carece de tensión. Y hay excesivo didactismo en el deseo de explicarse y de aleccionar al lector con simuladas disquisiciones sobre la narración en la más rancia técnica decimonónica de novelar.

ABC
Ángel Basanta

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