Carmen Posadas: una feria de vanidades en el siglo XXI

La autora, que conoce de primera mano el ambiente de frivolidad y el glamour de la clase acomodada, la retrata con ironía y sin piedad.

Detrás de una mujer emblema del glamour, seducción, clase alta y tapa de las revista del corazón hay una trepadora que se decidió a brillar. Un conjunto de tres mujeres, abuela, madre e hija sostienen ese cometido: esos son los hilos de “La maestra de títeres” (Espasa), nueva novela de Carmen Posadas. Posadas, cuyo padre diplomático la llevó a nacer en Uruguay, forma parte de esa high class española que retrata la obra. Lleva publicadas 12 novelas, 15 libros para chicos, ensayos, relatos, guiones de cine y de TV. En su breve visita a Buenos Aires dialogamos con ella.
Periodista: ¿Su novela es una indagación en el círculo rojo?Carmen Posadas: Hace dos años releí “La feria de las vanidades” de William Thackeray, novela que me había encantado de chica, con esa historia de dos mujeres tan distintas. Una ambiciosa, fría, calculadora, de extracción humilde, que no tiene siquiera mucha formación pero sabe convertirse en un personaje en la corte del rey de Inglaterra. Y la otra que es todo lo contrario, idealista, comprometida, romántica. Entrecruzar sus historias le sirvió a Thackeray para contar la historia de casi 60 años de la vida de Inglaterra. Pensé: si hiciera ese mismo ejercicio hoy, ¿de dónde saldría mi avispada Becky Sharp? De la tapa de una revista de chismes de la farándula. Muchas de ellas no tienen formación alguna, provienen de sectores bajos, algunas ni siquiera son muy monas, pero saben volverse personajes. Si se piensa: ¿qué ha hecho?, ¿por qué es famosa?, ¿cuál es su mérito? Se ve que encarnan la banalidad actual. Ya tenía mi protagonista, ahora necesitaba su amiga, la que en la novela del XIX era la heroína, la chica buena. En vez de amigas las hice madre e hija para poder contar tres etapas de la historia de España: la gris posguerra, que no lo era tanto; la transición, que convierte el país en blanco y negro en uno en tecnicolor, que descubre el sexo, la libertad, y el presente.

P.: Pero su novela no es “sin héroes”, como había dicho Thackeray; Beatriz Calanda es una astuta “heroína” de nuestro tiempo.

C.P.: Al fin y al cabo es una sobreviviente. Lo que antes podía considerarse un arribismo espantoso, hoy es la norma. Y encima la gente admira eso. Degluten la vida que ofrecen. Y ellas lo cuentan todo. Sabemos qué desayunan, el nombre de sus muchos maridos, y con quién tuvo cada uno de sus hijos. Han construido su personaje y, salvo algunos datos, todo es mentira. Me gustaba averiguar qué hay detrás de esos seres que van del exhibicionismo al secretismo, porque conecta lo que hoy es la posverdad. Ellas fabrican su verdad. Esto me permitía contar la entretenida historia de una mujer destinada a brillar y como logra instalarse en la alta sociedad. Y que, a la vez, los lectores más cómplices encuentren una sátira social, un retrato irónico de ciertas conductas, algunos guiños no siempre críticos. No hago caricatura, muestro luces y sombras, lo estupendo y lo bastardo.

P.: Su protagonista remite a una “socialite” de la revista “Hola” cuyas parejas han sido Julio Iglesias, el marqués de Griñón, un banquero y últimamente el Nobel Vargas Llosa.

C.P.: Cuando en España se piensa en un personaje de revistas del corazón, el primer nombre que aparece es Isabel Preysler. He tomado elementos suyos, pero también de otras señoras de estas características. Los escritores nos parecemos a Jack el Destripador, de distintas personas tomamos lo que nos interesa. De ella he tomado los maridos, de otra sus circunstancias personales, de otra su aspecto físico, y así surgió Beatriz Calanda. Para sentirme libre no me ciño a nadie en concreto. Últimamente los editores parecieran buscar que los personajes sean buenos, simpáticos y que terminen bien. Si son chicas de otro tiempo o mancilladas o feministas. Todo muy aburrido. Pero por favor, si Macbeth era un criminal, Otelo un maltratador, Emma Bovary una imbécil. Todos horrendos. Siguiendo el pedido de la moda convencional, a mi protagonista la tenía que salvar, y para hacerlo se me ocurrió que debía cambiar de género literario.

P.: ¿Su novela se vuelven de suspenso, historia tipo Hitchcock?

C.P.: No sé si tanto. Pero acaso el lector al llegar al final tenga ganas de volver a leerla. Levantará la vista y pensará: no conviene creer que se manejan todos los hilos. Una vez más, nada es lo que parece. Como en los espejos enfrentados habrá reflejos que serán reflejos de reflejos, como en “La dama de Shanghai” de Orson Wells.

P.: Otro atractivo está en los cameos, en las figuras famosas que pasan por “La maestra de títeres”, y la posibilidad de leerla como una “novela en clave”.

C.P.: No siempre es así, pero hay cosas ciertas. Por caso en los tiempos de Franco, en donde la religión tenía un peso enorme y la moralidad era emblema, por debajo de ese manto de respetabilidad pasaba de todo, las juergas eran épicas y los adulterios brutales, y en las fiestas se mezclaban Lola Flores, Luis Miguel Dominguín y el Cardenal Primado de Toledo junto a los más variopintos. Tuve que documentarme mucho. Tenía que ser estricta verdad si decía que Jorge Semprún, el hombre más buscado de España, ese Federico Sánchez que perseguía la policía porque iba a hacer resurgir el Partido Comunista, se pasaba la mañana en una cafetería de la Gran Vía tomándose un nada proletario Negroni con Juan Goytisolo, y nadie lo detuvo. Franco tenía cierta tolerancia con señoritos comunistas de la clase alta.

P.: ¿En qué está ahora?

C.P.: Si estoy trabajando en una novela no me muevo de Madrid el tiempo que me lleve. Cuando saco una novela me dedico a viajar, a dar conferencias, a hacer presentaciones. En ese tiempo no escribo, sólo mantengo las colaboraciones en prensa. Leo mucho, busco estímulos para el nuevo libro. Tengo dos o tres ideítas que las estoy regando para ver cuál germina.

>> Leer la entrevista en ambito.com<<

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