Carmen Posadas, sencillez y elegancia en altas dosis.

Cuando le preguntan a Carmen Posadas con qué personaje de su último libro, “El testigo invisible”, se siente más identificada, no duda en contestar que con Alejandra, la zarina, “por su enorme timidez. Le daba corte saludar a la gente y pensaban que era altanera, una petarda y una estúpida. Y sólo era tímida”.

Estoy segura de que a ella la han juzgado en más de una ocasión bajo el estigma de su belleza y del triunfo profesional que ha conseguido en las últimas décadas. Se le nota en la mirada. En el don de gentes y en el carisma, forjado a base de tesón y tiempo. Pero sobre todo, en una especie de rumor subterráneo que resuena en ella y que es propio de las personas que no se acostumbran del todo a que las cosas les vayan tan bien. Y eso las hace más fuertes.

Carmen Posadas es tímida y cercana. Sencilla y elegante a más no poder. Amable, camaleónica y empática. Abre una puerta al entonar su voz, cálida y acogedora. Y hay en ella un punto de frescura infantil, propio de todo aquel que no ha dejado de asombrarse frente al mundo. Esa es probablemente la fuente de su inagotable belleza. La belleza física, que se ve a la legua, y la interior, la que intuimos en su obra y que desprende en las distancias cortas.

La Posadas (así, como las divas, en plan “La Callas”, o “La Loren”), participó por segunda vez hace unos días en el Club de Lectura de Diario de Navarra y se metió a todo el auditorio en el bolsillo. Lo hizo siendo simplemente ella. Sin alardes ni retórica. Altas dosis de sencillez y elegancia. En dos días se habían agotado las cerca de cien invitaciones puestas a disposición del público. Los lectores se acercaron a la biblioteca de Diario de Navarra en la calle zapatería dispuestos a conocerla y a compartir con ella impresiones. Y creo que salieron de allí seducidos y convencidos de haber tenido delante durante algo más de una hora, a una escritora de primera.

En el encuentro con los lectores se le planteó una pregunta que ya a veces hasta aburre: “¿existe una literatura femenina?”. A lo que Carmen contestó amable y serena, que no, que probablemente existen maneras de escribir y de reflejar la vida, independientemente del género de quien escribe. Añadió que ésta era una pregunta que lleva habitualmente preparada porque se la hacen siempre. Además, dijo “dudo que a un hombre escritor le hagan una y otra vez la pregunta de si existe una literatura masculina”.

Me planteo al recordarlo si una escritora por ser mujer y más aún por ser bella debe probar doblemente su talento. Creo sinceramente que el éxito de Carmen Posadas radica , más allá de sus capacidades literarias, en su forma de estar en el mundo: tenaz, curiosa e interesada. Es esa curiosidad la que la ha llevado a indagar en la variedad de géneros de la que hace gala su trayectoria narrativa. Con la misma profesionalidad ha abordado un libro dirigido al público infantil, que un ensayo, que una biografía, que una novela policiaca o una histórica, como la última titulada “El testigo invisible” y en la que revive los últimos días de la familia real rusa, antes de su trágico asesinato.

Un escritor se define en sus libros, pero sobre todo en sus gestos. Hace dos años, la primera vez que Carmen visitó el Club de lectura de Diario de Navarra nos dejó escrita una dedicatoria a la mexicana en la que decía que quería “Volver, volver, volver”. Esta vez ha cumplido uno de los deseos, pero como si yo fuese el genio de la lámpara de Aladino, ya le he dicho que le guardamos dos más al menos. Y que la esperamos. “Hasta muy pronto, hasta muy pronto, hasta muy pronto, Carmen”.

fuente: blogs.diariodenavarra.es

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