Carmen Posadas, en su fin de semana perfecto

Cuando está en Londres, pasa los días con sus dos hijas y sus cinco nietos. Desayuna una tostada con mantequilla y Bovril. Si se queda en Madrid, teclea dos páginas de espaldas a la ventana y se escapa al cine en versión original.

“En mi sábado perfecto me levanto temprano, tipo ocho, en la segunda planta del Belmond Cadogan Hotel de Londres. En su día fue la casa de Lillie Langtry, actriz británica amiga de Oscar Wilde, uno de mis autores favoritos y fuente inagotable de inspiración para mis novelas. Ya se puede morir quien sea que nunca, bajo ningún concepto, me salto mis 15 minutos de tabla de gimnasio. Después desayuno en el restaurante del hotel un té earl grey, un tazón de cereales y una tostada con mantequilla y Bovril.

Si el día se anuncia soleado, me llevo a mis cinco nietos de paseo por la ciudad. Empezamos por el Museo de Historia Natural de South Kensington, en cuyo hall se exhibe el esqueleto de una ballena azul gigante. Después visitamos la Torre de Londres, jugamos a reconocer las figuras de cera de Madame Tussauds y nos dejamos caer por The London Dungeon, donde actores disfrazados representan el pasado más macabro de la ciudad. Me hace gracia que la inocencia de los niños no les impida disfrutar de las historias de terror. Luego comemos juntos en Margot, el mejor italiano de Covent Garden. Pido Penne arrabiata con vino blanco (albariño, a ser posible) y dejo a mis hijas (Sofía y Jimena) a cargo de los postres para la troupe mientras voy a pasear por Carnaby Street para documentar algunos pasajes de la novela que estoy escribiendo y recordar aquellos gloriosos 70 en los que me creía hippy, tenía muchos novios y compraba trapitos en la mítica Biba. Por la tarde, me escapo con mis hijas a ver una función de El rey Lear en el Shakespeare’s Globe. Tengo muchas ganas de ver la producción de Nancy Meckler, de la que se han escrito muy buenas críticas. Cenamos las tres en Harry’s Bar, en Audley Street, una especie de club privado que frecuentaba cuando era joven. Como colofón a un día redondo, pido un cóctel Bellini de champán y melocotón. Por los viejos tiempos.

El domingo me toca trabajar. Me encierro en mi casa de Madrid, frente al Teatro de la Zarzuela, cuatro o cinco horas. Acostumbro a trabajar de espaldas a la ventana para evitar la tentación de salir a la calle. Aprovecho también para leer un poco. El último libro que he devorado ha sido De animales a dioses (ed. Sapiens) de Yuval Noah Harari. Como me he portado bien y he escrito dos páginas (¡un exitazo!), me permito caminar un rato por el Rastro. Después, comparto mantel y conversación con mi amigo Fernando Marías, que vive por el barrio. Bernardo, mi contrario, me acompaña al cine, siempre en versión original. Vemos La reina Victoria y Abdul en los Cines Conde Duque y comentamos la jugada en el taxi, camino del hotel Santo Mauro, donde cenamos algo ligero y brindamos por un nuevo proyecto con un par de gin-tonic.”

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