Carmen Posadas desvela su cocina literaria en Sigüenza

A sus muchos atractivos (la catedral con su Doncel, el castillo reconvertido en Parador, el paisaje…) Sigüenza acaba de añadir las veladas literarias -organizadas en el Parador por su director, José María Pérez-Reverte y el Director de Comunicación de Paradores, Ramón Ongil– que han alcanzado ya siete ediciones. Cada mes, un viernes por la noche, un escritor, espoleado por Ramón Ongil, habla de su obra, su cocina literaria, incluso de aspectos personales, ante quienes acudan a la velada. La charla se prolonga, con participación del público -entre el que siempre hay jóvenes estudiantes de Sigüenza-, en la cena que se celebra a continuación.

Los pasados meses han estado en el Parador de Sigüenza Juan Eslava Galán, Juan Gómez Jurado, Lorenzo Silva, Marta Robles, Javier Sierra y Santiago Postiguillo. El pasado viernes le tocó el turno a Carmen Posadas. Buena parte de la charla se centró en su novela más reciente, La hija de Cayetana (Planeta). La Cayetana del título es la duquesa de Alba, pero no la de estos años -aunque también era bailona y se ponía el mundo por montera-, sino la que retrató Goya.

Una mujer que no podía tener hijos; con ella se extingue, de hecho, la Casa de Alba de los originarios Álvarez de Toledo. Así que la hija era en realidad una pequeña esclava que alguien le regaló. Porque en el siglo XVIII había esclavos en España, gente de placer como los enanos y bufones que, un siglo antes, pinto Velázquez y que estudió Moreno Villa.

Como el encuentro tiene por objeto entrar en la intimidad literaria, y algo también de la personal, del autor invitado, Carmen Posadas contó el chispazo que dio origen a su novela. Tras conocer la anécdota a través de una amiga, la deducción inmediata era: si a la duquesa le regalan una niña es que a otra mujer se la han robado. La novela sería -y es- así la historia alternada y entrelazada de las dos madres, dos historias que acaban confluyendo.

Carmen Posadas se confiesa escritora de brújula y no de mapa, según la terminología de Javier Marías; o ciega en vez de coja, según la suya. Los primeros son los que tienen, a modo de mapa o de muletas, fichas, esquemas, etcétera, al empezar a escribir. Los segundos avanzan a ciegas y no saben qué va a pasar con sus personajes

Reconoce también paladinamente que no disfruta escribiendo o que el plagio es utilísimo (entiéndase el punto de ironía), ella lo practica copiando recursos de las telenovelas. Y afirma que para escribir no hay más remedio que ejercer una disciplina de oficinista, que nada hay tan difícil como escribir escenas de sexo, que en este oficio no hay que hacer caso al corazón ni a la cabeza, sino al estómago, que siempre tiene razón; que para ser escritor hacen falta dos cosas: haber leído y ser curioso; que si se consigue retener la atención de un niño (ella ha escrito mucho para ellos), se conseguirá con los adultos.

Además, no soporta las novelas en las que todos los personajes hablan igual, y se reconoce incapaz para la poesía por su desconocimiento de la métrica. Y no aconseja, les dijo a los adolescentes, dedicarse a la escritura, un campo en el que no triunfan los más inteligentes y nadie sabe por qué tienen éxito los libros que lo tienen.

Para las próximas veladas literarias de Sigüenza, y a falta de rellenar algunos meses, se espera a Sonsoles Ónega, Antonio Pérez Henares, Javier Marías, Rosa Montero, Reyes Monforte y, ya cuando el año se acerque a su fin (pero el invierno es un momento excelente para un plan de castillo y chimenea), María Dueñas, la escritora que, seguro que sin proponérselo, ha dado un título, El tiempo entre costuras, que es una buena metáfora para ciertas coyunturas políticas.

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