Cadena de favores

Como bien sabemos, internet es uno de los más fieles reflejos de la naturaleza humana que existen. En él (¿o internet será ella?) bueno, digamos que ahí se puede encontrar lo más abyecto, bajo y ruin de nuestra forma de ser, pero también extraordinarias manifestaciones de altruismo y generosidad. Un buen ejemplo de esto último es una iniciativa que se ha puesto en marcha hace unos meses y que consiste en ofrecer favores de todo tipo. Así, quien visite la página http://cadenadefavores.wordpress.com encontrará una larga lista de personas que ponen a disposición de otras toda clase de cosas. Hay quien ofrece, por ejemplo, muebles o cochecitos de bebé usados y hasta quien regala un automóvil viejo. Otros, como estudiantes de peluquería o fisioterapia, regalan sus servicios para practicar. Hay personas que publican listas de lugares donde se puede encontrar ropa proveniente de catálogos de moda a precios de risa y, por supuesto, no faltan quienes ofrecen cachorros o animales de compañía con la única condición de se les acoja con cariño. Pero lo más curioso de esta cadena de favores es que está prohibido reclamar nada a cambio y esto es lo que ha llamado mi atención. No precisamente por el desprendimiento que implica (que también) sino por la gran inteligencia que demuestra. Porque lo cierto es que cuando uno da esperando recibir algo a cambio, lo mas probable es que se sienta un tanto estafado. Y es que, inevitablemente, uno tiende a creer que su “favor” es mucho mejor que lo que pueda recibir en compensación. Por el contrario, cuando no se espera nada, una misteriosa dinámica de las cosas hace que quien da, tarde o temprano, sea retribuido –y con creces– por otro lado. Las personas religiosas suelen ver en esto una mano divina que incluso algunos lo relacionan con la llamada la comunión de los santos. Como ya les he contado en alguna ocasión, yo soy bastante pía, pero en este caso creo que la explicación corresponde a fenómenos bastante menos sobrenaturales. En 1995 Francis Fukuyama, autor de la archifamosa teoría del fin de la historia, escribió un libro llamado Trust: la confianza, que levantó menos revuelo que su polémica teoría, pero que ha resultado mucho más certero. En él se explica que hay dos características que son comunes a las sociedades que más prosperan. Una es que cuando los dirigentes no dan jota con pelota con sus recetas para crear bienestar, la sociedad espontáneamente genera iniciativas que favorecen el bien común. La segunda es que estas iniciativas se basan en la confianza. En otras palabras, y en el caso que nos ocupa, se trata de no recelar ni cicatear, y eso acaba creando una nueva tendencia o, lo que es lo mismo, una moda. Y ya saben ustedes el enorme poder que, para mal y para bien, tiene esta palabreja. Moda, según el diccionario, significa “lo que más se lleva” y si lo que más se lleva es ser desprendido, altruista y hacer el bien sin mirar a quien, al final todo el mundo sale favorecido. Por eso me ha gustado tanto saber que en este otoño tenebroso que comienza con el fantasma de la recesión y la estulticia de la clase política reinando en nuestras vidas, existen iniciativas espontáneas que nos permiten mantener la esperanza. Se dice siempre que los momentos difíciles son los que dan la medida de lo que es cada persona y lo mismo puede decirse de la sociedad en su conjunto. Porque al igual que en las épocas de bonanza –como ya hemos tenido ocasión de comprobar– florece la frivolidad más imbécil, el egoísmo infantil y el me cachis qué guapo soy, ahora con las vacas flacas ocurrirá todo lo contrario. Y es que, con un poco de suerte, se pondrá en marcha ese fenómeno misterioso al que aludía y que hemos convenido en llamar moda y que muy poco tiene que ver, en realidad, con el largo de las faldas. Tiene que ver con la imitación, con las ganas de ser o de aparentar y, en último término, con la actitud que conviene adoptar para ser aceptado por los demás. Por eso a mí esta iniciativa de internet que antes les comentaba me parece todo un símbolo de cómo, por fin, empiezan a cambiar las modas… y los modos. A Dios gracias.

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