articulos de Carmen Posadas
El Efecto Mirón

La policía llama efecto mirón a ese fenómeno que se produce tras un accidente de tráfico cuando el resto de conductores aminora la marcha con ánimo de ver a los heridos y también a los muertos. Por lo visto, todos somos víctimas potenciales de ese efecto que, en principio, puede relacionarse con un deseo de ayudar a los accidentados pero que no siempre es así, puesto que se produce igualmente (o incluso más) cuando ya los heridos están al cuidado de los servicios médicos. ¿Qué es lo que hace que personas como usted y como yo se sientan atraídas por la visión de algo tan terrible? ¿A qué se debe que el dolor o la adversidad ajena se convierta tan fácilmente en espectáculo y cuál es la irresistible atracción de lo horrendo? Doctores tiene la Iglesia y supongo que el fenómeno estará más que estudiado desde el punto de vista psicológico, pero no es exactamente de este efecto mirón del que quiero hablarles hoy sino de otro similar y aún más extendido. Me refiero a la atracción que ejerce en nuestras vidas la llamada telebasura. Con la telebasura ocurre como con tantas otras cosas pelín vergonzosas: nadie reconoce consumirla. Si hacemos caso de lo que cuenta la gente en entrevistas públicas o en comentarios en la calle, aquí todo el mundo es espectador del canal historia, de los documentales de focas o del canal cocina. Mentira podrida, claro. Los programas más vistos son esos engendros que todos conocemos y que no vale la pena enumerar aquí. Yo, que llevo años dedicada a la inacabable tarea de tratar de descifrar mi lado oscuro y mis pulsiones más bajas, creo que sé, en mi caso, a qué se debe la atracción. He de explicar, antes que nada, que hay cierto tipo de bazofia televisiva que pese a todo no soy capaz de consumir. Odio los Gran Hermano en todas sus modalidades, también las Operaciones Triunfo en las suyas y se me atragantan bastante los realities en los que la gente ventea sus miserias sexuales y cosas así. En cambio, no puedo resistir quedarme enganchada varios minutos cuando veo a dos pseudo periodistas discutir sobre los novios / infidelidades / traiciones / etcétera de ciertos famosos por los que no siento interés alguno. ¿Y qué hace que me quede ahí atrapada como una mosca en tan pegajosa telaraña oyendo hablar de gente que me importa un rábano? Mi conclusión es que se trata del antes mencionado efecto mirón, en otras palabras, de la atracción de lo horrendo. A diferencia de los pesimistas irredentos que piensan que el ser humano no tiene arreglo, a diferencia también de los optimistas irreductibles que creen que somos unos seres miríficos y buenísimos, yo creo que somos las dos cosas a la vez. Abyectos y maravillosos, capaces de lo más sublime y también de lo más infame. De ahí que nos sintamos atraídos tanto por lo bello como por lo abominable, por una grandiosa puesta de sol y por el más desagradable de los espectáculos como puede ser un cuerpo mutilado en una cuneta o dos papanatas discutiendo sobre las capacidades amatorias de Ana Obregón. Por eso pienso que es una falacia ese argumento de que la telebazofia existe porque es lo que el público quiere ver. Ese público, al que tanto menosprecian, consumiría iguales cantidades de horas televisivas si le ofrecieran programas de gran calidad como demuestran, por cierto, los shares que alcanzan varias series que se emiten ahora en un par de cadenas. Creo que así como todos llevamos dentro un voyeur, una marujona y hasta un sadomaso, si me apuran, también llevamos un artista, un poeta y un samaritano. De ahí la responsabilidad de los que hacen las programaciones de no servirse solo de nuestro lado oscuro para hace sus productos televisivos. El verdadero problema de los contenidos en televisión no es que la gente sea tonta y cotilla y por eso le dan lo que pide. El problema es que es mucho más barato invitar a un famosillo para que cuente los secretos de su entrepierna (aunque le paguen un pastón) que producir una serie televisiva de calidad. De ahí el éxito del efecto mirón. La culpa de todo: el maldito parné, como siempre.

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  Comentarios
Ricardo Texidó Medina - 22/07/2009
Hola Carmen.
Con un poquito de tiempo en medio de la vorágine del verano me dispongo a comentar tu acertado artículo.

Estoy de acuerdo con tu aseveración sobre los contenidos de televisión pero claro, cada uno es libre de ver lo que quiere. Y te aseguro que cada vez hay más opciones para eludir la tele-basura donde no hace falta que salga ningún famosillo creado por la propia tele, sin ningún interés ni transcendencia sino que 5 pseudo-periodistas pueden acaparar horas dias y años de emisión con tonterías, patrañas y friboludeces de aupa.
Y a mi con la edad, el filtro de los recuerdos se me va emborronando y me hace creer que en otros tiempos, se difundía más cultura , espectáculo y entretenimiento sin maldad, aunque tambien no olvido la desinformación y la falta de libertad.

Lo que está claro es que el poder de la tele es infinito, o era Dios? y ahora es el baluarte de la anticultura de la paparrucha, el descalificativo, la mentira, la mala educación ya que somos imitadores y si los jovenes ven esos programas con su familia su manera de comunicarse será de manera estentoréa, a gritos e interrumpiéndose constántemente y con insultos.O sea un acopio de esos "grandes valores morales, educativos y cientificos con los que nos recrean ciertos programas de la generación del bienestar imbecil"
.
Vuelvo a repetir a la plebe" Pan Y circo" aún en democracia!!!

El dinero ayuda pero hace falta imaginación y gusto para mejorar y enriquecer la oferta televisiva, seguramente no tienen tiempo sus jerifaltes entre tanta fiesta de lujo, reunión de millonarios y capital fácil.
Así que,

cada cual que aguante su vela!!!

Amor, cultura, ciencia y salud mental y física para todos.
José - 17/07/2009
Ojala y fuera verdad, lo que al final dices, que todo es cuestión de pasta. Supongo que sí. Si tú lo dices…. Bastante mejor es que lo crea, pero a mí, que prefiero siempre ponerme al lado de lo pesimista, cuando de superación se trata, me da que hay algo más que eso. Me da, que, aparte lo económico, hay una enorme desvalorización por lo bien hecho y por la dignidad profesional. Y esto no se nota solo en la pantalla, sino que es la sociedad, casi en su conjunto, que está sumida en el afecto a lo mediocre, lo menos forzado, lo más rápido, y donde la cabeza no sufra mucho por pensar demasiado. A mí me da. Pero, como digo, ojala y tú tengas razón y sólo sea el parné. Siendo así, aún se mantiene viva la esperanza.
“Mentira podrida”. Me encanta y me hace mucha gracia cuando te escucho esas palabras. Te hace bonita.
José - 17/07/2009
Ojala y fuera verdad, lo que al final dices, que todo es cuestión de pasta. Supongo que sí. Si tú lo dices…. Bastante mejor es que lo crea, pero a mí, que prefiero siempre ponerme al lado de lo pesimista, cuando de superación se trata, me da que hay algo más que eso. Me da, que, aparte lo económico, hay una enorme desvalorización por lo bien hecho y por la dignidad profesional. Y esto no se nota solo en la pantalla, sino que es la sociedad, casi en su conjunto, que está sumida en el afecto a lo mediocre, lo menos forzado, lo más rápido, y donde la cabeza no sufra mucho por pensar demasiado. A mí me da. Pero, como digo, ojala y tú tengas razón y sólo sea el parné. Siendo así, aún se mantiene viva la esperanza.
“Mentira podrida”. Me encanta y me hace mucha gracia cuando te escucho esas palabras. Te hace bonita.
Elena - 17/07/2009
Cada uno tiene su parte oscura. La mía no se ve colmada con los accidentes de tráfico o los mareos de golpe de calor de los transeuntes (me pararia a ayudar si se necesitara, pero no a mirar), porque siempre pienso que a ver si la que se va a pegar un trompazo por fisgona, voy a ser yo. Operación Triunfo me hace pensar en ilusiones rotas: no me gusta. El Gran Hermano, en gente muy falta de autoestima: tampoco me gusta. Y los programas de "la entraña" (término que alguien acuñó por describir mejor su temática) me ponen nerviosísima, no puedo verlos. Porque llevo toda mi vida intentando ponerme por encima de las circunstancias que de otro modo me habrían arrollado: no quiero mirar accidentes, porque no quiero tenerlos, ni ver a nadie luchar vanamente por sus ilusiones, porque algunas mías se perdieron y más de una vez me bebí una copa de más, dije una palabra de más, o me exhibí buscando un reconocimiento de otro, que con el tiempo comprendí que hubiera debido procurarme de mí misma antes. No me elevo como embajadora del buen gusto y el talento, sino como persona sensata.
Mi "yo oscuro" se entretiene de mejor humor con el superhéroe, que en las pelis y literatura modernas es el "psicópata selectivo": cómo me gusta ver a Dexter dar a los perversos un final a su medida, a Lisbeth Salander ajustar cuentas con los inmorales. Me gusta ver cómo el malo cae de rodillas, esa justicia primitiva que no admite reducciones de condena, buena conducta o atenuantes. Mi lado oscuro es un lado apocalíptico, que quiere que el malo apure el cáliz. Y no, no me enorgullece mi lado oscuro, porque inevitable como es (no hay luz sin oscuridad), me recuerda mis carencias, mis miedos y mis miserias. Tal vez por eso nadie reconoce que le guste la telebasura, porque presume de gourmet y abre luego la nevera para mostrar un yogurt caducado..
Balayer - 17/07/2009
Difícil teorizar sobre conductas y pautas sociales, sin juicio de discernimiento entre el ser (sein) y el deber ser (söllen). No siempre nuestro criterio es válido, único, justo o acertado. Predicar con el ejemplo, si nadie admite ver ciertos programas con efecto mirón (voyeur) nunca serían emitidos ni se mantendría en pantalla. La curiosidad es innata al ser humano, el super-espía ya es anormal o no.
Antoine - 17/07/2009
Abrumadora publicidad, vida íntima o afectiva, revelaciones personales o amatorias, hijos ocultos o parejas atípicas o dispares, todo vale. Lo importante es captar audiencia, intrigar al televidente. Será aleccionador, educativo, cultural, formativo u otro sonónimo de positivo para el ser humano destapar los tejados como el diablo cojuelo para fisgar la vida y milagros de nuestros semejantes, además... incultos.
Greffier - 17/07/2009
Artistas, poetas, samaritanos, sadomasoquistas, cotillas o aburridos de su propia vida, con angutia vital y crisis de identidad. Deben ser ciertos famosillos nuestro espejo, ejemplo a seguir, modelo de conducta. Los pseudofamosos, son pobres diablos, psicópatas con afán de notoriedad, napoleones o "pompeyos", ansiosos de la fama o noticia pública e instantánea, ansiosos del vil metal. Parodia o emulación. No es lo mismo un famoso Abogado que un famoso que además, a tiempo parcial, sin vocación ni formación es Licenciado en Derecho. Otro tanto sucede en otras profesiones liberales, políticos...
Antonio Escribano Escobar - 17/07/2009
Nadie está exento del efecto mirón, de la curiosidad morbosa, de la mirada del otro, control de la vida de otros, espionaje sensorial, visual y auditivo. Sin embargo, la adicción o habitualidad "voyeur" podría encubrir una psicopatía, desviación de conducta o parafilia, como autoestímulo por lo ajeno. ¿Es nuestra vida tan pobre y tan aburrida que tenemos que dedicar gran parte de nuestro tiempo a estos menesteres tan inútiles?.
susana - 16/07/2009
Creo que es un síntoma más de la sociedad en que vivimos que premia lo fácil, lo inmediato y desprecia aquello que requiere más esfuerzo. Yo también pico de vez en cuando. Un saludo.
www.sigoacontracorriente.blogia.com
Josu Hormaetxea - 15/07/2009
Bravo, Carmen:
Llevo muchos años en mi oficina clamando (con escaso éxito) contra Gran Hermanos y Operaciones Triunfo. También contra esos programillas que se nutren de las infidelidades de los y las pedorras de turno, con perdón. Y tienes razón, no es cierto que el éxito de esa bazofia sea porque que el espectador lo pide; recuerdo perfectamente La Clave, con José Luis Balbín, que me atraía como a esa mosca que dices tú. ¡Qué calidad tenía aquella ronda de diferentes opiniones! (y cómo la echo en falta hoy). Por no hablar de Estudio-1 o el programa de Rodríguez de la Fuente. Veíamos lo que había, así de claro. Que no se escuden en que emiten lo que pide la gente. Encima vaya morro le echan...
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