articulos de Carmen Posadas
Ela, Jaime y yo

Desde hace meses tenía ganas de escribir un artículo contándoles mi experiencia como abuela. Jaime, mi nieto, está a punto de cumplir un año y si no he hablado hasta ahora de él es porque necesitaba tener un poco más de perspectiva. Para empezar teníamos que conocernos. Lo que quiero decir es que nunca he entendido esos amores instantáneos que siente la gente, abracadabra, en cuanto nace un niño. Ya me pasó con mis hijas. Por supuesto su nacimiento significó una gran alegría y una enorme ilusión, pero mi amor por ellas fue conformándose con cada sonrisa, con cada experiencia compartida, con cada descubrimiento de su personalidad. Como tuve a mis hijas con veinte años, hubo muchos detalles en los que no reparé cuando fui madre y que ahora me asombran como abuela. El hecho, por ejemplo, de que hay niños que tienen muy definido su carácter desde los primeros días de vida. Jaime, desde el primer minuto, demostró ser extremadamente sociable; le encanta la gente y sabe cómo ganársela con un arte que ya querría yo para mí que llevo cincuenta años tratando de aprender tan útil estratagema. También su nacimiento me ha hecho reflexionar sobre los cambios de actitud que ha habido en esto de la abuelez. Recuerdo que cuando nacieron mis hijas, mi madre y sus amigas tenían una actitud diferente de la que tenemos las abuelas de hoy. No es que no quisieran a sus nietos o se ocuparan menos de ellos, muy al contrario, pero me da la impresión de que el hecho de convertirse en abuela significaba para ellas el fin de la juventud. Tal vez por eso, para conjurar tan incómodo fantasma, todas las de aquella generación se hacían llamar cualquier cosa menos “abuela”. Se recurría bien a apelativos en otro idioma o sustitutivas y así se convertían en oma o en amatxu, eso por lo hablar de la horripilante “yaya”. A las de mi generación, en cambio, no nos importa que nos llamen abuela con todas las letras, tal vez por la misma razón por la que antes una mujer jamás confesaba su edad y ahora la dice sin complejos. Y es que una de las ventajas de nuestro tiempo es que se han borrado las fronteras que encorsetaban las distintas etapas de la vida de las mujeres. En mi generación, cuando una cumplía dieciocho años automáticamente se convertía en una “señorita”, más tarde se casaba y era “una señora”, luego tenía un nieto y su rasgo más distintivo era ser eso, una “abuela”. Y cada etapa tenía su vestuario y no digamos sus condicionantes de modo que, ay de la fresca que siguiera comportándose como una señorita cuando era una señora o de una “yaya” (horrible palabro) que no ejerciera de tal. Ahora en cambio una abuela viste vaqueros y a lo mejor liga más que sus hijas. Por eso no le importa que la llamen abuela, porque se sabe joven. Dicho esto, y como ya les he comentado alguna vez, yo no soy partidaria de olvidar la edad que tengo. Por eso intento caminar por el filo de la navaja de mi condición de abuela sin caer ni a un lado ni a otro. Ni del lado de las abuelas que se ponen minifalda y van dando el cante, ni de las que se dan por vencidas y deciden que sus mejores años han pasado ya. Y tampoco pienso unirme a un discursito guay que le he oído a muchas de mis cofrades. Ellas dicen que lo mejor de su nueva condición es que pueden malcriar a sus nietos todo lo que se les antoje, que para eso son abuelas y no madres. Cuando oigo esto me impresiona lo rápido que se instalan los discursos papanatas y lo corta que es la memoria. Basta echar la vista atrás para recordar lo mucho que nos molestaba como madres que la abuela (casi siempre la suegra) nos desautorizara maleducando a nuestro niño. Y a ti Jaime te diré, ahora que tienes un año, que espero que nos lo pasemos bien. Yo intentaré imitar en lo posible a Ela, mi abuela paterna, que era tan joven como para tirarse con nosotros del trampolín y tan estricta como para no permitir jamás que pusiéramos los codos en la mesa. También tenía un armario secreto lleno de regalos maravillosos que iba dosificando sabiamente… Sí, creo que lo haré así, porque ella fue de las personas más importantes de mi vida. Va por ti, Ela, donde quiera que estés. Gracias por hacer mi infancia tan feliz.

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  Comentarios
margarita de cangas - 15/11/2009
He abierto por casualidad en este artículo con inteligentes comentarios que se prodigan poquísimo.La palabra yaya, espantosa, para mi al mismo nivel de estulticia de la de yo soy amiga de mis hijos, desgraciadamente tan habitual.Creo que desgraciadamente ya forma parte del acerbo comun, de una o mas generaciones, digamoslo confusas.A mi madre, abuela de mi hija jimena, tampoco le gustaba lo de yaya,Gracias por tus libros y articulos.
victoria ochoa - 09/09/2009
precioso y emotivo articulo
Deneuve - 02/12/2008
Estimada Carmen:

Jaime ha tenido mucha suerte al tenerla como abuela, porque sin duda es de esas abuelas que lo enseñan todo sin que se note que lo hacen. Enseñar es una labor complicada para la que la naturalidad es fundamental porque si uno percibe que le enseñan, por normal general ,tiende a la rebeldía, en cambio si se hace pensando que uno aprende solo ,la cosa cambia. Y esa naturalidad (no es que sea vidente) la he percibido siempre a través de la lectura de sus libros, en como nos “enseña” también a sus lectores. Por hablar de alguno, hablaré de “La cinta roja”, todos hemos aprendido mucha historia de la Revolución francesa(y eso que creíamos saber las fechas, los nombres de los protagonistas de cabo a rabo, pero no éramos conscientes de que desconocíamos la importantísima “Intrahistoria”) pero de manera natural, sin avasallamientos, cada cosa en su sitio, sin anticipaciones y sin atosigamientos, nadie puede aprender el número diez si antes no se han aprendido sus nueve antecesores. Y de eso se trata la vida, de ir ofreciendo, a quien no sabe, el exacto lugar en que debe ir cada cosa.


Saludos cordiales.
Josefina B. - 20/11/2008
Me encanta como ha escrito este artículo. Yo misma, tengo seis nietos (entre 4 y 10 años) y me siento igual, capaz de disfrutar de ellos con sus juegos y al mismo tiempo saber que saben comportarse cuando voy con ellos a ver exposiciones, museos o simplemente pasear. Creo que no es necesario malcriar a los nietos para recibir de ellos su estima y también eso lo agradecen los hijos, ya que en ningún momento se sienten desautorizados. La complicidad que puede existir entre abuela y nietos es un bien que nace del corazón. Felicidades a Jaime por tener a esa abuela tan maravillosa, y felicidades a esa abuela por deleitarnos con sus escritos. Un abrazo.
Josefina B. - 20/11/2008
Me encanta como ha escrito este artículo. Yo misma, tengo seis nietos (entre 4 y 10 años) y me siento igual, capaz de disfrutar de ellos con sus juegos y al mismo tiempo saber que saben comportarse cuando voy con ellos a ver exposiciones, museos o simplemente pasear. Creo que no es necesario malcriar a los nietos para recibir de ellos su estima y también eso lo agradecen los hijos, ya que en ningún momento se sienten desautorizados. La complicidad que puede existir entre abuela y nietos es un bien que nace del corazón. Felicidades a Jaime por tener a esa abuela tan maravillosa, y felicidades a esa abuela por deleitarnos con sus escritos. Un abrazo.
Alicia R. C - 20/11/2008
Siento que yo misma lo escribí. Tengo ahora cuatro nietos y me gustaría ser otra ELA para ellos y seguir tirándome del trampolín con estos cuatro y todos los que puedan venir. Es maravilloso ser abuela y además me siento orgullosa cuando mis niños me lo llaman a gritos para pedirme que vaya.
susana - 20/11/2008
Seguro que va a ser una abuela estupenda. Yo quisiera disfrutar de mis nietos, pero de ninguna manera sustituirlos en su papel. Hay muchos padres hoy en día que delegan en los abuelos y eso no me parece justo para nadie. Un saludo.
carbenese@yahoo.es - 18/11/2008
A mi me gustaria ser importante para mi nieto si lo tengo algun dia me gustaria pasar buenos ratos con ellos y por supuesto que estoy de acuerdo , mejor dicho en desacuerdo con los discursitos huecos de yo le consiento y le malcrio que para educar estan los padres, de eso nada no sera la labor principal pero no se trata de dar la nota y permitir que hagan lo que se les antoje so es una grna majaderia ,habria en todo caso que reforzar sus enseñanzas a la vez que disfrutar
ROSARIO - 18/11/2008
QUE LINDOS RECUERDOS!!! FUERON ACÁ Y ESO ME LLEGA ,SUPONGO QUE ELA ERA DE ESAS ABUELAS QUE TODOS HUBIÉSEMOS QUERIDO TENER. A MÍ POR LO MENOS ME HUBIESE ENCANTADO, YO FUI MAMÁ A LOS 28 AÑOS LA PRIMERA VEZ Y A LOS 32 LA TERCERA Y ULTIMA.
QUE ME LLAMEN COMO QUIERAN, PERO LO DECÍS DE NUESTRAS MADRES ES CIERTO , A MI MAMA NO LE DICEN ABUELA, ELLA SE INVENTÓ UN NOMBRE , LO QUE SÍ TE GARANTIZO QUE MIS HIJOS SIEMPRE FUERON IGUALES, DESDE CHIQUITOS, CLARO QUE HAY ALGÚN QUE OTRO MATIZ ,PERO ESA ESENCIA COMO LA DE TU NIETO ,QUE ES DE SEDUCTOR ,ESA NO LA VA A PERDER NUNCA. TE LO DIGO NO SÓLO COMO MAMA , TAMBIEN COMO MEDICA QUE ESTUDIO PSIQUIATRIA DE NIÑOS.
SUERTE CON JAIME Y UN BESO, TE IMAGINARÁS QUE DESDE TU PAÍS ,URUGUAY
ROSARIO
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